Poseeré la Luna

Por François Lapierre
Enviado el 13/08/2013, clasificado en Varios / otros
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Su risa provocó una reacción inesperada. Era esa risa contagiosa que provoca la hilaridad general, inevitablemente, como un resorte oculto que se activa por una mano misteriosa, incapaz de controlarse. Puede llegar a ocurrir en cualquier ámbito, aún en el más solemne, y nadie puede escapar, como si se tratase de un agujero negro cósmico del que ni la propia luz puede huir.

¿Qué había provocado aquella risa? Solo el causante lo sabía. La risa tronó en la gran Sala Suprema. Ni aún el propio magistrado pudo escapar a su hechizo, por lo que en un momento de irresistible dolor ventral terminó por aporrear con su martillo para declarar el aplazamiento de aquella vista.

Se levantó de su sillón y se retiró, sin dejar de reir, hasta su despacho. La sala, libre ya de la autoridad que impone el orden, devino en un caos aún mayor. Todos estaban bajo el influjo de aquella demoníaca risa que seguía sin cesar. ¿Quién se haría ahora cargo para imponer el necesario orden? Forzosamente tenía que venir de fuera, alguien que permaneciera inmune a su hechizo, alguien que fuese capaz de desalojarla antes de caer él mismo presa de su aura.

En su despacho el juez aún reía, ya no con la misma intensidad y, fuera del halo hilarante, pronto dejó de hacerlo. Había llegado el momento de poner orden en su mente y proceder a estudiar el caso. ¿Cómo era posible que hubiera llegado hasta su instancia? Evidentemente se habían cometido errores en las inferiores que, sagazmente, los abogados defensores aprovecharon para su causa. Y ahora él debía dirimir, sopesar las sentencias anteriores, estudiar sus juicios de valor para encontrar el fallido resquicio. Era su trabajo, y disfrutaba, aunque como en el presente caso tuviera que releerse interminables legajos de argumentaciones, repasar sentencias que habían sentado jurisprudencia y perder muchas horas, incluso de su vida privada que no terminaba de separar convenientemente.

El comentario "yo solo quiero la luna" se hizo cantando, rememorando un conocido tema musical, y fue el desencadenante de la risa que surgió de la boca de una mujer de entre el público asistente, que no pudo contenerla. Los derechos de propiedad sobre el satélite habían sido adquiridos por un ascendiente del demandante. Aquel otorgó testamento en favor de sus herederos, cediendo los derechos en litigio al primogénito. Este, sin dar importancia al asunto, no tuvo en cuenta a la hora de hacer su testamento ese punto, lo que llevó a otros descendientes a pleitear. En un principio se falló a favor de los descendientes directos, entiéndase hijos, pero el hecho de que no se mencionase expresamente en el testamento otorgado dio lugar a la secuencia de recursos que acontecieron desde entonces.

Algunos renunciaron; otros, por contra, murieron. El hecho era que la única demandante activa, asesorada por buenos abogados que le garantizaban que el caso estaba ganado, siguió adelante. Estaba dispuesta a hacerse dueña de la Luna. Solo le importaba eso. No reclamaba dinero ni propiedades terrenales. Iba más allá. Todo el mundo contemplaría por las noches "su" propiedad.


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