DE MI INFANCIA Y OTROS SABORES III (VECINDARIOS)

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 10/08/2013, clasificado en Reflexiones
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El campo donó a mi niñez el olor de las frutas maduras, el viento frío, el sol, los arreboles, el contorno de la luna, el color de las violetas, el silencio entrañable y la desnudez. Vivirá en mí, el canto de las ranas y los grillos hasta que me vaya.

 

La neblina empaña los vidrios de mi cuarto, más allá en el ensueño balbucean los abrojos, me hablan y piden a gritos que los camine de nuevo. El caluroso sudor de las moras enrojece mis manos, las veo debilitarse lentamente, las llevo a mi boca y las acaricio. Conservo el olor de la pitahaya, suave y abrazador. Los olores de mi infancia me persiguen, tal vez porque aún tengo la piel prendada de aquellos instantes que me hicieron ver la profundidad del campo y la belleza del viento cuando mueve sus caderas.

 

Todavía quedan días y me veo siempre atrapando los colores y los olores de mi niñez. Recostada en la ladera y escuchando la voz de los diminutos insectos, remuevo los predios de mi recuerdo, historias de crepúsculos y noches de mucho volar.

 

De mis primeros años guardo en la piel el olor de la leña extendida en la grama y su crujir cuando la juntaban con fuego. Nunca olvidaré los senderos tapizados por las flores de siete cueros y el anís redimiendo mi olfato.

 

De mí otra casa, la de grandes cortinas y las esperas de mi madre arrullándome en sus brazos al nacer, recuerdo las bebidas de cidrón y las historias contadas por la abuela. Siempre recuerdo las guayabas verdes y rojas, el dulce de brevas y la leche azucarada.

 

Es esta la casa que me albergó al nacer, por lo que escucho de mi madre era diferente, tal vez se estaba empezando a construir. Veintiocho o treinta y dos años después es diferente, pero hasta hace algunos meses se escuchaba la voz de la abuela cantar. Es la casa paterna, la del amor a las flores, la de la mesa de aplanchar y la máquina de coser. Casa que recorría palmo a palmo y visitaba a diario, casa que sentía y siento como mía, aunque mis padres tuvieran la suya. Junto a ella se levantaron los muros de un nuevo hogar, por eso se toman de la mano y aún se abrazan.

 

Debo advertir que esta casa tiene un gran significado para mí, tanto como el recuerdo del jugo de mora que preparaba la abuela, los deliciosos platos y el ferviente olor de sus comidas, pero no quiero hablar mucho de ella, porque me duele, porque de cualquier forma aún la habito aunque no como antes, mis pasos juveniles la hacían propia, no sólo fue cosa de la infancia. Comencé pronto a hacerme grande entre sus paredes, esta adultez se ha mecido poco a poco a través de sus baldosas, por eso prefiero callar.

 

Escribir sobre los olores de mi infancia hace que renazcan en mis otros sabores y sueños, vuelven a la memoria esas cosas que parecían olvidadas por el paso de los años. Ahora todo es diferente y aunque el olor del estiércol, la miel, el pasto y la pesebrera están conmigo, siento que algunos aromas se han quedado anclados en la carretera, en la salida del pueblo. 

 

Esto de recordar tiene sus sinsabores, a veces queremos regresar y no salir nunca de aquellos parques, sembrarnos en las paredes y envejecer con ellas, para que así las casas no mueran de frío y soledad.

 

Hoy regresé al campo, fue hermoso ver el cielo, era una gran proyección del mar, un espejo tal vez. Un azul pálido e intenso arropaba mi visita. Pude escuchar cómo las hojas de los altos árboles se palmoteaban entre sí, semejante a las olas que chocan precipitadamente contra los peñascos. El fuerte viento quería arrancar de un solo suspiro, las flores y las frutas de su tallo madre. Las coloridas hojas caían y formaban la alfombra. Cómo no recordar el cielo sobre las montañas, azul, verde, grisáceo, púrpura, provisto de arreboles, naranja, cielo de venados acariciándolas con su vientre.

 

Pero... Ya la casa de campo es otra. Los muros que bordeaban el patio, están cayendo, la antigua cocina no pasa de ser un cuarto de almacenamiento y las habitaciones interiores están casi vacías, llenas de polvo y telarañas; en una de ellas sólo reposa el marco de una cama y en la otra un viejo árbol de Navidad. Abrí una de las ventanas y la luz del día atravesó los pisos de madera fría, alcancé a mirar las vigas en el techo, donde hace años colgaban vigorosas las mazorcas de maíz.

 

Intenté escuchar un murmullo suave que me refrescara el alma, pero hasta los fantasmas de mi infancia se han mudado, sólo queda una pequeña herida. Mi niñez nunca permitirá que olvide aquellas imágenes desvanecidas entre el aire polvoriento de aquella casona que tantas veces me vio correr. El eco del pasado brillaba en mis ojos y se derretían los recuerdos como líquidos cristales sobre las mejillas. El tiempo ha pasado, lo sé. Todo ha cambiado, pero cómo decirle a mi niña que no llore, que no recuerde, cómo hacerle entender que la casa ha muerto. Sólo podré decirle que esté tranquila, nunca nadie podrá quitarle un pedazo de esa historia que la ha redimido y la hace grande cada vez.

 

Ahora ya no sé quién habita en la casa del pueblo, no sé si los que entran y salen, cruzan el zaguán con la seguridad de volver. Ignoro lo que guardan en los cuartos fantasmas y en la sala y no sé si huele a maíz recién cocido. 

 

Yo desde aquí lo veo todo como si fuera ayer, la abuela envasando la leche y el abuelo descargando en el patio la montura y quitarse el sombrero.   

 

¿Quién vivirá allí? ¿Cómo pasarán los días y las tardes sin la fantasía y los pasos de mi infancia? ¿Qué será de ellos si no olfatean una a una las esquinas de aquella mansión? ¿Qué hay ahora tras esa ventanita y qué ven ellos?

 

¿Volver? Tal vez y ¿qué decir? ¿Con qué pretexto entrar? ¿Para qué? ¿Extrañará mis pasos, las caricias que daba a las paredes blancas y las vueltas que daba en el patio delantero?

 

Mi otra casa, la que permanece a mi lado, mira alto y no sé hasta cuando, pero ambas quedarán plegadas en mi memoria. Un huerto la hizo inmensa, fui creciendo al amparo del guayabo. La abuela arreglaba las flores, hasta hace unos días había un gran rosal, aves y perros que aullaban a altas horas de la noche, la otra vez me cantó de nuevo aquella canción que entonaba casi diario, su voz temblorosa no fue un obstáculo. De otro lado el abuelo está triste, lo veo cuando se sienta en el patio, con la cabeza inclinada, sostenido en el bastón, sospecho que está cansado, los pies ya no le alcanzan, ha caminado tanto.

 

 

 


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