la ventana, un mirador a la vids

Por aneleher
Enviado el 01/07/2012, clasificado en Drama
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Suena el despertador con su habitual ruido estridente, y como todas las mañanas prometo comprar uno nuevo esa misma tarde,  aun siendo consciente que eso es imposible.  Me dirijo a la única ventana de mi habitación, aquí dentro no hay gran cosa; una cama, un viejo armario, una mesilla  con su lamparita y una caja de libros sin desembalar. Aquí no son habituales las visitas y  como yo carezco de interés por éste lado de la ventana, aquí reina la sobriedad. Cojo el oxidado pomo entre mis temblorosas manos, enfermas ya hace tiempo,  no es una tarea fácil, éste no gira adecuadamente y la madera apolillada se descascarilla con cada diminuto movimiento. Lo intento otra vez, ahora lo giro repetidamente hacia  la derecha, luego a la izquierda cada vez más rápido, empiezan las palpitaciones, los  temblores,  la vista se me empieza a nublar, cuando de repente, paro.
 Me siento en la cama, conozco lo que hay que hacer, respirar profundamente, recuperar el ritmo cardiaco, visualizar una imagen agradable….inspiro, espiro…. una nube blanca….inspiro, espiro….como una bola de algodón…. Inspiro, espiro….flota en un cielo azul…. ¡Superado!
Me levanto estoy frente a la ventana y ahora con calma giro el pomo, ahora sí, ya puedo comenzar mi rutina; observar las vidas de ajenas, nutrirme de ellas, sentir a través de ellas siempre desde mi escudo, la ventana. El sitio donde me recluyo desde que un día los fantasmas que vivían escondidos en lo más profundo de mi inconsciente vinieron a reclamar una respuesta a tantos años de silencio y de ignorancia, pague una alto precio;  se apoderaron de mi vida, controlando todo mi ser.
Me incorporo, asomo la cabeza y miro hacia la calle.
Miro sin prestar atención al semáforo que está en frente de mi ventana, observo a la gente que espera la orden para reanudar  la marcha, para ellos solo es un parón en sus vidas, un hecho carente de importancia y sin embargo, mi pelo se eriza, mi corazón late y mi boca deja entrever una leve sonrisa.
Observo, un chaval, con los rasgos físicos característicos de la pubertad y el poco interés por la puntualidad que se suele tener en esta etapa vital, espera, tranquilamente, frotándose los ojos que hace cinco minutos todavía permanecían cerrados en un sueño plácido.  Cree no tener obligaciones, y sus cualidades de deportista y su autoconfianza,  le permiten tener una buena posición dentro de su grupo de iguales. Sabe que es guapo y que no le hace falta peinarse, su aspecto desaliñado le da ese look un poco rebelde que últimamente busca tener. Tal vez tenga deberes sin hacer, pero no parece preocuparle demasiado, saca el cuaderno lo mira y lo vuelve a guardar, se valdrá de su encanto para salir airoso de esta, no es la primera vez, ni será la última.
A su lado, una mujer que ronda la cuarentena, viste un elegante blazier azul marino con una falda tubo hasta la rodilla del mismo color, espera ansiosa al cambio de color que le dejará llegar a un destino al que intuyo llega tarde. Sujeta una carpeta debajo del brazo derecho y con la mano izquierda lo agarra fuertemente. El tiempo no lo puede  controlar y no soporta dejar cavos sueltos, mueve la mano arriba y abajo pero sin soltar la carpeta. Intuyo que es abogada y que la carpeta debe ser de suma importancia para su defensa, repasa mentalmente su alegato, no duda de sus cualidades pero quiere evitar pensar en el tiempo que hoy transcurre especialmente despacio, por lo que, aprovecha este instante para poner en orden sus ideas.  No tiene ninguna duda que el caso es suyo, que su defensa será brillante, conoce sus virtudes y defectos. Todos los días dedica media hora a la autocritica y a la superación personal, cree que hay que conocerse y esforzarse en superar aquello que no nos gusta consiguiendo así una elevada autoestima, que es clave del éxito en todos los aspectos de la vida.
Una anciana de unos 80 años viste una moderna indumentaria no muy acorde con su edad, pero, que si no fuera por el bastón donde sujeta su encorvado cuerpo le haría parecer más joven. Espera pacientemente con la serenidad que da el largo tiempo ya vivido,  las batallas hace tiempo libradas y el éxito de una vida de retos ya superados. Sin embargo, la soledad es mala compañera y a veces llora sin lágrimas por los años ya pasados. Pero dios le da fuerza,  sabe que es merecedora de una vida mejor y que su destino llegará cuando dios así lo decida. Sabe que sus hijos están bien, tienen un buen trabajo y buena familia, por lo que, ahora,  observa los coches pasar imaginando que son fragmentos de tiempo de su particular cuenta atrás.
Cambia el color del semáforo, y ahora, estas tres personas cruzan la carretera, apresurándose cada uno a su destino, no son conscientes que han compartido un instante de su vida, con una persona carente de ella, que solo le queda observar vidas ajenas desde su apolillada ventana.   


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