La noche de Woody Allen parte 1

Por ignacio perez
Enviado el 02/09/2013, clasificado en Amor / Románticos
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Alberto consulto la dirección por segunda vez. Casualmente, el pub se encontraba en el mismo sitio por donde había pasado infinidad de veces ya fuera en compañía de un amigo o haciendo un paseo. Un lugar al que nunca le concedía la más menor importancia o atención y que con sus puertas cerradas y sus amplias barras para abrir le parecía de lo más simple y careciente de interés del mundo.

Sin embargo, y contradiciendo todo pronóstico, era el lugar decidido para efectuar la cita con la mujer con la que había estado constantemente chateando los últimos meses. Una mujer de la que desconocía el aspecto porque se negaba insistentemente a poner su foto pero de la que se había enamorado desde el punto de vista dialectico y de la que esperaba que le ofreciera aquel futuro prometedor que conciben los sólidos romances, basados en un aprecio mutuo y en una necesidad incesante de compartir al máximo sus vidas y que en la cual, para bien o para mal, tantos adultos creían que existía, aunque solo fuera desde un punto de vista teórico.

Un ligero nerviosismo se adueñó de Alberto. Pensó que aquello formaba parte de la vida normal de cualquier persona. Una cita. Debía de haber miles de citas en todo el mundo y de ellas no tenía por qué salir algo necesariamente mal. Es más, aquellas citas tan rutinarias iniciaban el transito del variado mundo de las relaciones. Todas ellas, inequívocamente, habían pasado por ese paso. Un paso fundamental.

Alberto se dirigió a la entrada del pub y abrió la pesada puerta que más propia de un pub lo parecía de una iglesia y una vez abierto, una escena sumida en la negrura cubriendo un espacio muy amplio y libre aliviado por las suaves luces que emitían las luces de los mecheros, los extremos enrojecidos de los cigarros y las curiosas velitas colocadas dentro de esferas blancas se presentó ante su vista.

Intento distinguir la figura de Paloma entre la escasa concurrencia. Al fin encontró en su ligera inspección visual, alguien que coincidía con el aspecto que le había descrito la nueva amiga a través del chat.

Todos los detalles se correspondían a la perfección con los que le había proporcionado Paloma. Era extremadamente alta, lo cual le dejaba a él en un molesto plano de protagonismo, debido a su reducida estatura; su cuerpo estaba conformado por una silueta insinuosa y su pelo rojizo se prolongaba hasta la cintura en un peinado esmerado que debió de requerir de un uso largo del cepillo. Lucía un llamativo vestido rosa que le llegaba hasta por arriba de las rodillas y era sin duda alguna, una de esas mujeres que se pueden considerar atractivas sin que esta consideración sea exagerada o puesta fuera de contexto

Alberto se acercó nerviosamente. Pensaba que su apariencia no iba a resultar del agrado de aquella mujer. Que ella esperaría a alguien con mayor atracción. A veces eso es lo que se espera de las mujeres de esa condición, que su pareja luciría un palmito semejante la suyo. Un terrible complejo de bajo domino el ánimo de Alberto y en más de un momento, de los escasos que habían transcurrido desde los que entro, pensó en la posibilidad de retroceder y salir huyendo del local.

Al contrario de los que Albert esperaba, Paloma lo reconoció de inmediato y le ofreció una alegre sonrisa de bienvenida que le cogió desprevenido. Había sido la primera vez desde que entro Alberto que alzo la cabeza del móvil que sujetaba entre sus delgados dedos, tecleando distraída quizás algún mensaje a una amiga informándole de la cita y las perspectivas e ilusiones que una cuestión de ese tipo genera en los que por ahora son apreciados amigos de un simple chat.

Albert reacciono a esa sonrisa con una sonrisa que pretendía ser una respuesta igualmente halagadora, aprobadora y acogedora. No estaba seguro de haberlo conseguido pero tenía que reconocer que había sido un principio bastante prometedor. Podía haber puesto una expresión mucho menos alentadora. Quizás le había resultado de su agrado. Las mujeres son imprevisibles. Puede que hasta el tipo más menudo e insignificante puede resultar más que aceptable para una mujer tan atractiva. Cosas más extrañas han sucedido.

Entonces apareció en su cabeza una de sus numerosas manifestaciones de ineludible afición por el cine y recordó la figura de Woody Allen con la que siempre se había sentido tan identificado. Tan bajo de estatura como el, tan simplón,( tan distinto a los distinguidos físicos de Gary Grant y Robert Bedford, con sus incuestionable elegancia y carisma masculino llenando cada secuencia), con sus gafas de montura gruesa que le daban un aspecto molesto y algo prepotente de conversador intelectual y la línea por la que le iba cayendo el pelo progresivamente, dejando un espacio libre de cabello desplazado algo más arriba de la frente.

¿Si Woody Allen no solo había conseguido el éxito a través de sus magníficos trabajos sino con las mujeres que había conocido durante el rodaje de sus películas, compartiendo protagonismo, (dígase Diane Keaton y Mía Farrow, ambas actrices de primera categoría y de una belleza tan indiscutible como innegable) porque él iba a ser menos?

Bueno, es que acaso Allen tiene una personalidad asombrosa, fascinante. Un tipo no solo de talento cinematográfico, sino personal. El pensamiento ensombreció las perspectivas que para esa cita tan extraordinaria se había establecido Alberto. Pero intento borrar ese pensamiento con la mayor eficiencia posible. Que no dejara ni el más mínimo rastro. ¿Por qué tengo que ser tan exigente conmigo mismo? ¿Es que acaso no soy consciente de mis virtudes, de mis conquistas pasadas?

Paloma se levantó apresuradamente de su bajo asiento para enmarcar dos besos en la cara de Alberto. La fricción de los besos de ella dejaba una impronta dulce, mezclada con algo de colonia pero cuya intención era de difícil interpretación. Aunque dejaban bastante claro que sus labios rojos eran grandes y densos.

-Hola, yo soy Paloma-indico ella como si a esas alturas el dato fuera necesario.

-Yo soy Alberto-.

Ambos se sentaron al mismo tiempo. Alberto extendió un brazo durante la ejecución del movimiento, dejando constancia que no la dejaba sentar sin más, sino que podía ayudarle en aquello que ella lo precisase, como un verdadero caballero. Permanecieron un tiempo callados, como si no supieran que decir o debían de meditarlo o como si fuera una especie de comienzo ritual característicos antes de lanzarse a exponer sus respectivas presentaciones. El reto de asumir que ya estamos juntos, fuera como fuera el resultado que ambos consiguieran.

Alberto buscaba frenéticamente que decir. No quería que aquello se volviera en uno de esos momentos interminables de silencio donde al final acaba instalándose la incomodidad.

(continuara9


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