Me cambió la vida (parte XI)

Por juan krause
Enviado el 02/10/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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La encontré tomando sol tirada boca abajo sobre una colchoneta al lado de la piscina. Tenía puesta una malla de dos piezas diminuta y pude observar con total comodidad la belleza de sus piernas y de su cola.

Me acerqué a su lado y le dije: - Mercedes, quiero disculparme por lo de esta mañana en mi cuarto.

Ella me contestó: - No te preocupes, fue mi culpa. Está todo olvidado. Igual, no pasó nada del otro mundo, no es cierto?.

- No. Creo que no. La que se impresionó fuiste vos. Y si ya lo
olvidaste, ya está. No hay más que hablar.

Para suavizar más el clima, le recordé que a esa hora el sol era demasiado fuerte y que debía ponerse algún protector porque si no en un rato iba a quedar como un langostino.
Ella se rió y me dijo que no tenía ninguno. Yo subí a mi habitación, me puse un short de baño y busqué en el botiquín del toilet un pomo de crema bronceadora. Luego, bajé nuevamente al jardín, le di el pomo a Mercedes y me
zambullí en la pileta. Cuando salí del agua, ya se había puesto la crema en la cara, en el torso y se la estaba pasando por las piernas.

Al verme, me dijo - Podrías pasarme la crema por la espalda?. Sé buenito.
Yo, tratando de no pensar en las consecuencias, accedí. Me dio el pomo y se puso boca abajo. Yo me senté a un costado y suavemente le empecé a untar los hombros, los brazos y luego la espalda. - Desabrochame el corpiño, por favor, y pasame crema por ahí también así tomo sol sin que me quede la marca. Sentí que la temperatura de mi cuerpo empezaba a subir, pero traté de no pensar en nada pecaminoso mientras le desabrochaba el corpiño. Ella arqueando el cuerpo  hábilmente retiró la tela, levantó los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos. Vi cómo sus pechos se aplastaban contra la colchoneta sobresaliendo por los costados. - Ahora sí, puedes ponerme la crema.

Dejé caer unas gotas sobre sus hombros y comencé a masajearlos. Luego volqué más crema sobre su espalda y la fui esparciendo. Todo lo hacía con una sola mano por estar sentado a un costado de ella. Entonces dijo: - Qué bien que lo haces. Tenés las manos muy suaves. Aprovecha y dame unos masajes que me encantan.
- Pero, así estás muy incómodo. Porqué no te pones sobre mí para poder usar las dos manos?.

- Es que tengo miedo de aplastarte, ja, ja,- dije tratando de disimular la turbación.

- Podés poner una pierna a cada lado, de rodillas,.

- Es que puede ser muy peligroso.

Riéndose, replicó: - No creo que lo sea tanto, porque no debes pesar demasiado si te llegaras a caer encima de mí. Vamos,
ubícate de esa forma y hazme los masajes, porfa.
No me quedó más remedio que hacerlo. Me situé a la altura de su cintura, con una pierna a cada lado apoyado en las rodillas, y le puse un chorro de crema en la espalda.

Por el nerviosismo, dejé caer demasiada cantidad y la esparcí
por toda su espalda. Ella dio un pequeño gritito: - está cayendo por los costados y me hace cosquillas, atajala. Instintivamente puse mis manos a los costados de su cuerpo para detener la crema que se deslizaba y, de repente, me encontré con las manos en los flancos de sus pechos. El
contacto de esas redondeces en mis manos hizo que algo similar a una descarga eléctrica recorriera mi cuerpo, concentrando toda su energía en mi pene, que empezó a crecer, a pesar de los esfuerzos que yo hacía por evitarlo.
Rápidamente, retiré mis manos de sus tetas dirigiéndolas nuevamente a la espalda. Ella, con la voz entrecortada, susurró: - Siento que siguen cayendo las gotas ahí al costado, por favor, volvé a masajearme ahí, así se esparce bien la crema.
Fui recorriendo con mis manos el camino hacia ambos lados, viendo cómo los dedos me temblaban. Al llegar otra vez a sus tetas, las empecé a acariciar suavemente, bajando hasta llegar a la lona de la colchoneta. Traté de meter los dedos por debajo, para llegar a los pezones, pero la presión que ejercía
su cuerpo me lo impidió. Así que continué mis masajes sobre lo que estaba a mi alcance.
Ya tenía un bulto considerable en el pantalón. No sabía cómo iba a hacer para disimularlo.
Ella me dijo: - Ahora, seguí con la cintura que allí no lo
hiciste.
Para poder masajear su cintura debí moverme hacia atrás colocando mis rodillas a la altura de las suyas, así que su culito, con las nalgas totalmente al aire, estaba a pocos centímetros delante de mi hinchado paquete. Puse crema en mis manos y procedí a masajear su cintura, aunque mi vista estaba clavada un poco más abajo.
- Poneme crema en esa parte, que es muy sensible y no quiero que se queme. Porque después no voy a poder sentarme. - Y llevó sus manos hasta el elástico de la tanga y la bajó un poco, dejando al descubierto el nacimiento de la hendidura entre sus glúteos. Al hacerlo, rozó con el dorso de una de sus manos la punta de mi verga, que dio un respingo. No había tenido tiempo de apartarla. Al sentir esa dureza, movió un poco la mano haciendo como que se acomodaba la tela e hizo más presión sobre mi falo, esta vez por el costado, recorriéndolo desde el glande hasta la mitad del tronco. Luego, volvió a poner los brazos debajo de su cabeza
como si nada hubiera sucedido. Yo creí que  iba a correrme sin poder contenerme. Miré la punta del paquete y noté una pequeña mancha. Era líquido preseminal. Me sentí un adolescente nuevamente.
CONTINUARÁ........

Si alguna niña desea ser adoptada por mí como mi sobrina, escríbame a fjjcogh@yahoo.com.ar

 


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