Felicidad enlatada

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 24/08/2013, clasificado en Drama
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            Pasaba la tarde rascándose los hongos de la cara a la puerta del templo católico. Algunos eran frescos y aún rojos por la brevedad de su erupción y otros, los más picajosos, los que estaban cargados de incosolable desesperación, estaban resecos, con una costra blanquecina a su alrededor… rasca y rasca con las uñas podridas en mierda de pájaro, perro y hachís –único remedio para un sueño tranquilo lejos de la realidad… unas horas de paz en el cielo de la ficción- entrando en una pescadilla viciosa: se alivia el picor, se infectan, aumenta el picor, rasca, se infectan, se alivia el… Pequeñitos, pero esparcidos a lo largo del rostro como miles de pulgas con agijón avispero que mutilan su cara… el afeitado es un alivo: la hojilla destrulle estos microchampiñones dándole igual que su sangre bacterizada se extienda al cuello, la frente, incluso el pecho… no importa el pecho, allí exite algo peor: la garrapata traspasada desde su perro. Se arrancó con su navaja a este inquilino con la mala suerte de dejar sus patas en el interior del costado creándose una zona entre verdosa y morada que se iba apoderando del torso lentamente… por suerte, no tiene demasiado lomo del que apoderarse. “Vete al médico”, es fácil decirlo para personas alejadas del templo de Hades, pero en un país donde entre todos pagamos dietas de cien pavos al día y coches oficiales a quienes violan y desvalijan la sanidad pública, curarse es un lujo restringido para el alcance de quien vive entre jeringuillas y vinos en cartón.

 

            Se rasca, se corta, se clava la punta del metal… no existe el alivio: irónica alegoría del estado de su alma. Como único respiro, acariciar a su único amigo, su compañero de hocico y cuatro patas que se entretiene por las noches lamiendo las llagas del caminar descalzo de su dueño… Un perro pequeño sin correa que no se desprende de la inútil compañía de su amo, tan flaco como el caballo de aquel viejo loco de La Mancha y con una sonrisa sempriterna en la mirada… El adicto se responsabiliza de este can por amor, por agradecimiento a su fidelidad, por compañía, por ética responsabilidad, pero sobre todo, se hace cargo del peludo porque este animal es una materialización zoológica del microscópico trozo inocente de su alma… si muere, se pudre o se revienta el perro, se terminó el juego… hasta nunca parte niña de mi soledad.

 

            Salen los feligreses tras el culta y se dedican a manchar con cobre la gorra del vagabundo: pequeñas monedas… qué barato les sale limpiar su conciencia. Un niño juega a robar la alcancía y el animal enseña los dientes… un perro tan pervertido por la asquerosidad de los humanos que incluso él valora la muerte del dinero… tan feliz que sería desconociendo los billetes, conformándose con caricias, huesos de pollo y polvos furtivos con perrillas en el parque… se nos olvidó cuando rompimos con el mono que la vida es sumamente sencilla, bella por su fruacidad, por su detallismo y simplicidad… inventamos las palabras “mío”, “tuyo”, “propiedad” y se acabó la sonrisa con los cielos despejados en la arena agarrados a la teta de la esposa… cambiamos la tranquilidad, la mirada pura de los hijos, por la prisa, el agobio y la riqueza alejante.

 

            Ya es la hora… comienzan los escalofríos, el hambre sin apetito… rasca, rasca… el picor está en la cara, en el cuello, ahora en la barriga… baja a la entrepierna, a la canilla ¿lo hongos no estaban solo en la zona de la barba? No son ellos, no son los aguijones quienes pinchan, son las otras agujas quienes llaman… “Vamos a casa, mi coleguita” dice al perro.

 

            Llegan… sientan… respiran… come un bocado de aquel pan con chorizo y moho, aparta los condones rellenos de anoche y en una caja pulcra están su paraíso en miniatura: cuchara, mechero, elástico e inyección…

 

            La coloca en el metal y con el fuego le va dando calor, la prende, la derrite… la cuchara también se funde y van cayendo diminutas gotas como el caramelo líquido que su madre le echaba hasta ayer, hoy, hace mil años en el flan… gotas de caramelo al hierro derramándose sobre su pulgar, perforando aún más esa bolsa provocada con esmero tras años de vicio vacuo, de felicdad ficticia que bloque las neuronas del recuerdo durante un par de horas –tres con suerte- reuniéndolo con Alicia en el mundo del conejo…

 

            Ladra, ladra, ladra desesperadamente porque ya no huele el alma de su dueño… ahora le muerde el bajo de los pantalones, la pantarrilla, el gemelo… una patada… un descomunal puntapié que parte el colmillo de su mascota… “¡Los siento!¡Dios lo siento, perdóname!” grita al conciensarce del castigo sin culpa provocado a su compañero, a su  alma buena, a quien ahora llora y gime… él también llora, desconsolado, como cuando se le caía en flan con caramelo… se chuta… durante un para de horas –tres con suerte- olvidará la patada a su amigo, el pan con moho, la realidad apestando…


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