La casa del espejo roto - El sótano (III)

Por J.M-Oliver
Enviado el 01/09/2013, clasificado en Terror
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Una gota se desprendió del móvil y cayó sobre su cara. Con la otra mano se limpió y observó que no era agua, tenía color rojo, e inmediatamente el pánico se apoderó de ella. Se examinó la cabeza con las dos manos y descubrió que tenía una brecha sangrante en su cabeza debido a la caída. Su respiración se aceleraba y su cuerpo tenía contracciones involuntarias por su estado de excitación. Un fuerte calor la asfixiaba y el mareo iba en aumento hasta llegar a su límite haciéndola perder el conocimiento.

Todo daba vueltas y el malestar que sentía aceleraba la rotación. Trató de poner las ideas en claro aunque todo lo veía borroso. Palpó intentando buscar su móvil por el suelo pero en uno de sus intentos rozó algo peludo que se escurrió con un chirrido que le heló la sangre, instintivamente giro su cabeza para descubrir que lo que se escondía rápidamente bajo un mueble era una rata. Los pocos vellos de su cuerpo se le erizaron hasta el punto del dolor más absoluto y el pánico volvió a hacer acto de presencia. Intentó incorporarse pese a sus heridas, pero parecía como si tuviera sobre ella 50 kilos de peso. Gritó de desesperación y mientras trataba de incorporarse sus manos tocaron el móvil. Un hilo de esperanza hizo que recobrara la compostura. Agarró desesperadamente el móvil y volvió a pulsarlo. Unos segundos angustiosos pasaron antes de escuchar la cantarina voz de la locutora. No pudo más y rompió a llorar con desesperación, con angustia…

Hace unos meses una amiga le ofreció un gato romano, y lo rechazó. “¿Un gato común? ¿A mí? Si al menos hubiese sido un angora o tal vez un persa, me lo pensaría”. La amiga le advirtió que una casa tan grande y antigua podía tener ratas, y el gato le ayudaría a mantenerlas a raya. Su amiga se marchó y el gato con ella. Luego pensó que si había ratas ella las dominaría como ha hecho con todo el mundo a su alrededor.

Un brote de remordimiento comenzaba a inundarla haciendo mella en su corazón y en su alma. Sus ojos no dejaban de escupir lágrimas y en la situación que se encontraba se sentía más sola que nunca, y jamás tan desesperada. Ruidos a su alrededor la hacían tensarse hasta la extenuación. Había logrado incorporarse hasta quedar sentada y su cabeza ya no sangraba. Trató de mover la reja para liberar presión a su pierna sin conseguir nada, su pierna estaba hinchada y ni siquiera podía verla ya que se perdía en la oscuridad de la arqueta. Miró su reloj y se dio cuenta que ya llevaba dos horas de esa manera. Se sentía débil, muy débil.

-¿Porqué no me llama nadie? Han tenido que ver mis llamadas perdidas… - dijo en voz baja casi inaudible, clavando su mirada en el móvil.

Sentía que alguien la estaba observando y no dejaba de girar impetuosamente la cabeza de un lado a otro. De pronto se fijó bien y descubrió que unos pequeños ojos negros, inexpresivos y brillantes la observaban desde lo alto de un mueble a escasos tres metros de ella. Casi deja de respirar, su cuerpo se convirtió en estatua durante unos largos segundos. Contempló durante largo tiempo como el animal la acechaba desde arriba, como levantaba el hocico olisqueando el aire, como presagiaba que esta noche ella sería su cena.

-¡Lárgate bicho asqueroso! –gritó en su dirección. Y la rata comprendió que aún no era el momento, y desapareció detrás del mueble.

Noelia volvió a llamar con el mismo resultado. En su reloj faltaba una hora para la media noche y entendió que Marco no lo volvería a encender hasta las siete de la mañana, hora a la que se levantaba para ir a trabajar.

-No debí ser tan dura con él. –Unas notas de arrepentimiento brotaron de su garganta. 

Pasaban los minutos y su intranquilidad crecía. Le parecía ver ratas por cada rincón oscuro del sótano y se fijó que sobre el mueble volvía a aparecer la misma rata de antes, pero esta vez acompañada de una mucho más grande. Sus ojos expresaron pánico y los movía nerviosos en busca de algún objeto para defenderse o lanzar, pero salvo el móvil no había nada que aferrar.

Volvió a gritar a las ratas que olisqueaban el aire en espera del momento oportuno para lanzarse sobre su presa. Tampoco era ahora, así que con la misma rapidez que aparecieron se marcharon.

-¡Putas ratas, que asco me dan! –pronunció para sí. Pero un sonido familiar y unas vibraciones hicieron recobrar la esperanza, su teléfono comenzaba a sonar. Compulsivamente pulsó el botón para recibir la llamada y contuvo la respiración en espera de algún sonido.

-¿Noelia? – un halo de esperanza la inundó por completo.

-¡Mamá! –gritó. –Escúchame, estoy herida en mi sótano, por favor ven corriendo…

-¿Noelia? – volvieron a preguntar al otro lado.

-¡Mamá! ¡Por favor necesito ayu…! – no llegó a terminar la frase cuando escuchó decir desde el otro lado una frase que le heló el alma y la llenó de terror.

-¡Noelia no hagas como siempre! Te llamo y me ignoras…. Si has puesto el contestador que pases buenas noches, me voy a la cama. – y seguidamente colgó. Noelia estaba petrificada hasta que comprendió que no solo estaba rota la pantalla, sino que la avería afectaba también al micrófono. Sus lágrimas resbalaban sobre sus mejillas arrastrando algo de sangre y una tristeza inmensa. En estos momentos se sentía sola, sola y abandonada.

La pierna atrapada le latía irradiando dolor cada centímetro cuadrado. Trataba de masajear su muslo intentando aliviar su padecimiento efímeramente. Estaba hinchada y atrapada como una rata en una trampa. Un escalofrío recorrió su nuca y lentamente giró su cabeza para mirar el mueble de las ratas, en su mente ya le había puesto nombre a la vieja estantería. Sobre ella ahora podía divisar no una ni dos, sino una plaga. No sabía cuántas había, pero las veía excitadas, ya no estaban estáticas y una tras otra iban olisqueando el aire en su dirección y luego desaparecían, dando turno a la siguiente como si de sabuesos tras su presa se tratara. Tenían su objetivo fijado y era ella.  

Como loca giraba compulsivamente la cabeza intentando averiguar por donde aparecerían. Su cabeza paró en seco cuando vio que en el primer escalón de la escalera se habían amontonado una palpitante masa de ratas. Absorta como estaba no percibió que rodeándola cada vez aparecían más y más roedores.

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