El artista callejero

Por debilbao
Enviado el 02/08/2013, clasificado en Varios / otros
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                Era ya casi medianoche en la cubierta de comedores del crucero y aunque la primavera ya anunciaba su fin aun refrescaba por las noches. El joven pianista apuro el cigarrillo previo a su última actuación antes del que el barco atracase en el puerto de Bilbao y acabase la temporada. Era el encargado de amenizar las cenas de esos ricos con un poco de música al piano. A su alrededor la gente hablaba, gritaba y reía mientras tocaba, pero el lograba abstraerse y concentrarse mientras tocaba piezas de música clásica e incluso un poco de Jazz. Era difícil concentrarse con tanto ruido pero el actuaba como si estuviese en el mismísimo Arriaga en presencia de lo más selecto de la sociedad musical Bizkaina. Para el joven su piano era algo muy serio y se tomaba tan en serio esas pequeñas actuaciones como si fuesen grandes conciertos, aunque tuviera la sensación de que en el comedor nadie le estaba prestando atención. Sin duda no era este la clase de trabajo con el que había soñado durante las interminables horas de ensayo que de adolescente tuvo que soportar para graduarse en el conservatorio de Deusto. Más bien se veía siendo aplaudido por cientos de personas en la Scala de Milán después de una espica interpretación de las más complicadas obras de Rajmaninov. Pero aunque con el tiempo, ya en los cursos finales veía que no era el más brillante de los alumnos y que otros le adelantaban y que sus ansias de triunfar en las mejores salas de conciertos del mundo no se verían nunca cumplidas, jamás arrojo la toalla y siguió adelante a pesar de que sus padres le pidieron mil veces que lo dejase, que aunque siguiese tocando como afición estudiara una carrera que le asegurara un futuro. Pero el ya había decidido que iba a ser músico fuera como fuera.

En fin, que un trabajo como este no es lo que se había imaginado, pero al menos le daba de comer y le permitía cumplir su sueño de ser músico y vivir de lo que más amaba en este mundo a toda costa. Al menos no había tenido que aguantar el frio invierno de Bilbao sacando su piano con ruedas a pasear y tocar hasta que las manos se le entumecían y ya no podía pulsar ni una tecla más. Ahora además ya venía el verano. Cargaría su piano en la furgoneta y en compañía de Ane iría de fiesta en vista, de pueblo en pueblo, el tocando, ella cantando.

Si seguro que no era lo que tenía en mente en su adolescencia, pero gracias a ello había conocido a grandes artista por las calles de muchas ciudades. Cantantes, compositores, duendes, sirenas, malabaristas, payasos y un montón de amantes del espectáculo en Barcelona, Valencia, Madrid... Una lista interminable de gentes, nacionalidades y ciudades con los que había compartido risas, fiestas, hambre, penurias, alegrías y grandes y malos momentos que, estaba seguro, le había dado a su vida algo especial que ningún trabajo de cualquiera de esas carreras estables le habría proporcionado.

Aun recordaba con resignación aquellos primeros años, de audición en audición, recibiendo negativa tras negativa tal colección de noes que incluso su hasta entonces inquebrantable y férrea fe se tambaleo, hasta el punto de plantearse hacer caso a su padre, dejarlo todo. Hasta que conoció a Ernesto, el loco argentino del violín, que había recorrido medio mundo de esquina en esquina a pura fuerza de arco. Un genio de la música que podría haber triunfado en la orquesta que hubiese elegido, pero que prefirió triunfar en los bares y las casas de alterne. Gracias a el decidió ponerle ruedas a su piano y a su vida y había empezado a patear la calle en una decisión que su padre nunca entendió y que le había costado que lo echasen de casa y por la cual tubo que conocer el duro frio de invierno en las casas okupadas. Pero sin duda había merecido la pena, aunque solo hubara sido por conocer a Ane, su compañera inseparable a la que había unido su vida y su música y sin la cual ninguna de las dos sonaba ya igual. Ahora en invierno con ella lejos en tierra trabajando en un hotel, su piano y vida sonaban mas apagados y solo volverían a ser armonía cuando ella volviera a completarle cantando junto a él.

Es verdad que desde entonces su vida había sido dura, si, pero también aventura e ilusión. No tenía miles de fans esperándole a la puerta de un hotel de 5 estrellas, pero si un pequeño canal de youtube que visitaban regularmente su también pequeña legión de fans mientras esperaban que el verano le llevase a su ciudad para echarles una monedilla, aplausos y cariño. Incluso tenía un disco de gran aceptación en su legioncilla de fans y había dado algún conciertillo, menos que más concurrido pero ampliamente aplaudido en pequeños eventos, recomendados por gente que apreciaba su música de verdad. Sin duda no era la Scala, pero casi estaba seguro de que esos reconocimientos le causaban la misma emoción que si lo hubiera sido. A veces cuando perseguimos sueños, estos no nos llevan a las metas que uno habría imaginado, pero si persistes puede que al final consigas llegar a otras, que ni mejores ni peores, transforman la realidad en ese sueño pero de otra manera, echo a tu medida, solo para ti.

Cuando ya era hora de entrar, por primera vez en su vida se dio cuenta de que se sentía orgulloso de haberlo intentado, aunque solo fuera por el hecho de descubrir que lo importante en esta vida no son las metas ni el triunfo, si no que vayas donde vayas lo importante es disfrutar del camino y ser feliz te lleve donde te lleve, pues los sueños están hechos no tanto para disfrutar del momento del apoteósico final, que al final pude que nunca llegue y que en todo caso no dura más que un rato, como para gozar de ser feliz con lo que uno hace.


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