En picado

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 22/08/2013, clasificado en Drama
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Mea sus bragas “Gucci” sin darse cuenta de que se las ha quitado: hace ya cuatro días que no se muda, cuatro días en los que estallidos de polvo antes de entrar al bar y picadas en la vena para antes de entrar en la cama la mantienen en antinatural equilibrio mientras su ropa interior sigue igual, intacta, inmóvil, pegada a la vagina por la humedad mezcla del flujo que resbala cuando nota el roce de sus compañeros y de la orina fresca que escapa a su control por culpa de la ancianidad prematura que conlleva incontinencia delantera… una mujer con la piel reseca por la amargura contenida en los taburetes del bar y con ojos tristes de cachorro suplicante ante la mesa del comedor escapándosele la memoria de padres ricos con billetes en lugar de abrazos… saliendo a la caza de cariño artificial del que encuentras por las noches entre botellas semivacías, condones usados y colchones de desconocidos con restos de semen, flujo y olvido, sabiendo que por la mañana habrá un adiós sin beso –igual que el de papá antes de irte al cole- y que con el nuevo oscurecer serás de nuevo una vampira sedienta de cubata frío, humo podrido y amor falsificado…

            Pobre niña rica mojando sus braguitas entre dos contenedores mientras le pasan una jeringa aún con sangre en la punta –ya es hora de dormir- y casi sin buscar la vena, pues la costumbre es soberana de la técnica, inyecta el líquido somnífero con el que quizás encuentre a una familia como las de los dibujos infantiles con parejas de la mano, perros con la lengua fuera y un sol de carita sonriente… sonrisa que siempre odió porque sabía que se estaba burlando de ella con un cínico sentido del humor, recordándole que por regalo de cumpleaños encontraría pasteles, bicis, y si lo recuerda, un mensaje en Facebook de papá enviado desde la oficina… pero la droga solo oscurece la memoria, no la aniquila, por lo que pasado el efecto de la vacuna el sol de carita sonriente volverá a quemarla viva y su única solución es compartir jeringas con seres desgraciados: la familia es sangre y compartir, se supone… siguiendo esta norma quizás las familias más reales son las de caballeros del jaco que se prestan púas infectadas, elásticos ennegrecidos y cucharas carcomidas…

            El caballo tiene demasiado corte y el efecto es incapaz de comenzar, ¿qué diría mamá si te viese meada, colocada y rodeada de gentuza? Llora lágrimas que creyó haber secado en su infancia, considerando que en sí misma es un fracaso por la decepción que supone a su madre explicar que tiene “una hija especial” a la cual quiere mucho, quiere loca, quiere tanto que envía dinero dos veces al mes para comida, techo y braguitas de diseño… llora mientras sus hermanos de sangre, metal y química la consuelan, pero prefiere caminar sola calle abajo intentando que La Luna –siempre seria, sin sonrisas- la consuele…

            La miran, señalan y desprecian: jóvenes con pechos que llegan hasta el domingo que viene y chicos con penes hasta el medio-muslo que ya más nunca catará, se burlan de una vieja loca y adicta que cuenta historias inventadas sobre apellidos de oro que ya hace mucho que dejaron de brillar… una vieja loca y adicta sabedora de que su escape no existe en ningún medio inventado por la vida ni sus hombres… una loca y adicta que mira al suelo cuando anda porque el cielo se olvidó de ella desde antes de parirse…

 

            Se agacha a recoger una colilla aún media fumada y la ve: una botella rota, justo por la mitad, con un diente de vidrio que sobresale… un diente sin mella completamente liso… un diente trasparente, limpio, brillante por el reflejo de su amiga La Luna seria… agarra esa botella con el diente… debe tener cuidado de no cortarse ningún tendón.


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