Deseo.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 01/09/2013, clasificado en Drama
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            Y cuando llego a casa me masturbo oliendo un yogur con sabor a vainilla: así es su colonia cuando se mezcla con el sudor apelmazado de varias horas de cacería por los pubs del puerto y con la agonía de los aires acondicionados apagados para aumentar el consumo entre la clientela, a veces, hasta cortan el agua fría para que los pastilleros controlen su mandíbula con botellas de agua a tres euros la unidad. Su cuerpo embadurnado en purpurina y maquillaje hacía recordar a una pata de cochino impregnada en grasa dorándose en el calor del horno: lista para comerse, sabrosa a la vista, orgasmo en el paladar.

            Cada miércoles por la noche en el “Spirit”, esa es la suerte de los fracasados, para ellos no existe “entre semana”, “día laboral”: viven en un mundo que espera tan poco de ellos que sus aspiraciones se reducen a objetivos totalmente despreciables hasta el punto de que si consiguen un logro pasa de largo porque sus metas son hechos cotidianos para quienes apuntan grande en la vida, para los soberbios con trabajos en oficinas transitadas, bonovolúmenes con el asiento de los niños atrás, pisos de escándalo con dos plantas y mujeres con tetas con pezones como galletas maría. Los fracasados tenemos la suerte del paria: no nos desean, no nos invitan a tediosas fiestas de cumpleaños porque somos amargados, glotones que terminamos con la priva antes de que se soplen las velas, nos huyen por la calle saltándose de la acera igual que cuando ves una cucaracha saliendo de la alcantarilla con las alas abiertas por miedo a que pidamos dinero,  cigarrillos o favores, favores que jamás nos piden a nosotros porque saben de nuestra inutilidad, salvo para una cosa, esa cosa, la cosa que extrañamente se nos da mejor que a nadie, como si Dios en su infinito humor negro nos hubiera despojado a los vividores, a las garrapatas de todo acceso más allá de la mediocritud, salvo en eso: colocar un enchufe sin tener que bajar las palancas, arreglar una tostadora, cargar las sillas de cuatro en cuatro… pequeñas heroicidades que solo sabemos hacer nosotros, los fracasados, los asquerosos y que aun así te lo planteas y únicamente solicitas nuestro don cuando no queda más remedio, cuando los chicos de vidas perfectas están demasiado ocupados en sus picnis de domingo o en sus asaderos celebrando ascensos, la entrada del hijo a la universidad o el quinto embarazo de una esposa peinada, perfilada y bien vestida a cualquier hora, en cualquier momento, como si son las tres de la madrugada, igual que las madres de los desayunos en las pelis americanas… acudes a nosotros los fracasados porque ¿qué es lo mejor que puedes interrumpirnos? ¿La sexta paja pensando en la vecina del segundo?¿Otra cerveza viendo películas porno grabadas de la tele local?¿Que tenga que ir al INEM a sellar la cartilla? Otro don de los fracasados es que la ociosidad de nuestra vida –hace tiempo que le pegamos un tiro a la dignidad y comenzamos a vivir de las limosnas, los engaños, la pena y la compasión de los ingenuos- permite que siempre estemos disponibles: te ayudamos con nuestra habilidad oculta, superheróica y ganamos unas monedillas con las que salir a fumar, emborracharnos y esnifar si la chapuza ha sido más grande de lo normal.

            Y este miércoles noche en el “Spirit” no fue diferente: ella, con sabor a vainilla quedándoseme atrapada entre la garganta y la nariz se me clavaba en los testículos como un deseo al que te resistes a aceptar su imposibilidad. Nunca tuve el valor de acercarme a ella porque siempre pensé que aunque fuera Clark Kent quien enamoró a Lois en el fondo era “Superman” quien hizo que se quedara, por lo tanto me conformaba con mis putas del todo a cien, las que entran a los bares a las 4 de la mañana cuando el camarero ya le está dando la vuelta a los taburetes y no pueden servir copas de cristal por la normativa… esas putas de todo a cien que buscan en los penes al amor de su vida, al príncipe azul, al caballero que las libere del dragón y las rescate de entre las paredes del castillo… un pene que las lleva a desayunar churros, les limpian el chocolate y la baba de la barbilla con la dulzura más extrema que jamás haya existido en el planeta y en cuanto descargan las bolas en su cara –a veces dentro si tienen la suerte de que estén muy borrachas- negarán conocerlas para siempre.

            Pero esta noche hubo al distinto: observé como se apretaba sin parar la nariz, como absorbía mocos imaginarios… el cenit fue cuando vi el hilillo de sangre bajar hasta el labio inferior: esa es mi oportunidad, lo supe porque los fracasados somos carroñeros que en caso de no comer despojos de los leones sabemos distinguir quien es la presa más débil.

-¿Una raya?

            Ni siquiera dije hola, ni siquiera me presenté, ni siquiera busqué sutilezas: demasiadas noches entre adictos para saber que la ternura es una utopía.

-O dos…

            Fuimos al baño: su puto olor a vainilla me ponía tan cachondo que me fui acariciando el trajo todo el camino hasta el retrete, imaginando todo lo que iba a hacerle, todo lo que se dejaría hacer, todo aquello que se me había negado por derecho durante siglos… tan cachondo que era probable que se me jodiera el asunto: el calzoncillo ya estaba empezando a ponerse húmedo. Así que me contuve pensando en cachorritos muertos para almorzar.

            Con un gramo fue suficiente: mientras cortaba con la visa vacía fue magreando sus pechos, besándole el cuello, la oreja… habría ido directo al coño, pero cuando por fin dejas de comer sobras de la mortadela y te encuentras con caviar rojo lo degustas lo que puedes, largo tiempo creyendo que así jamás se acabará aunque sabes que tarde o temprano volverás a enfrentarte con una nevera media vacía. La acariciaba, la mordía, incluso me atreví a meterle un par de dedos aunque todavía estuviera un poco seca.

            Terminó de consumir. Me besó los labios. “Gracias”. Se fue de allí y de nuevo en la barra me miraba como si fuese la primera vez, con una indiferencia tan grande que por primera vez sentí que un bicho me picaba la nuca, que el estómago me daba acidez, ¿haría resucitado mi orgullo?

            Y aquí estoy en el colchón, masturbándome mientras huelo un yogur de vainilla sin arrepentirme de haberla invitado a un poco de polvo, sin arrepentirme de haber esperado durante tres horas en el aparcamiento, sin arrepentirme de haber manchado los zapatos de sangre cuando la vi a solas.


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