Amanecer (parte 1)

Por François Lapierre
Enviado el 06/09/2013, clasificado en Ciencia ficción
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La mañana es gris y fría. Sigue amaneciendo, a pesar de todo, en la vieja Tierra, en un planeta que ha sufrido recientemente el mayor de los castigos en miles de años de la existencia de la Humanidad, su práctica aniquilación de todo ser viviente a manos del mismísimo hombre. Una hecatombe nuclear ha provocado la situación en la que se encuentra en la actualidad. Casi ningún ser humano sobrevivió a ella, y los pocos que lo hicieron han ido desapareciendo paulatinamente a causa de la adversa situación en la que se encontraron. También los animales y plantas desaparecieron de su faz y, por sustitución, aparecieron nuevos seres con características distintas a las preexistentes, en contínuo proceso de adaptación a las nuevas circunstancias, al igual que ya ocurriera millones de años antes.

Entre los escasos supervivientes humanos se puede contar a un individuo, le llamaremos Omega, en clara alusión a la letra griega que representa el final de su alfabeto, que logró sobrevivir oculto en un refugio bajo tierra, a varios metros de profundidad. Había previsto la hecatombe con antelación. Muchos lo tomaron por loco, pero no le importó, y dedicó varios meses a su obra salvadora. Hizo acopio de alimentos y agua y, finalmente, ocurrrió. No dispuso de más tiempo para realizar una ampliación de su nueva vivienda para el resto de su vida, y las reservas, limitadas, le durarían solo unos pocos meses. Omega no se atrevió a salir en todo ese tiempo de su seguro habitáculo.

Pero debía salir del refugio, del obligado cautiverio, porque necesitaba alimento y agua. Entonces, el día que lo hizo, llovía intensamente, y las gotas le perforaron la piel produciéndole lastimosas laceraciones. Lluvia ácida, consecuencia del cambio brutal que se había producido en la atmósfera. Tuvo que volver a entrar y esperar que amainase. La tristeza lo invadió. Se veía sin posibilidad de sobrevivir porque el agua que encontrase no sería apta para el consumo. Esperó algunos días.

El agua, definitivamente, se acabó. Hoy ha abandonado su refugio mirando al cielo. Observa, de nuevo, nubes amenazando descargar. Nubes que confieren al paisaje una nueva dimensión, porque asemejan una enorme montaña que se alza poderosa ante unos ojos atemorizados. Unos ojos que perciben lo indefenso del ser humano, su nimiedad ante una naturaleza que lo desborda, que puede aniquilarlo a su antojo con un simple pestañeo de su poder, como sencillamente ha ocurrido. Fuerzas incontroladas e incontrolables que se desatan de cuando en cuando, que remodelan el paisaje, que eliminan una parte de los seres vivos, pero que, paradójicamente, sigue manteniendo las condiciones necesarias para que la vida subsista, aunque esas condiciones hayan variado. ¿Cuánto tiempo le quedará a los pocos seres vivos que aún la pueblen, él mismo, para poder mantenerse con vida?

Aquellos ojos, los de Omega, miran como un mero espectador de una dimensión temporal brevísima en la existencia del planeta. Es consciente de ello, cientos de miles de años lo atestiguan. Está solo. No ha visto a nadie, ni aún ahora lo ve, pero no ha perdido la esperanza. Teme que al abandonar su seguro refugio termine sucumbiendo en unas horas, como mucho un día. Las nubes se van condensando en masas cada vez más negras. No tardará mucho en llover y, para entonces, tendrá que volver a su refugio.  Entonces, si decidía partir, debía encontrar algún cobijo en su ruta que le evitase la horrible tortura de esas gotas, antaño benefactoras. Y debía partir.

Mira al horizonte. Una gran nube de polvo se levanta acompañada de un rumor. Omega retorna al refugio. Al poco, oyó el estruendo de cientos de cascos de rumiante. El techo parecía que fuera a hundirse de un momento a otro. Abandona su cálida habitación dirigiéndose por un túnel hasta las proximidades de la superficie, y atisba por las ranuras de las rocas amontonadas en el exterior. Entonces ve pasar, como una exhalación, una manada. Pudo ver sus fantásticas formas. Su gran cabeza de toro, sus  cuernos, su fornido cuerpo. No lo vieron, pero él si vio que comían seres humanos, porque uno de ellos llevaba en sus fauces un brazo humano, aún sangrando. 


Entonces se acordó de cuando era niño y jugaba con los insectos cortándole patas, alas, antenas. Los dejaba desvalidos o, incluso, llegaba a matarlos. Pero aquello era un acto inocente, propio de niños. Ahora podía llegar a ocurrirle a él. Aquellas bestias tenían la suficiente fuerza para arrancarle miembros ¡y no podría hacer nada por evitarlo! Un "insecto" en sus manos, a su merced. Le recorrió un escalofrío. El rebaño pasó de largo. Ahora, a los elementos atmosféricos adversos había que añadir otro peligro, fruto de asombrosas mutaciones de seres vivos, como ese temible ejército de minotauros. Una horda de seres mitológicos que recorrían el territorio aniquilando todo a su paso. Recordó también pasajes del Apocalipsis y de los ángeles exterminadores, y eso eran justamente. Un nuevo ejército de "hunos", aquellos guerreros que conoció de un libro de historia que cayó en sus manos siendo niño, y de su líder, Atila, del que se decía que donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba... La hierba, otra gran olvidada. No había vuelto a verla, ni siquiera la mala, hacía meses. Todo desolado, yermo, polvoriento, sin visos de una brizna milagrosa, tras la gran explosión.

Al abrigo del refugio lo único que podía hacer era esperar. Esperar ¿hasta cuándo? No tenía alimentos. El agua se le había acabado. Debía arriesgarse a salir en busca del líquido elemento vital, aún a costa de morir en el intento, porque, de otro modo, el refugio sería su propia tumba. Durmió unas horas. Tuvo sueños extraños, cercanos a la muerte. Presenció horribles criaturas, recorrió lugares inimaginables, volaba libre de toda gravedad, y despertó impregnado de un sudor frio. Posiblemente estuviera teniendo accesos de fiebre. Se encontraba débil, por la ausencia de alimento en dos días, sin fuerzas para emprender un viaje por una tierra hostil y desierta. Aunque no tenía más remedio que hacerlo. Levantó la tapa de su refugio. Era de noche. No se oía ningún ruido. Terminó de retirar la tapa y salió al exterior. A continuación, volvió a taparlo e imaginó si podría retornar de nuevo a él, a su seguridad, provisto de algo de alimento y agua, tal vez con una compañera que, asimismo, necesitaba. Las nubes se habían disipado, por fortuna. Al menos, su encuentro con la muerte no se vería acompañado del sufrimiento infligido por una lluvia ácida. Hacía bastante frio, pero podía soportarlo. Era el menor de los males que le acechaban.

Comenzó a andar en cualquier dirección, qué importaba la que tomase. Lo importante era no perder la referencia de su posición. Miró a su alrededor y fijó en su memoria el entorno. Una pequeña colina rocosa quedaba a su derecha. A su izquierda se encontraba el cauce seco de un río. Decidió seguir su línea, era una referencia y, sobre todo, la seguridad de poder hallar agua, ya que así llegaría al nacimiento en las cercanas montañas.

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