Poseeré la Luna II

Por François Lapierre
Enviado el 17/08/2013, clasificado en Varios / otros
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Su propiedad, dos palabras que no cesaban de emerger en su mente. Se había convertido en una obsesión, una megalomanía, a pesar de que se considerase mentalmente sana. Era consciente de que había desperdiciado mucho tiempo de su preciosa vida, pero no le importaba. El fin justificaba los medios.



Pero ahora la vista se había aplazado a causa de aquel arranque histérico y, por ello, lamentaba haber reclamado de esa forma su derecho. Y lo que era peor, si aquella mujer volvía a estar en la sala el simple hecho de recordarlo la haría caer de nuevo en la desproporcionada carcajada. ¿Podría acabar aquello algún día? Debía informarse quién era aquella mujer y procurar pedir su prohibición de entrar. Tal vez, el juez decidiera expulsarla por alteración del orden, tal vez.



El aplazamiento no fue precisamente breve, quince días. Era justo la necesidad que el juez tenía de disponer de algún tiempo para valorar convenientemente las alegaciones. Decidió que ese tiempo estaría en un lugar acogedor, relajada. Preparó su mochila, cogió la bicicleta y pedaleó los cuarenta kilómetros que la separaban de su casa de la playa. Un paseo placentero por los acantilados hasta llegar a la vivienda, por un camino preparado para ese medio de transporte, con unas vistas inmejorables al mar y, dado el momento, también de una puesta de sol fantástica.



Llegó a su casa ya oscurecido, y entonces la vio. La Luna, su Luna, estaba vigilándola sobre el horizonte marino, impertérrita, blanca completa. 'Amiga, te conseguiré'. Se preparó algo ligero para cenar y lo hizo en el balcón. No quería dejar de mirarla, como si el hecho de no verla supusiera la privación de ella. Estuvo, tras la cena, un tiempo más, meditando, recordando su pasado, oyendo el murmullo del mar, hasta que, finalmente, quedó plácidamente dormida.



Le despertaron las gaviotas que, osadamente, se habían colado en su balcón en busca de restos de la cena aunque, al parecer, ya habían dado buena cuenta de ellos. Miró al cielo y vio el Sol levantándose tras las montañas, y también vio que “su Luna” aún podía verse. No la había abandonado, aunque pronto lo haría, hasta dentro de unas horas...



Esa mañana, el juez revisó en su despacho los legajos uno y dos de la causa. Sus antecedentes no presentaban dudas y su vista fue relativamente rápida. Era innecesario demorarse en hechos constatados, pero eran lo suficientemente voluminosos como para emplearle unas horas. Lo que más llamó su atención fue el sorprendente hecho de conseguir unos derechos de propiedad sobre un astro, algo inusual en la historia del derecho. Pero se trataba de un ricachón que quería pasar a la Historia como el primer hombre, ya no en pisar la Luna, sino más bien en poseerla. Ahí no entraba él, en la “adquisición” de esa propiedad. Su implicación en el caso debía centrarse en los derechos sucesorios que empezaban a aparecer en el segundo legajo. Revisó el testamento ológrafo del causante y su transmisión correcta hacia uno de los descendientes como tercio de libre disposición, con la correspondiente compensación económica en favor del resto de herederos legítimos. Todo bien atado, por tanto había que indagar en los legajos sucesivos, pero eso ya sería tarea para otro día.



Salió a almorzar para retomar la segunda parte de la jornada con el estómago lleno. El hecho de pensar, mientras, en la causa, le hizo recordar el incidente de la sala, y no pudo menos que esbozar una sonrisa. 'Bueno, algún momento de humor debe existir en la frialdad de los asuntos que ahí se tratan. Aunque costó lo suyo detenerla. Espero que no vuelva a aparecer por allí porque me veré en la obligación de expulsarla'. En cierto modo le recordó a su madre, en aquellas reuniones familiares en que se contaba algo jocoso y ella reía sin parar. Ahora ya no estaba con ellos y su semblante cambió radicalmente al recordarlo...



Le estaba enormemente agradecido. Si no hubiera sido por ella no habría terminado sus estudios, no estaría donde estaba. Sus ánimos en los momentos bajos, en los reveses que sufría a lo largo de su carrera, le hicieron atesorar una fuerza de voluntad encomiable, la necesaria para acabarlos y comenzar la judicatura. Sabía que ya no sería necesario su apoyo a partir de entonces. La “máquina” se encontraba bien engrasada y a pleno funcionamiento. Y así fue. Después vendrían las diversas promociones hasta llegar a donde se encontraba. Sí, su madre podía estar bien orgullosa de haber cumplido como tal. Terminó su almuerzo y volvió al despacho.


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