El padrino IV

Por François Lapierre
Enviado el 10/08/2013, clasificado en Drama
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Enemigos, el don, tenía muchos, empezando por él. Sin embargo, no había planeado su muerte. Tampoco tenía mucho interés en averiguar de dónde partió la orden o quiénes fueron sus ejecutores. Se enteraría, porque dentro de la organización todo se termina sabiendo, seguro. Su trabajo fue aplazado. Solo a Él debía rendir cuentas, que supiera. Nadie más tenía conocimiento de la orden. Así pues, aplazaría su comisión hasta que una nueva mano dirigente retomase el asunto.

Pero aquel día amaneció especialmente bello. Se había cumplido su deseo, acabar con Él, aunque no hubiera sido directamente. Sus años de infancia, los que le robó, habían sido justamente vengados. Comenzaba una nueva andadura, por el momento, sujeto a la organización, era “su familia”, pero no descartaba la idea de abandonarlo todo y comenzar una nueva vida, tranquila, apacible, sin el temor o amenaza permanente que suponía el estar integrado en una mafia. Y ahora tenía una cita. Posiblemente, le pedirían explicaciones, recelarían de él, sabían de su último encuentro en el restaurante y le acosarían a preguntas. No tenía nada que temer puesto que nada había hecho u ordenado hacer. Quién era él para ir contra el “don”. Llamó a la puerta de doble hoja.

- Pasa muchacho, queremos hablar contigo-, se oyó desde el interior.

Por la voz, sabía que el que había hablado era Martinelli, la mano derecha. La sala era la habitual, sobradamente conocida. Al parecer todos estaban ya informados, a tenor de ser el foco de todas las miradas, y el silencio reinante tras las palabras de Martinelli presagiaba algo grave. Todos estaban sentados alrededor de la gran mesa ovalada, fumando y esperando respuestas.

¿Qué es lo que queréis saber?

Vamos, muchacho, sabes bien por qué te hemos llamado, no te hagas el nuevo. Necesitamos información de tus “otros” contactos, los que has movilizado para acabar con el don... Sería muy fácil haber acabado ya contigo, pero primero debíamos conocer tu historia y, especialmente, a “tus amigos”- recalcó.

No tengo a nadie más que vosotros. Sois mi única familia, lo sabéis- respondí sin mucha pretensión de convencerlos.

Tienes agallas. Estás contra las cuerdas y aún así te niegas a hablar. Recuerda tu última réplica, el otro día... Tenías sobrados motivos.

No sé nada, vuelvo a repetir. Salí del restaurante con un objetivo programado por el don. Preguntad a cualquiera de los comensales. Tuve una actitud plenamente servicial, y jamás lo traicionaría. Hizo mucho por mí. ¿Cómo iba a morder la mano que me daba de comer?- mentí convincentemente.

Puede que el muchacho esté diciendo la verdad- terció en mi favor Donatello, con quien oportunamente había congraciado.

¡CALLA! Lo averiguaremos. Pero, tenlo en cuenta muchacho, te estamos vigilando muy de cerca- sentenció señalándome con el índice mientras miraba con gesto severo a Donatello.

Parecía claro quien iba a ocupar el alto puesto recientemente vacante, y me incomodaba la idea porque sería más de lo mismo. No obstante, aún no estaba todo dicho. Al gesto de su mano con la palma vuelta y levantando sus dedos rápidamente, abandoné la estancia con cierto desasosiego, pero con la férrea idea de dormir con los ojos bien abiertos hasta tanto aquellos rufianes pudieran dar con la verdad de lo acontecido al don. Mientras mi vida corría peligro.

Me asomé a la concurrida calle y me mezclé con la gente, no sin dejar de mirar furtivamente a mis espaldas así como a las cornisas de los altos edificios circundantes, por si algún francotirador se hallaba convenientemente apostado esperando mi paso, para disparar el certero proyectil que acabara con mi desgraciada vida.


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