Donde nos vemos

Por Jose Rodríguez Rivero
Enviado el 29/08/2013, clasificado en Terror
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La sorpresa de Cris, y también la mía, llegó días después de la muerte del millonario Sandoval que vivía en la gran mansión del fondo del pueblo. Nos había dejado dicha mansión en herencia, ¡a nosotros! He de decir que no tengo ninguna relación con el mencionado millonario, ni mi novia tampoco, más que la que puede tener cualquier persona del pueblo: conocerlo por sus riquezas. Cuando los abogados de la familia Sandoval nos entregaron todos los papeles que demostraban que, efectivamente, esa gran casa era nuestra, aún estábamos en una nube. El viejo no tuvo descendencia y no apareció ningún familiar vivo en su árbol genealógico. De él se sabía más bien poco porque no solía salir de sus límites. Todo lo hacía su mayordomo, un hombre seco, espigado y que nunca sonreía y que siempre había permanecido al lado de su amo hasta su muerte. Una de las condiciones que había que cumplir para quedarnos con la casa era que mantuviéramos a dicho mayordomo con nosotros, respetándole su renta mensual y que participase como antes en los trabajos internos.

Nos trasladamos en noviembre a la mansión, tras dejar nuestro piso de ochenta metros cuadrados, nuestra hipoteca, nuestras deudas, arropados por una aureola de suerte con la que jamás soñamos. Nos recibió Martín, el mayordomo, en la puerta principal y nos enseñó la casa tras subir nuestras cosas a las habitaciones. Hoy recuerdo con terror algunos detalles de esos primeros días, como por ejemplo, que al pasar frente a los espejos, el reflejo del mayordomo no se mostraba. Lo achaqué al cansancio de llegar, a la novedad de la casa y a que, de una manera u otra, todo en general me estaba pareciendo muy raro.  La cosa se fue complicando a medida que pasaba el tiempo: siempre, en cualquier esquina, encontrábamos la mirada de Martín acechando tras las cortinas, tras los muebles, siempre inseparable de nuestras faldas. Ése seguimiento, después de algunos meses, provocó en Cris una manía persecutoria aguda, y tuvo que recibir tratamiento psiquiátrico. Yo no quise moverme de casa por el miedo a dejarla sola.

Un día, mientras la sacaba al jardín a pasear, vi que Martín limpiaba el polvo encima de la chimenea, allí donde estaba el retrato del difunto Sandoval. No sé por qué me detuve a mirar, pero el caso es que lo hice: mientras limpiaba el marco del cuadro cantaba una canción que sonaba a siglos, como venida de otras vidas, y lo que me llamó la atención fue que al sonreír en una estrofa pude ver cómo la imagen del retrato también sonreía. ¿Cómo no me di cuenta desde un principio? Era él, Martín Sandoval, quien nos había llevado allí para nunca estar solo, quien desde más allá había buscado una compañía que jamás tuvo en vida. Martín no se percató de lo que yo vi en ese instante y siguió limpiando. A Cris tampoco le dije nada, por supuesto. Esa misma tarde volvimos a nuestro piso de ochenta metros cuadrados, a nuestras hipotecas y a nuestras deudas. Y desde entonces desconfío mucho de los retratos. Y de los espejos…


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