ENEVEJECIENDO. PARTE 2

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 07/09/2013, clasificado en Reflexiones
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Déjame sola algunas veces, quiero reposar sobre el sillón, escuchar una sinfonía, tomar una bebida con aroma campestre y si me queda tiempo hojearé el álbum familiar, el álbum de todos los tiempos. Llévame hacia la cocina para oler de cerca el pan acabado de hornear.

 

Bájame el abrigo, no tengas prisa en socorrerme, comprenderé que tienes cosas que hacer.

 

Cuando tengas tiempo acompáñame a recoger flores del jardín, quiero poner sobre la mesa algunas frutas y un poco de vino, no dejes de abrir la ventana para que entre el aire.

 

Sé lo que piensas aunque no lo digas, ¿es mucho para ti?  Lo siento, es sólo si llego a la vejez y estás cerca.

 

Amigo, ¿Cuándo vendrás? Esta ciudad tiene calles fundidas con el adobe, el cemento y la certera humanidad, aquí los monumentos, las estatuas y los deseos enmarcados en las paredes me recuerdan que no sólo han pasado seres mutilados por el olvido, sino hombres y mujeres dispuestas al amor y la paz.

 

De todo esto hay una parte que me pertenece a manera de herencia sagrada, pues han sido mis abuelos y los abuelos de mis abuelos con sus abuelos, quienes han batallado cabalgando sobre estas pesadas calles, para hacerlas más livianas.

 

Los días pasan y sigo desgastando las suelas de mis zapatos, avanzo en las distancias más sosegadas desde el momento en que decidí recorrer guaridas distraídas en busca del nuevo mundo, miro tras las persianas de mi habitación y me desvelo viendo como las ilusiones se asoman una a una por la puerta principal.        Los caminos de mi Colombia hermosa.

 

Desde aquella vez, cuando decidimos reescribir nuestros pasos, ansío atrapar un minuto para departir con los árboles y hablar acerca de sus amores pasajeros o tal vez junto al amado tomar un lugar en la pradera, donde podamos sembrar nuestros pies y ceñirnos a la tierra por un momento, emparentar con la savia y las raíces y desde allí ver el paso distante de los días. Anhelo tumbarnos junto al arroyo y verter allí nuestros menesteres hasta perder el juicio, dar la espalda al sol y bañarnos con el agua de la fuente, la que refresca y a veces enceguece. Así lo hemos querido siempre amigo.

 

Pero sé que el tiempo es un juego inevitable e interminable, una imagen que insiste en palmotear un principio y un fin inminente, quiera o no, yo soy su presa.

 

En tardes como esta apago el televisor, me asomo por la ventana y veo pasar la gente, imagino sus largas peregrinaciones, para dónde van y me uno a sus andanzas sólo hasta que doblan la esquina, rastreo sus pasos y los uno en una sola calzada. Entro al cuarto, hago una red de recuerdos y con ella voy de pesca, te escribo como tantas veces, te reclamo, te pregunto, te reinvento en mis sueños para sentirte más cerca y no olvidar que la vida me ha dotado de frutos, ríos, miradas, compañías e intensos abrazos.

 

Esta composición tenue del universo que he procurado hacer viene de tiempo atrás, cuando me sumé a la voz persistente del aventurero que se disponía a cruzar los objetos, los minutos y las historias con la palabra; soporte y lecho de una que otra soledad, ahora que la tengo como almohada, duermo más tranquila. Es para ti que lo hago ahora que estás lejos, para que no se te olvide el color de esta piel, el sabor de esta tierra que nos vio nacer y hace poco dejaste para buscar otros imperios, no menos anhelados.

 

 

Esta tarde fui al valle de alelí, me extendí por completo en la hierba y bebí junto a su sabor verdoso un poco de vino.

 

Los cantos inagotables e intensos de los alcaravanes nos hacían compañía. Qué era la soledad en aquel sosegado paraíso, donde conjuegan cada tarde las estrellas, los cocuyos y a veces la luna acunada, menguante, llena en todo su esplendor.

 

Estaba allí recobrando la sensación de la brisa, sorprendiéndome cada vez para no perder la capacidad de volar. El tiempo pasaba aunque para nosotros parecía detenerse para ser disfrutado sin reservas.

 

Entre tanto un coro llamaba la atención del universo, no eran ángeles ni tampoco el fantasma de un piano, eran ranas que se unían en una sola voz aquella noche para mitigar el hambre de naturaleza que se despertaba en nuestro cuerpo. Concierto o serenata, permanecíamos silentes al pie del estanque escuchando el llamado de la noche y viendo entre los pinos el galope salvaje de los potros que danzaban formando un círculo, elevando sus crines y besando el pasto. Sentir en calma el corazón de la tierra palpitando, era un encuentro con lo divino y el renacimiento de nuevas razones para vivir.

 

 

Tomado de: Vecindarios


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