Viejas fotografías

Por XII
Enviado el 02/10/2013, clasificado en Amor / Románticos
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Las estrellas. Cuerpos celestes llenos de sueños y deseos. Algunas están vivas, algunas no, pero siguen ahí. Pedí un deseo una vez, no se cumplió. Más que pedírselo a una estrella se lo pedí a una constelación entera.

Mi historia comienza en una época en la que “Titanic” arrasaba en las taquillas y empezaban a publicarse los libros de “Harry Potter”. Es 1997, y estoy enamorado.

Estaba empezando a salir con una chica llamada Raquel, tenía el pelo corto, moreno, un poco más baja que yo, y recuerdo que le encantaba Mecano, aunque hubiera dejado de tocar. Tenía todos sus discos en su casa y sus canciones en el Walkman. Me la presentó un buen amigo de la infancia, para hacer una cita doble, pero aquella noche, congeniamos mejor de lo que yo pensaba. Por aquel entonces, yo estaba estudiando Bellas Artes y ella hacía Periodismo. Estaba haciendo la especialidad de Investigación. Se le daba bastante bien. Hacía un montón de tesis, y sin que el profesor se lo pidiera, ella se la daba solo para ver si progresaba en algún ámbito. Yo, mientras, me dedicaba a dibujar lo que pidieran, ya fuera un bodegón o a una mujer desnuda. Cuando teníamos que dibujar a una modelo, prefería que Raquel no viniera a verme, no fuera a ser que se pusiera celosa, pero le daba igual, solo era un dibujo. Nada más.

Empezó a hacer una tesis sobre el mundo de las drogas, a la ella bautizó “Un infierno particular”. Se juntaba con gente de aquellos vientos: yonquis, gente que trabajaba en el Proyecto Hombre. Pidió que si podía hacerse pasar por yonqui en una reunión parar ver como habían empezado los otros pacientes. Sacó bastante información con esa reunión. Un paciente de aquella reunión, tenía escondido un porro, y, después de pensárselo varias veces, se lo fumó. “Solo para sacar información por mi cuenta”, decía. Fue el peor error de su vida. Pero como se dice en esas reuniones, después de uno, viene otro. Y continuó así, hasta que decidió dejar los estudios, y eso que le faltaban un par de meses. Otro error fatal. Me preocupaba. Se juntaba con gente extraña que decía ser sus amigos. Seguramente algún camello. Había perdido mucho peso, suerte que al menos, no se le caía toda su ropa Así que, al final la metí, en este caso fue definitivo, en el Proyecto Hombre. Durante su recuperación, había recaído un par de veces, y cada vez me decía que se iba a esforzar y estaríamos igual que antes, sin preocupaciones, sin ocuparse uno del otro. Puede que esto parezca una cursilada, pero yo creía en eso. Cada vez que veía una estrella fugaz, pedía que se recuperara de una vez por todas.

Pero en aquel momento, Dios tenía otras cosas que hacer. Se escapó y no la volví a ver. No me sorprendí mucho cuando murió de sobredosis dos semanas después. Me llamó la policía y la vi en la mesa del forense, tan blanca, tan fría, sin alma. Pero la seguía queriendo. Lo que si me sorprendió fue que tenía una nota en el bolsillo que ponía: “Cosas que hacer: pedir perdón a mi novio por todo”. En aquel momento, me descompuse, me puse a llorar delante del forense y del policía, y abrazé a Raquel, aún con sus pinchazos y que le faltaban algunos dientes, seguía igual de guapa que la primera vez que la vi. La noche de la cita doble, mi amigo sacó de repente una cámara de fotos, nos hizo una foto de grupo sin avisar. Raquel se puso a decirle que si podía haber avisado antes, para peinarse mejor, y recuerdo que le dije: “Tranquila. Que seguirás igual de guapa”. Sabéis lo más me molestó de verdad. Le iba a pedir que se casar conmigo después de la rehabilitación. En su funeral, no quería que nadie estuviera triste, así que puse su canción favorita de Mecano, “Mujer contra mujer”, la mayoría al oírlo se pusieron a reir, ya que no era música para un funeral.

En su lápida pusimos: RAQUEL BARRANCO, 1977-1997, “Al final pidió perdón por todo”. Antes de que se celebrara su funeral, quería estar solo con ella. Abrí el ataúd, y allí estaba, mi estrella, mi tesoro; y puse la única copia de la foto de aquella noche en su ataúd, con un post-it que decía: “Te perdono. Ve en paz. Siempre tuyo”.


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