DE MI INFANCIA Y OTROS SABORES. (FIN) VECINDARIOS

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 10/08/2013, clasificado en Reflexiones
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Los pájaros se acercan a recoger granos del suelo, algunas hierbas devoran las viejas paredes, el olor de la natilla se arraiga y el humo vuela hasta el corredor.  Presiento que muchas casas también quedarán ancladas en el olvido.

 

Los años pasan, ahora ellos, los demás abuelos y los otros están cansados. Hay muchas casas que se están quedando solas y olores de la infancia que se han perdido. De repente se añoran los días, la juventud de los paisajes, la lozanía de los jardines que ya se han ocultado bajo la tierra, porque en algún lugar las puertas se están cerrando.

 

Busqué el olor de las rosas, ahora los olores me buscan y me encuentran degustando la aurora, la música y el amor. Esta noche hace frío, la luna esta creciendo y en algunos días redondeará. Estos días saben a nostalgia, pero será la oportunidad para seguir reinventando mis pasos, alegrarme por esa posibilidad que me brinda la memoria para recordar y seguir soñando.

 

Es muy tarde y no comprendo por qué esta ansiedad por reencontrar aquellos olores, aromas de calles desbordantes de calor, las fiestas y las canciones de cuna. Abundarán infinitos los parajes y los senderos de mi vida primera, los colores y los sonidos más fugaces, pero también más duraderos y vivirán eternamente en mi cuerpo crepitante hasta que mi alma enmudezca o me lleve el tiempo.

  

Sólo me queda decir que mi infancia limitaba al sur con el canto de los pájaros y el batir de las hojas, al norte con los sueños que aún conservo, al oriente con los olores de los alimentos recién horneados y los dulces cocidos sobre la leña, al occidente con las calles, las coloridas puertas de mi pueblo, los parques y las silenciosas aceras.

 

Las casas son como libros, cada habitación es una página llena de historias, amoríos y sensaciones irreversibles que sólo se tocan con la memoria. Las grandes ventanas por donde asoma la niñez, los sueños de antaño, las miradas joviales y los adioses seniles, son letras que los cantores usan para entonar baladas y los poetas para dibujar aquellos versos inolvidables y desgarradores, que no se van porque están atados a las paredes más altas y a las vigas de los más elevados tejados aunque a veces queden derrotados por las nuevas construcciones que se hacen sobre sus entrañas.

 

Las casas son como libros, las historias que se entretejen en cada puerta, son renglones de vida. Las lágrimas que reposan en cada esquina, no son más que tinta para escribir esas cosas que nunca se olvidan y enmarañan la existencia.

 

La historia no debería comenzar con la muerte.

 


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