A MANERA DE INVITACIÓN. Segunda parte

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 03/08/2013, clasificado en Reflexiones
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Vivir la literatura es una acción que nos une y nos acerca más a la tierra y a los sabores del mundo circundante, sin límites ni medidas. Realizando este acto de fe, es como sembramos en nuestros niños y jóvenes el amor por las letras que ruedan por los cabellos de los libros como si quisieran ser peinadas. Para hablar de proezas y amantes, tenemos que contar con este tiempo que el hombre desconoce y sin embargo es poco, pero si existe el deseo es maravilloso traspasar el horizonte, no importa que nos incorpore por completo y es cuando procedemos a transportar nuestras batallas y hazañas en el maletín donde llevamos puesto el corazón, hasta llegar al lugar de siempre; allí fácilmente, nos acomodamos y con una voz suave y sutil, emprendemos el viaje hacia lo latente, lo oculto, lo insólito y elementalmente mágico, despertando así la curiosidad y el encanto de unos seres que sólo quieren palmotear la historia.

En medio de este abrazo infinito, el escritor predice la muerte, el poeta nos desfigura con sus versos hasta caer rendidos y nos envuelve en su manto arrullador. Es inevitable ignorar este olor gratificante que se riega por los aires de un amanecer a principios de siglo. La idea de volver atrás, recitar viejos poemas junto al café y embriagarnos de música, es tal vez la reafirmación de nuestras remotas y nuevas compañías.

No podeos desconocer el perfume del encanto y renunciar a las frases que se juntan bajo un árbol de dudas y alegrías. Es oportuno enderezar nuestra mirada y volver a las hadas, los duendes, los hombres de la selva y de los montes hombres que se posan junto a las ventanas, princesas de tiempos lejanos que visitan nuestros cuartos y príncipes que vienen con los labios frescos para besar la tarde.

Todo es posible porque desde pequeños y por siempre hemos sabido de las manzanas, los cabellos dorados, las noches tormentosas, los espejos que hablan, los seres del bosque y las zapatillas luminosas. Es hora de recobrar el mejor sabor, las mieles de la niñez, el maravillarse sin miedo, sin que sea tarde.

Este, amigo mío, es un llamado a la lectura de pasajes hasta ahora irreconocidos, abandonados abruptamente en hojas sueltas y olvidadas, revivir los encuentros de otros días, pintar de nuevo castillos y explorar mares, vestir los trajes con lentejuelas y canutillos, morder aquella manzana y quedar dormidos sobre la estepa.

No hay que alterar el brillo original de las estrellas, cegando los ojos ligeros de nuestros niños y jóvenes para evitar que aprecien la profundidad del universo, negando al mismo tiempo la caricia de una buena lectura, un libro profético o una historia fructífera, para así enriquecer la experiencia humana. Es el momento para abrirnos y crear discursos de amor y lúdica para nuestros pequeños y audaces lectores y entre tanto, se hagan mejores seres humanos.

Este es un llamado al disfrute de lo poco, de lo mucho, de los cuentos que abogan por nuevos capítulos de un libro abierto y ponderoso, lleno de sabiduría y expresión creativa. Es una invitación a la exploración de nuevos lenguajes conforme a los deseos de nuevas y antiguas generaciones.

Releamos esta historia de guerreros, defensores de la tierra prometida, bienhechores, sembradores constantes y granjeros en el campo de las palabras, que con sus manos grandes, virtuosas y llenas de alfabetos dan a luz frescos cantares. Hombres y mujeres que se deshacen entre lenguas, versos y enigmas para secundar sus acciones y mudanzas.

 

TOMADO DE: A MANERA DE INVITACIÓN.

 


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