Contaminacion

Por Carol Elric
Enviado el 08/08/2013, clasificado en Drama
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CONTAMINACION

La noche caía cual amenaza suicida, golpeteando las ventanas y corriéndose por las rendijas.

Arropada en mi cama permanecía inmóvil ante la imagen muda que no dejaba de mirar, sin sonido sólo el leve silbido de mi respiración al inhalar el aire que hasta hace un momento comenzó a parecerme repulsivamente hostigoso; me ahogaba...

El tétrico movimiento de los puntos en la pantalla comenzaba a mostrar nitidez; unos ojos, ojos que tampoco apartaban esa horrible mirada de mí.

Un vistazo rápido a las paredes de un nauseabundo color blanco que se extendía hasta cielos mostrándome un fondo oscuro.

Volví los ojos a la pantalla y harta de aquellos puntos y rayas decidí acabar con la tortura.

Giré el cuerpo al borde de la cama que a mi vista me parecía un abismo sin fondo alguno. Deje volar mis piernas sintiendo el roce del aire gélido corretear por mi piel; y, al fin después de un largo recorrido mis plantas tocaron el suelo; me erguí para dar mis últimos pasos; los disfrutaba, sentía el dolor que ejercía la presión de mi cuerpo con el suelo frio.

La habitación apenas se iluminaba con la tenue luz emitida por la tv, pero eso acabó en el instante, mi dedo oprimió el botón de encendido. ¡Qué irónico aquel nombre!, encendido, el mismo que apagó la tv y encendió el comienzo del fin.

El camino de regreso a la cama me pareció interminable, una cruzada donde danzabas con las pesadas tinieblas y donde la música partencia a los gemidos de un mundo adverso y retorcido.

Lenta y segura comencé el trayecto donde paso a paso los ruidos se acumulaban enloqueciendo a mi cabeza, pasos, susurros, arañones y golpes eran el inicio de una espeluznante sinfonía que me acompañaba en mi camino cual banda sonora.

¡OH! Y las manos, esas sucias manos, salieron del blanco pulcro de los muros, se extendían rozando mi cuerpo, mi cabello y mis brazos. Era asqueroso y nauseabundo sentir el contacto de aquellas extensiones sucias, con uñas largas donde se ocultaban la mugre y la podredumbre.

Alcancé la orilla de la cama, sentí un leve alivio al regresar a mi zona de confort, pero que decía si ella ya estaba aquí, esa horrible enfermedad que aquejaba, que mataba consumiéndolo todo lentamente.

Me acomodé y arropé, sentada nuevamente en el respaldo sin pegar el ojo ni un momento, porque sabía que ella estaba ahí, fuera, la escuchaba al otro lado de la puerta, lo sabía porque me miraba, me miraba con su tétrico ojo a través de la rendija de la  puerta, ¡Ahí mira, allí está ella!.

La miré, sin apartarme, sonreí, esa tétrica y maldita sonrisa que me acompañó hasta su llegada…


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