Me cambió la vida (Primera parte)

Por juan krause
Enviado el 02/10/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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Hola, soy Juan, un cincuentón que vive en Buenos Aires. Estoy separado desde hace unos cinco años y mi vida sexual se puede decir que es normal, ya que tengo relaciones esporádicas con varias mujeres, sin compromiso alguno. No soy un adonis, pero no estoy nada mal para mi edad, ya que practico tenis y golf y me mantengo en forma. Eso me permite poder seleccionar las mujeres con las que salgo satisfaciendo mis gustos en la materia. Lógicamente, mis
amigas son todas de treinta y pico para arriba, acorde con mi edad. Y no puedo quejarme.
La normalidad de mi vida se vio de golpe sacudida con lo que
paso a narrarles:
Hace un año, aproximadamente, recibí un llamado de mi ex cuñada que vive en Mendoza, y con quien sigo vinculado a través de e-mails pues siempre nos hemos llevado muy bien aún después de mi separación de su hermana,  donde me contaba que su hija, Mercedes, vendría a Buenos Aires para tomar unos cursos
de modelaje en un instituto privado. Me preguntó si yo podía conseguirle un buen alojamiento y si podía ocuparme en vigilarla a modo de protección de la inseguridad que suele acechar en esta gran ciudad.
Como vivo en una casa bastante grande, donde sobran un par de habitaciones, le ofrecí albergarla en ella, para abaratar costos y, al mismo tiempo, poder tenerla cerca para así ocuparme de sus necesidades con mayor comodidad. A pesar de sus negativas, argumentando que no deseaba crearme tantos contratiempos, logré convencerla y me preparé para recibir a mi sobrinita.
Me vino a la memoria la imagen de aquella pecosita de largas trenzas que siempre reía ante cualquiera de mis ocurrencias y que no veía hacía ya varios años.
Preparé un cuarto especialmente para ella y, el día indicado, fui al
aeropuerto a recibirla.
Menuda fue mi sorpresa cuando la vi. Era ya una mujer hecha y derecha. No se me había ocurrido pensar que ya tenía veinte años. Ya no tenía las trenzas que recordaba. Sus cabellos rubios y lacios caían sobre sus hombros tostados por el sol mendocino. La belleza de su rostro, matizado por unos ojos color verde oscuro y unos labios carnosos, mostraban una mezcla de candidez y picardía muy llamativa. Y ni hablar de su cuerpo. Alta, con una cinturita diminuta que hacía más notoria la opulencia de su pecho y sus caderas.
Estaba frente a mí y no reaccioné, deseando que no fuera ella mi sobrina.
Deseando haberme equivocado, seguí buscando hacia todos lados con la esperanza de encontrar a mi verdadera sobrina, mientras por el rabillo del ojo percibía cómo esa preciosidad se iba acercando lentamente hacia mí. Al llegar a mi lado, me arrojó los brazos al cuello y, dándome un sonoro beso en la mejilla, me dijo - Tío Juan, no te habrás olvidado de tu sobrinita, no?
Quise articular palabra, pero me fue imposible. Al sentir ese cuerpo pegado al mío, esos senos duros clavados en mi pecho y el embriagador aroma que emanaba su cuerpo, sentí un nudo en la garganta y creí desfallecer. Supe, en ese instante, que me había metido en un gran problema. Que mis días a partir de entonces serían un gran suplicio.
Se separó de mí, diciendo con una sonrisa en sus labios: -Vos sos mi tío Juan, no es cierto?
Sentí mi voz como saliendo de un pozo diciendo tan sólo: -Sí, soy
Juan. Soy tu tío.
Durante la caminata hasta mi auto, hice un esfuerzo sobrehumano para volver a la normalidad y, una vez recuperado mi aplomo, pude comenzar la acostumbrada charla para estos casos, preguntándole por su familia y su provincia, a lo que ella contestó con una gran elocuencia.
Yo, mientras conducía, trataba de concentrarme sólo en el camino, evitando mirar sus esbeltas piernas que su minifalda no podía cubrir.
En un momento, Mercedes puso una mano sobre mi antebrazo derecho y, mientras en daba un pequeño apretón, me preguntó:  -Tío, qué pasa que te noto tan serio y tan callado. Vos siempre fuiste un hombre muy hablador y divertido. Te molesta que haya venido?.
 -No. No es eso. Lo que pasa es que yo tenía tu imagen en la mente de cuando eras una niña y, de repente, apareciste hecha toda una mujer y me siento un poco desorientado.
 -Ya tengo diecinueve, tío Juan.
 -Sí. Eso demuestra que el tiempo pasa; y pasa para todos. A algunos les hace bien, como es tu caso, pero a otros, no tanto, ya que los va acercando, inexorablemente, a la vejez.
 -Si lo dices por ti, no te preocupes porque seguís manteniéndote
como yo te recordaba. Y siempre me resultaste muy apuesto. Dicho lo cual volvió a apretar mi brazo con su mano.
Ese apretón y sus palabras me provocaron un raro cosquilleo en el cuerpo. Era una sensación que hacía mucho no experimentaba. Y eso me preocupaba.
Sin soltar mi brazo, mi sobrina echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Entonces, aproveché para observarla, alternando esa visión con la de la carretera.
Observé su perfil. Unas cejas bastante tupidas y desordenadas que  le daban un aspecto de firmeza y fortaleza de carácter. Una nariz no muy chica y respingada y una boca grande, con los carnosos labios sobresaliendo en el contorno. Mentón delicado, pero firme. El cuello largo y terso, propio de la edad. Los vaivenes del coche hacían que su busto, muy prominente, subiera y bajara como en una acompasada danza. Ese movimiento hizo que detuviera mi vista en sus pechos más que en otras partes de su cuerpo. Si bien su camisa
estaba abotonada hasta el nacimiento del cuello, impidiéndome ver las redondeces, la presión que ejercían sus tetas sobre la tela me dieron idea de la magnificencia de lo que allí se escondía. Mi mente volaba imaginando esas formas al descubierto. Sé que me tildarán de poco original, pero he de decir que las tetas son mi mayor debilidad.
Dios mío. Cómo haré para contenerme teniendo en casa una mujercita como aquella. Cómo haré para dominar mi cuerpo y mi mente. Si sólo de pensarlo estoy sintiendo el comienzo de una erección, a pesar de que a mi edad ya no soy tan impresionable.
CONTINUARÁ........

Si alguna niña desea ser adoptada por mí como mi sobrina, escríbame a fjjcogh@yahoo.com.ar


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