Abuelo y nieto parte 1

Por ignacio perez
Enviado el 22/09/2013, clasificado en Drama
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Andy Douglas entro finalmente en la habitación de su abuelo. Echo un vistazo general a todo el lugar. Todo parecía conservar el mismo aspecto de siempre. La biblioteca, que ocupaba tres cuartas de la pared, tenía un aspecto limpio, casi deslumbrante.

Lo mismo se podía decir del resto de la amplia sala. El escritorio estaba totalmente ordenado y pulcro. El piano, que constituía una pieza fundamental de la decoración también resplandecía. A el lado se encontraba el telescopio que tantas veces había utilizado Andy para escudriñar los fascinantes fenómenos del Universo. Y en el fondo los ventanales que daban a la cercana playa, llena de gente que paseaba animadamente por la orilla.

Andy recordaba a la perfección las noches que permanecía con su abuelo estudiando los astros. Salían por la noche y se trasladaban sobre la cima de un promontorio o se ponían cerca de la playa. Recordaba las minúsculas partículas de arena que se filtraban por sus ojos y la ropa además del vivo olor a mar. No era necesario, pero al tío le gustaba.

En una de sus constantes inspecciones, cogió uno de los impresionantes tomos de la estantería. Era Robinson Crusoe. Recordaba la multitud de veces que su abuelo le había leído afectuosamente aquellos textos y el especial interés que su abuelo tenía en destacar en el hecho de encontrarse solo en una isla y recurrir a el ingenio para sobrevivir.

 Aquello era pleno contacto con la Naturaleza y un reto personal constante. Un suceso digno de ser llamado “una aventura”.

Andy Douglas reflexiono sobre la situación actual. Después de seis prolongados años de distanciamiento y olvido, había regresado a aquel lugar cercano a San Francisco para reencontrarse con su añorado abuelo, la única persona que cuido de el en su infancia, mientras sus padres estaban ufanados con tirarse todo carga de culpas y blasfemias en un proceso de divorcio que parecía no acabarse nunca.

Había crecido desde entonces. Las cosas habían cambiado mucho. Ya no era aquel niño tranquilo y obediente. Ya estaba en la Universidad, tenía una novia estupenda y había estado conduciendo su propio automóvil l para llegar hasta allí. ¡Por fin el ansiado carnet¡. ¿El objetivo de la visita? Lo desconocía, pero esperaba llevarse algunas respuestas a los interrogantes que siempre habían estado bullendo en su cabeza.

Espero sentado la llegada de su abuelo observando con entusiasmo a los transeúntes de la bahía y la playa. Una niña pequeña había intentado coger una gaviota corriendo detrás de ella pero esta alzo el vuelo presurosa en el momento más inesperado. Su hermana se rio de ella. Y el resto de la familia continúo con su caminata.

 La bahía había cambiado radicalmente desde su última estancia. De ser un lugar desértico, ahora estaba abarrotado de visitantes y todo tipo de locales entre los que destacaban los bares con elegantes veladores exteriores y camareros uniformados.

Al fin, hizo su aparición su abuelo. Abrió con rapidez la puerta y lleno con su presencia la sala. Había aumentado de forma considerable su peso además de haber perdido también una gran cantidad de pelo. No obstante, afeitarse la típica barba que siempre había llevado había ayudado a que mostrara un aspecto más joven del que se correspondía con su edad autentica.

Lo llevo a una de los más frecuentados restaurantes próximos a la playa. Iba vestido con llamativas ropas hawaianas y parecía feliz. Se sentaron en un velador con mantel rosado y vasos de cristal puesto bocabajos y brillantes. El cielo estaba completamente azul y el sonido que producían las gaviotas sobre sus cabezas llenaba todo el ambiente.

Andy se dio cuenta que en el resto de los veladores había una pareja de jubilados muy elegantemente vestidos. Ella con sombrero negro con velo y traje de falda también negro y el enchaquetado con una chaqueta a cuadros de colores algo despasada.

También había unas chicas reunidas, conversando alegremente, con la tez oscurecida a causa del sol y con multitud de pulseras mientras la suave brisa levantaba los extremos de sus faldas. El olor a pescado cocinado se propagaba por toda la zona.

Parecía que había llegado al ansiado Paraíso. Pero, más tarde, se daría cuenta de que estaba equivocado. l

 

 

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