Sueños son.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 01/09/2013, clasificado en Reflexiones
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            No quiero despertar porque la vida es más sencilla cuando los ojos están cerrados.

            Quiero seguir durmiendo, embelesado en mi propia fantasía, borracho de mentiras piadosos que suavizan el golpe del alma con un sacho.

            No quiero despertar en un mundo en el que el futuro de mis hijos está escrito con la sangre coagulada de muchachos de su misma edad, cojos, mancos, sumisos, jugando a fútbol con trapos de ropa vieja que dono con las sobras, correteando ingenuos entre minas personales que estallan furtivas como cazadores de sueños colgados sobre la almohada. No quiero verme envuelto en un mundo donde mi coche se arranca con la muerte homicida de cien niños en batalla, donde la obesidad es una burla negra en un mundo famélico, donde el principio de mi bienestar se construye con los llantos de mujeres violadas lejos, muy lejos, tan lejos que me convenzo de que son patrañas inventadas por telediarios apestando en amarillo.

            No quiero despertar en un mundo donde se trafica con la enfermedad, se abona la codicia con el bienestar ajeno, una calle plagada de luces porque las farmacias se anuncian con carteles de neón verde iguales que puticlubs de periferia: la salud es un cuento de final abierto, un negocio donde los medicamentos de colorines como golosinas encierran la misma utilidad que pastillas de menta blancas.

            No quiero despertar en un mundo donde la infinita soberbia del ser humano le hace creer que puede convertir a Dios en una galletita mojada en vino dulce los domingos, engullirlo como traga su necesidad de dirigirse hacia ninguna parte, autocompadecerse pensando que limpia sus pecados hablando entre susurros y tinieblas a un desconocido de sotana que le gusta mirar por debajo de las faldas cuando nadie le mira y piensa que su jefe se lo pasará por alto. Donde la asquerosa ingenuidad del hombre le obliga a por lo menos una vez en la vida girar como un perro antes de cagar alrededor de una piedra en medio del desierto, descomunal, impoluta, aplastando con su ceguedad a los que giran en dirección opuesta. Donde su necedad le fuerza a creer que limpia sus faltas, temores, flaquezas en un río de aguas fecales, la alcantarilla más grande de toda Asia en la que santurrones barbudos de melenas calvas oran en el agua donde flotan los cadáveres morados, henchidos, follados de niñas impúberes con el coño desgarrado por el vicio de viejos verdes con dotes salvadoras.

            No quiero despertar en un mundo donde los niños sueñan con llevar máscaras para ser héroes, en el que la verdad es un gesto criminal y los engaños, cumplidos, besos a escondidas, venta de la intimidad en las hondas se cotiza como petróleo sobre el parquet.

            Prefiero seguir en coma profundo caminando sin darme cuenta, anestesiado por el placer de la máquina expendedora, del porno a un solo click, del sexo fácil gracias al amor vacío. No quiero despertar en un mundo donde la tercera guerra mundial ya ha comenzado: sus bombas son señores de puro, corbata y sonrisa de quirófano hablando sobre el enemigo que jamás veremos, pero que según ellos se encuentra en cada rincón como el hombre del saco acechando tras las ventanas… sus disparos no son de plomo, sino de necesidad creada y la mayor muerte es el suicidio del ego en favor de la masa, donde el premio es pasar desapercibido, amansar a una mente privilegiada que se aburre en un mundo mediocre, callarla a base de buenos polvos en un coche a cien por hora, coca ácida y botellines frescos el viernes por la noche: encajar es el mejor premio, porque el topo que sobresale se lleva siempre un martillazo.

            No quiero despertar en un mundo que ya no me pertenece que me asesinó hace tiempo, un mundo en el que los mayores genocidios se hacen desde el sofá de casa matando al genio frente a la pantalla.

            La responsabilidad del mundo pesa tanto que prefiero ser uno con la nada, mantener el sabor a sueño en mi boca tras una siesta larga, perder mi derecho a ser un hombre: es más fácil convertirme en marioneta y al fin despertar un día sabiendo que jamás estuve vivo.


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