La de la nariz arqueada

Por Lena
Enviado el 04/08/2013, clasificado en Amor / Románticos
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A veces pensaba que estaba como en proceso de ser para ella. No me gustaba, al principio nunca me gustó. Esa nariz acantilada, esos ojos dormidos, esas mejillas hinchadas, esa boca simple, esa forma tan irrisoria de perder todo su dinero en vicios. La droga, la música, el aspecto desaliñado. Se creía bohemia, tanto que hasta yo me lo creí.

No hablaba, al principio no sabía más que conquistar con tópicos que me sacaban de quicio: qué bonito aquello, me encantan tus estos, me fascinan tus otros, qué forma de reír, se te achinan los ojitos cuando ríes (¿y a quién no?, ¿a quién no?). Qué forma tan patética de ser adorable.

Fumaba delante de mí, escupía al suelo y liaba el porro como en un ritual nada atractivo, todo saliva y desperdicio, toda una juventud aletargada, toda una falta de refinamiento. Entonces los ojos se le sonrojaban, se le llenaban de venitas ensangrentadas de furia, algo en contraste con su falta de interés, por todo, por nada. Fumaba y olvidaba, lo que había hecho ayer o esa misma mañana, nada importaba lo suficiente, “somos tú y yo y ahí fuera todo es tóxico”, sonaba tan revolucionaria que de no haber estado drogada yo también la hubiese creído nuevamente. Exótico o tóxico, ¿cuál es la diferencia?, la “e” lo cambia todo, Elena, todo.

Me sonreía y a veces resultaba extremadamente desagradable. Se le formaban unos hoyuelos que estorbaban a las bolsas de sus ojos (de no dormir, de estar pensándome o de estar tirada en la calle con sus amigos, probablemente). Nunca parecía despierta, y la vi llorar, y nunca me pareció verla despierta. Tenía fe en la mirada, una fe que yo malinterpreté muchas veces. Ni en el cielo, ni en el infierno, esos porros la ayudaban a mantenerse en el limbo. Era fea y lo sabía, pero cantaba bien, lo suficiente para aparecerse un día a oscuras, en mitad de tu habitación y hacerte sentir como pensando en ella. Arrebataba de ti toda idea de autorestricción, autocontrol, autonomía. Algo así. Ya no eras capaz de decirle que no, pero ella nunca iba a volver para preguntarte.  


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