BELGRADO

Por mrsdoe
Enviado el 24/07/2012, clasificado en Drama
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El buscador ya no daba abasto.

Belgrado. Belgrado, turismo. Belgrado, clima. Belgrado, densidad de población, museos, ocio, transporte, que hacer en Belgrado. Belgrado, Belgrado Belgrado. Qué coño hacer en Belgrado si te vas de vacaciones. En Belgrado, pensó. En Belgrado estaremos bien, si seguro, lo estaremos.

 No te lo crees ni tú, fantoche, se dijo. Aunque a veces si te lo repites varias veces te lo tragas y todo, y sin darte cuenta,  acaba pareciendo cierto.

El buscador se había saturado.

BELGRADO. BELGRADO. BELGRADO. BELGRADO.

BEL-GRA-DO.

No. Nada. Ya lo había probado. No funcionaba. Seguía sonándole igual de mierda que al principio. Incluso peor. BEL-GRA-DO. Buufff cada vez más asqueroso.

Google ya no funcionaba. No había Wi-fi. Se había ido la señal, decía el ordenador. De vacaciones a Belgrado, pensó. Puta obsesión.

A mis padres les gustaban los lugares exóticos, los que destacaban. Ese era el objetivo, destacar. Deslumbrar a los demás siendo diferente a ellos, haciendo cosas distintas, inclinándose siempre por lo que nadie quería, lo que nadie hacia, con tal de DESTACAR, destacar entre la multitud y ser coronados los bicho raros mas originales de todo el puto universo ficticio que se habían creado.

Lo primero fueron las películas. En lugar de verse las telenovelas de postguerra que se echaban en la uno, o los films domingueros de la siete, los fines de semana tocaban las “producciones asiáticas”, como les llamaba mi padre. Según él ver “producciones asiáticas” le hacía adquirir cierta categoría superior al resto de la gente, aunque a decir verdad sólo eran infumables películas de chinos sobreactuando delante de una cámara. Y en versión original, teníamos que verlas. Para que no perdiera su esencia, decía.

Lo más jodido de todo era que nadie se escaqueaba de esa sesión cinematográfica de los findes. Ni de la sesión cinematográfica ni de nada. En casa de mis padres estaba todo premeditado. Premeditaban hasta el momento en el que debían premeditar las cosas. “Todo tiene su hora” era su lema.

Y allí estaba ella, donde debía estar según el horario premeditado, que aseguraba que era entonces el turno de preparar el equipaje para el dichoso viaje a Belgrado.

Maldecía entre dientes mientras lanzaba la maleta del armario al suelo, abría los armarios y los cajones, el tocador y las cajas de ropa vieja, los estantes y la mesilla de noche. Acto seguido los cerraba, volvía la vista al suelo para contemplar con desdén la maleta, y entonces, repetir minuciosamente el proceso de apertura de los muebles.

Así sucesivamente hasta que decidió que había llegado el momento de empezar a rellenar la maleta.

Estaba tan harta de la situación, que presa de los nervios no pudo contenerse de romper las normas. Asaltó el armario y vació un cacho, sin mirar, a bote pronto, cogiendo unos cuantos pares de camisetas y lanzándolos al suelo. A la mierda la ropa, pensó. A la mierda los zapatos y las bragas, repitió mientras los tiraba al montón que ahora era el equipaje. A la mierda Belgrado y a la mierda todo.

Funcionaba. Se sentía libre. Se sentía libre y poderosa desafiando las normas y mezclando, en el mismo compartimento, los calcetines y la pasta de dientes.

Haciendo lo prohibido, lo que no era posible hacer, lo que representaban las fechorías de un delincuente con libertad condicional. Entonces oyó los tacones. Los tacones por el recibidor, los tacones por el pasillo, los tacones delante de la puerta. Se ha alertado por el ruido y ha venido. Mi madre ha venido a ver que pasa. A ver que pasa y a reñirme. Y como a  una niña arrepentida sintió miedo. Miedo y un gran escalofrío que la recorrió por dentro, el escalofrío de los niños malhechores pillados al hacer travesuras.

Ensayó la frase por dentro, calculó los segundos que faltaban para que abriera la puerta, y entonces lo dijo:

-          Mamá me vas a perdonar pero yo… –mientras tartamudeaba, ella la cortó, la interrumpió para hablar primero

-          No hija, me vas a perdonar tu a mi – cuando le vio la cara supo que no había venido por aquello, sino por algo peor – Tengo que decirte que – aguardó un instante en silencio y prosiguió – No nos vamos a Belgado.

Nadie dijo nada. Ambas permanecieron calladas, una esperando la respuesta de la otra y la otra en shock emocional, asimilando.

-          No nos vamos a Belgrado. Ha habido un problema con los billetes y no iremos a ninguna parte. Tu padre me ha dicho que te lo hiciera saber. – Acto seguido cerró la puerta y repitió la sinfonía de los tacones –

Mierda. Mierda, mierda, mierda de vaca y de avestruz. Si antes maldecía ahora lo hacía cien veces más. No nos vamos a Belgrado. No nos vamos a Belgrado. No nos vamos a Belgrado.  No nos vamos a Belgrado y eso significa que tengo que deshacer la maleta y ordenarlo todo. Deshacer la maleta y ordenarlo todo. Y eso suponía un cambio de planes. Y los cambios de planes la alteraban, la alteraba y le hacían perder los nervios, eran interferencias en lo premeditado.

Se puso a llorar. Deshizo la maleta y lo ordenó todo. Mientras lo hacía se percató de que había olvidado centenares de cosas. Cosas primordiales, además. Había cometido muchos errores y no se lo podía permitir. Volvió a hacer la maleta sólo para premeditar como hacerla, la volvió a hacer de nuevo para asegurarse de que la próxima vez lo haría mejor.

 

 


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