Amanecer (parte 2)

Por François Lapierre
Enviado el 06/09/2013, clasificado en Ciencia ficción
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Caminaba volviendo la vista atrás, en ocasiones, para seguir memorizando su recorrido. La necesidad de agua empezó a hacer mella en él. Le parecía ver sombras acechantes, duendes saltarines, extraños animales con ojos centelleantes. Le pareció estar soñando de nuevo, o peor, delirando. En el horizonte vislumbró una leve claridad, una claridad que podría deberse a un próximo amanecer, pero no era esa la razón del fulgor concentrado tan solo en una zona. Al poco comenzó a emerger una ciudad flotante, con una luz envolviéndola que llegó a resultar cegadora, especialmente para sus ojos poco acostumbrados a la luz. Se fue elevando en el cielo hasta, prácticamente, cubrirlo. Quedó paralizado. ¿Qué nueva sorpresa le esperaba?

La inmensa nave no producía ruido alguno, ¿o era que había perdido la audición? Para comprobarlo gritó y oyó su lastimera voz. También chasqueó los dedos y pudo oirlo. La nave se desplazaba lentamente en el cielo y se acercó a él. Pudo ver su complejidad, su multitud de torres, antenas, motores, algunos ventanales iluminados, y aberturas diversas en su parte inferior. Un gran haz de luz partió desde la nave hasta llegar a tierra, formando un círculo inmenso, círculo en el que se encontraba incluido y, por tanto, recibió el cálido aliento del rayo. Entonces oyó algo, como una estampida. Los minotauros se acercaban. Estaba perdido. Sin embargo, cuando llegaron al círculo luminoso, este había desaparecido con todo lo que se encontraba bajo su influjo. Miraron hacia la nave que los sobrevolaba. Habían perdido a su presa, Omega, que había huido momentáneamente de ese mundo. El suyo seguiría siendo el que pisaban, aquel en el que no volvería a crecer la hierba.

Omega no daba crédito a lo que veían sus ojos, un habitáculo inmenso, luminoso, poblado por una multitud de lo que aparentaban ser humanos, aunque con algunas ligeras diferencias. Pero había sido salvado de la muerte inminente, ¿o tal vez fuera esa la muerte? Se acercaron a él. Interiormente oyó lo que le decían. No tenían boca que articulara palabras, pero por alguna extraña razón estaba oyéndolos. Le dijeron que no había muerto, al menos en el sentido que él interpretaba, y que tenían algunas sorpresas adicionales que requerían de un tiempo de aclimatamiento.

Lo primero sería recuperar su estado de salud. Lo llevaron a una sala más pequeña. En el trayecto se cruzó, de nuevo, con los duendes saltarines, y le volvió a asaltar la duda de si realmente estaba despierto. Entonces se le explicó que ellos eran realmente sus salvadores, ellos habían dado la voz de alarma de su precaria situación. Ya en la estancia le dieron a beber un líquido. Omega se mostró reacio a tomar algo que desconocía, pero necesitaba beber, estaba deshidratado. Sorprendentemente, el líquido que bebió le produjo un gran bienestar. Sintió desaparecer la sensación de sed, incluso la del hambre y lo dejaron solo unos minutos para que su mente se habituara a esas nuevas vivencias. 

Sonaba una suave melodía, pero no se veía ningún aparato que la emitiera. El sillón donde estaba sentado era extraño, pero muy confortable. Intentó analizar su nueva situación ¿quiénes eran aquellos seres que, al parecer, no querían hacerle ningún daño? ¿y los duendes? Hasta ese momento solo eran leyendas. Ahora los había visto. Existían en verdad. ¿Qué explicación tenía aquella disparidad de criaturas? ¿Adónde lo llevaban? ¿Retornaría a la Tierra? Demasiadas preguntas.

Al poco aparecieron de nuevo una pareja acompañada de... ¡humanos!. No cabía en sí de gozo. Un hombre y dos mujeres, ataviados como ellos y, por lo que aparentaban, en un excelente estado de salud. Omega oyó interiormente las oportunas explicaciones que provenían de los extraños seres. Los humanos permanecían callados, aunque se les veía felices. 

Simplemente habían sido sacados de la Tierra para preservar la raza, habían sido salvados, al igual que él, del horrible ejército de minotauros, avisados por los duendes. Aquellos lo fueron mucho antes porque se encontraron en el exterior, exhaustos, enfermos, moribundos. No así Omega, que había tenido la precaución de protegerse con la construcción del refugio, pero que, tras su salida, hubiera acabado como ellos tarde o temprano. Por fortuna fue salvado en el último momento. 

Había más humanos en aquella nave, por lo que él formaría parte de una nueva generación que repoblaría quizá la Tierra, quizá otro planeta en idénticas circunstancias. Era cuestión de esperar. No dieron más explicaciones y dejaron que los humanos se acercaran a él. El hombre tendió la mano en señal de amistad, como llevaban haciendo miles de años todos los hombres, y habló. Omega llevaba mucho tiempo sin hablar con un semejante. Aquel hombre lo tranquilizó. No debía temer nada. Habían sido salvados y tenían un futuro prometedor por delante. Eran los padres de la nueva era humana, porque serían abandonados de nuevo en un planeta y deberían aprender a vivir en paz y armonía con el medio. Serían adecuadamente enseñados durante un tiempo a leer en las mentes de los demás, a protegerse unos a otros, a tener una conciencia universal de humanidad. Con eso se acabarían los engaños, las intenciones malsanas, las religiones (solo existiría la creencia en un ser supremo, creador del universo), la consecuente aparición de guerras y, sobre todo, la aniquilación del hogar que supone el habitar en un planeta en el que, como ahora iba a ocurrir, serían instalados como inquilinos, y no como legítimos dueños del mismo.


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