Desgraciados

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 22/08/2013, clasificado en Drama
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            Un pene tan torpe fue incapaz de llevarla al orgasmo: debió acariciarse con la yema del índice mientras le lamía las tetas incapaz de conseguirlo sin imaginar un cono de nata-fresa.

            El típico virgen de 24, manchando aún las sábanas que su madre planchaba cada miércoles, con historias inventadas acerca de relaciones idílicamente salvajes como las guerras espartanas escondiendo una vergüenza absurda de un país virado que le da tanta importancia paranoica a echar la primera corrida como a conservarla hace cincuenta años. Entró al bar dispuesto a su primer contacto, a su primer encuentro con la hombría, a su primer desengaño serio descubriendo que las fantasías pornográficas de guionistas con más perversión que experiencia, los delirios de grandeza de chavales algunos años más jóvenes que él o la dulzura del polvo entre las sábanas de un colchón suave que ni siquiera chirría en películas siesteras emitidas en la hora del café no son más que exageraciones deliberadas para reírse en secreto de los púberes que prueban la humedad cavernosa por primera vez y descubren que lo único que han conseguido es seguramente equivocarse de pareja para el desflore, llenar un condón demasiado pronto y andar otro par de años buscando hasta que llega la ansiada segunda ocasión, casi tan frustrante como la anterior, pero al menos con el estrés liberado del desconocimiento.

            Tres, cuatro, seis años esperando a su princesa, a la adecuada, a la elegida… tres, cuatro, seis años resistiéndose a la brutalidad del “aquí te pillo…” en juergas de botellón y porros… tres, cuatro, seis años soportando burlas de amigos pícaros que solo habrían catado dos o tres mujeres multiplicadas exponencialmente en sus discursos ególatras… demasiados años con los huevos cargados en exceso le llevaron a la rendición, a asumir que las princesas se murieron con los bolcheviques, a comprender que el sexo fusionado con amor no es más que una barbaridad retórica de poetas maricas escribiendo serenatas a la luna siempre eterna, sonetos a la dama idealizada, rimas a la Venus de mejillas sonrosadas… en el fondo quieren follar lo mismo que un viejo gordo asiduo a los burdeles, pero al ser feos, insípidos, pobres, pero con un puñado de vocabulario requieren a los versos para poder meter con la gorda de la clase refugiada del mundo entre libros y pasteles. Follar. Las parejas, las parejas no follan: fusionan sus cuerpos en uno para el mayor éxtasis de unión, funden su intimidad última para enseñarse que no tienen secretos mutuos, intercambian fluidos, caricias, cochinadas y escupitajos si la cosa se pone guay porque no están follando, están haciendo un gesto de confianza compartida en el que se entregan al todo por el nada disfrutando más por el placer ajeno que por el propio… pero follar es lo que se hace cuando no hay mayor roce que la excitación de unas tetas descomunales o en el mejor de los casos cuando admiras más el ancho del cerebro de quien deseas tirarte que el de su miembro: follar es un acto de posesión, de violación consentida… follar es lo que les queda a las solitarias de barras de bar soñando que si se dejan tomar un par de horas puede que quien controla todo desde el palco se apiade de su tristeza y les premie con un hombre de verdad que no tema usar la cama también para dormir con ellas… follar es lo que les queda al incomprendido, al rarito, al fracasado para quien la alegría al natural es una quimera extraña inalcanzable como unicornios azules, el feo, el inútil, el ignorante que se refugia en los paraísos artificiales ocultos tras los fondos de botellas, sobre la punta incandescente de los cigarrillos, adentro de las vaginas tristes con hijos que nunca parirán.

            Decidió desdignificar el sexo, reducirlo al orgasmo, centrarlo todo en la eyaculación, así que con su piel lechosa como la de un enfermo de ambulatorio, las lentillas colocadas torpemente ulcerándole los ojos y un traje ridículamente elegante, tanto que resultaba tierno, se camufló entre la maraña de algún pub infame en el que intentando ocultar la peste del humo, el sudor y las cisternas sin vaciar la dueña estaba empeñada en intoxicar a los parroquianos con el odioso ambientador “a bosque” y las chicas, casi señoras, estaban bañadas con colonias de chinos vendidas al peso igual que la fruta del supermercado… la mayoría de los tíos se caían borrachos en la pista intentando conquistar el bajo de las faldas –hoy importa más lo que esconden las bragas que lo que esconden los pechos-, otros lloraban silenciosos delante de sus cuba libres, atrapados en ese lugar tramposo a medio camino entre el sueño y la evocación en el que todo puede ser, pero nunca será jamás. Hay un viejo recogiendo las copas, tomando los fondos que se dejan los clientes y el aire acondicionado está puesto demasiado fuerte, tanto que logra extender el suave olor a puticlub. Todo es tan profundamente depresivo que es imposible dejar de sonreír.

            El muchacho no quiere ser leona, sino hiena, así que decide buscar a la presa más débil, a la gacela coja, a la perra viejo en celo. Escucha una discusión entre la camarera y una mujer madura, de labios siempre agrietados y el pelo rubio con la fila negra en medio… tiene ese par de tetas descomunalmente grandes que gustan objetivamente, rompiendo gustos, moldes y patrones, de esas tetas tan descomunalmente grandes con tres venas verdes por arriba, tan pesadas que son más bonitas con el sujetador puesto que desnudas tapando el ombligo.

-¡Te faltan quince céntimos!¡No te pienso dar el botellín!

-Joder, ¿me estás regateando quince céntimos de mierda!

-¡Te puedo decir lo mismo!¿No crees?

            Su oportunidad: no existe nada más sexy que los héroes sin su máscara.

-Yo los pago-dijo el chico estampando las tres monedas sobre el mostrador.

            La cincuentona lo mira de reojo pícaramente: es feo, es primerizo, es lo que hay… un polvo algo más bestia de lo normal es suficiente para quitarle todos los granos de la cara.

-Gracias –le dice mientras acaricia el muslo del muchacho- ¿cómo te llamas?

-Soy poeta –está demasiado nervioso, ya casi hasta está empalmado.

-¿Poeta?¿Vienes a buscar historias?

-Algo así –finge seguridad.

-¿Tú solo?¿Tú novia te deja salir sin ella?

-No tengo de esas…

            Un par de roces más, algún baile dejándose sobar el culo, apretándole la entrepierna y en dos horas ya estaban en el piso de ella.

            Lo dicho: eyaculación tan precoz como un sietemesino, sensación tan vacía como latas de cerveza en la playa a las 3 de la tarde y dos miserables que ni siquiera volverán a coincidir regalándose una noche de ficción, embustes, insatisfacción… una noche muerta entre semen, alcohol e inexperiencia rota… una noche que solo recordarán por ser la primera vez de ambos: el escupió sin haberlo hecho nunca, ella dormirá acompañada hasta que la vergüenza le salga salir disparado del somier.        


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