MAF - Ante todo, la verdad

Por Sergio de León
Enviado el 30/08/2013, clasificado en Humor
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Hacer de árbitro de fútbol es dedicarte en cuerpo y espíritu a una labor.

No digo que sea la mejor labor que se pueda encontrar, o el mejor pasatiempo o trabajo.

Algunos trabajos tienen buen rendimiento. Vas pulcramente vestido, comentas las noticias en una oficina bien calefaccionada o refrigerada, según sea la época, departes con compañeros de usos, costumbres deportes, política, televisión, farándula, tiempo, hijos, etc. Y todo en un horario diurno normal y a fin de mes cobras un sueldo. Algunos más sueldo si la tarea está bien cualificada o el puesto está bien presentado o la recomendación estuvo bien dada.

Hubo veces que me dijeron los delegados o entrenadores que nunca harían de árbitro.

-siempre te están molestando, exigiendo. Nunca lo harías bien o a gusto de todos. Si pierden, será por tu culpa. Los lesionados, también.

Algunas veces comparé la tarea de un árbitro a la de un juez y a veces a un verdugo. Has de aplicar unas normas te gusten o no. Y menos gusto tendrán los que son víctimas de esas normas.

Pero ante todo, la verdad. En un acta habrías de relatar con suficiente detalle todos los percances que pudieran pasar en un encuentro. Una pelea entre el público, conductas, o faltas de conducta entre los jugadores, suplentes, entrenadores, delegados y distintos tipos de auxiliares que convergíamos en un partido. Después de todo, lo que se reflejara en esos renglones y si se extendía en un anexo  serían tomados como “verdad”, esa era la principal responsabilidad que debías transmitir.

El objetivo principal en el campo es tener el partido controlado, en pocas palabras. Pero fuera del campo habrías de ser veraz. Presunción de veracidad, como se diría de un policía.

El partido de Seva se desarrolló normalmente hasta que un jugador por puro exaltado comete varias faltas. Amonestación y luego continúa en sus trece. Segunda amonestación y a la calle. El jugador, mostrando toda su furia viene en mi dirección y con el gesto de golpearme forcejea con sus compañeros. Ni lento, ni perezoso, yo arranco con mi andanada de trompazos y ambos acabamos en brazos del resto de jugadores que nos separan de tan viril deporte.

En el acta reflejo que el jugador se acercó a agredirme y comenzó la pelea. La verdad la dejaría para más adelante, supuse.

Al llegar esa misma tarde al Colegio de Árbitros me llamó el responsable de las asignaciones de partidos y me pregunta:

-en el partido del Seva, ¿qué pasó?

Deduje que ya habría estado al tanto de los sucesos y en ese mismo momento le relaté lo ocurrido

-al verse que estaba expulsado se vino para pegarme, pero yo le pegué antes

-y qué has puesto en el acta?

-que él comenzó la pelea

-no hay problema, ya estará bien.

Me tranquilizó al ver que yo le contaba los detalles de lo acontecido y que en definitiva, era yo el que debía soportar el percance en el campo y defenderme o resolver.

-es que al que golpeaste es mi sobrino. Dijo, mientras yo abría los ojos como platos. Y luego agregó:

-no te preocupes, siempre es así


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