Ángel

Por S. J. Alonso
Enviado el 15/08/2012, clasificado en Terror
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Allí estaba, junto a él, sufriendo lo indescriptible. El fuego no rodeaba por doquier, el calor nos oprimía espantosamente, asemejándose a un enemigo invisible que nos sujetaba con fuerza para impedir nuestros movimientos. La tierra era sangre seca de un color morado aterrador, debíamos caminar dando terribles zancadas para no zambullirnos en ella y terminar ahogados en el fondo del olvido.

Avanzamos a golpes limpios, enfrentándonos a toda clase de grotescas deformidades que trataban de impedirnos el paso. Mi hermano arremetía con fuerza haciendo uso de su dorado tridente y yo con mi espada ensartaba a cuanta cosa se metiera en mi camino.

De un río de sangre surgió una enorme tentáculo, parecido al de un pulpo gigante; me golpeó con fuerza y terminé de bruces en el suelo sintiendo el leve susurro de la sangre reclamándome, me hundía lentamente y las voces cada vez eran más concretas, voces que penetraban en mi mente como pequeñas ajugas clavándose lentamente en mi cabeza.

Respiré súbitamente cuando mi hermano de un tirón me sacó de aquella agonía, pero descuidó su defensa y el enorme tentáculo arremetió contra él; lo envolvió con fuerza y pude sentir el crujir de sus huesos, lo arrastró hasta la orilla del río con una fuerza voraz e intentó hundirlo en el río de sangre, pero mis manos salvadoras lo evitaron. Luché con fuerzas por mantener el cuerpo de mi amigo, pero diminutas arañas carnívoras comenzaron a trepar por mi cuerpo mordisqueándome dolorosamente.

-No importa hermano -se resignó-. Sabíamos que solo era un viaje de ida.

Las lágrimas surcaron mi rostro cuando las fuerzas me abandonaron, aquel enorme tentáculo arrastró hacia el fondo de aquel mar de sangre a mi hermano, que desapareció dedicándome una mirada de orgullo. Furioso, aparté las pequeñas y asquerosas arañas de mí y comencé a cortarlas por la mitad como si fueran mantequillas. Desenterré los pies que comenzaban a hundirse y apuntando con mi espada solté una descarga de luz fulgente que impactó contra nuevas criaturas nauseabundas que brotaban de las hendiduras de las paredes de aquella caverna que parcia infinita. La explosión de luz y fuego hizo que las criaturas estallaran en miles de vomitivas partes. Seguí lanzando descargas a diestro y siniestro, viendo como volaban las extremidades de aquellas criaturas que no cesaban de aparecer, hasta que sentí menguar mis fuerzas, aquel lugar estaba volviéndome loco.

Seguí descendiendo a paso veloz, intentando esquivar aquellas abominaciones todo lo que el camino me permitiera, el tiempo se me acababa y la locura asomaba a las puertas de mi cabeza. Lo único que me quedaba era la voluntad.

Llegué a una explanada, inundada de un espeso lodo negro, parecido al petróleo, imposible de atravesar; ya no había camino que seguir. Desplegué mis alas y volé con ímpetu alejándome de aquellas cosas que chillaban furiosas al no poder alcanzarme. 

Volaba en dirección a una enorme montaña circuncidada por aquel mal oliente mar negro, pero una enorme bola de fuego me golpeó salvajemente chamuscando mis alas doradas y haciéndome caer sobre aquel lodo pegajoso. Caí a media velocidad gracias a mis alas que se consumían rápidamente, pero no me hundí, aquella masa oscura era tan espesa que podía caminar dificultosamente sobre ella.

Avancé con paso arduo, los ojos puestos en dirección a la montaña y vi brotar del suelo cabezas de personas sin rostro, mi presencia las había atraído. No tenían expresión, pero sabía que me miraban. Seguí avanzando, intentando ignorarlas, pero a cada paso, veía asomarse a más y más. 

-Ven conmigo -me dijo una cabeza a la que se le había formado una carnosa boca.

-No, conmigo -rechistó otra con voz quejosa.

-Mejor que con ellos conmigo -saltó otra que parecía emocionada.

Sentí como unas manos me tomaban del pie derecho y furioso me libre de mi captor soltando una patada, volví a sentir como otro me tomaba por las piernas y así de repente, miles de manos me hundían hacia el negro abismo. Vi caras que tomaban distintas formas: de malicia, de tristeza, de envidia, de desesperación…

Desenvainé mi espada y las cabezas comenzaron a rodar en el aire, separándose de lo que parecía ser un cuerpo para millares de ellas. Asustadas, las cabezas se hundieron y mi cuerpo reflotó.

Continué avanzando velozmente y vi como las cabezas comenzaban a asomarse tímidamente de nuevo, pero cuando una salía de más, la cortaba y las demás se escondían atemorizadas.

Llegué a los pies de la montaña y miré la enorme altura de ésta; en la cima, criaturas aladas volaban en círculos. La única entrada era una estrecha cueva por la que apenas cabía. Las paredes chorreaban borbotones de sangre y el hedor hacia que mis sentidos se nublaran.

Caminé cuesta arriba con la enorme espada aprestada, hasta que el camino se ensanchó y un laberinto de cuevas apareció ante mis ojos. De tres posibles entradas elegí la del medio, no supe porque, pero un viento fresco provenía de ésta.

Caminé unos metros antes de oír un aterrador rugido que atenazó a mi corazón, algo venía tras de mí. Comencé a correr despavorido y a cada paso que daba sentía como aquella cosa se acercaba más y más hacia mí. Sentía sus pasos en todas las direcciones, era como si estuviera por todos lados. Mi corazón latía tanto que estaba a punto de estallar. 

El mazazo fue brutal, sentí como si algo se quebrara en mi interior, caí al suelo fulminado soltando mi espadón que se alejó unos centímetros de mí. Una enorme mole de músculos deformes, con cabeza de bebe malvado me destrozó la mano derecha con su maza cuando intenté alcanzar mi espada. Todo estaba perdido, las lágrimas volvieron a surgir relucientes como pequeñas luciérnagas y cuando las tuve en mis manos y aquella mole enorme se disponía a aplastar mi cráneo, como un hilo de energía una idea me atravesó, arrojé mis lágrimas sobre su cabeza y la deforme criatura se quemó tanto que su piel pareció hervir.

Me levanté con los últimos ápices de cordura que me quedaban y tomando mí espada corrí hasta alcanzar unas enormes puertas. Apunté hacia ellas con mi espadón y solté una descarga de luz que abrió un recoveco en una de las hojas por el cual me introduje. Me topé con una enorme sala llena de pequeños frasco de cristal que brillaban, apunté con mi espada, pero ya no había fuerzas, los rayos no surgieron. Todo había sido en vano. Me senté derrotado dejado que la locura me inundara. Sentía como avanzaba lentamente, como disfrutando del momento.  Una luz de procedencia desconocida me distrajo, la miré y apuntaba a una pequeña piedra a mi lado, sonreí y tomé la piedra, me puse de pie y arrojé la piedra con certera puntería: uno de los frascos se partió y de él broto una luminosa bruma que ascendió triunfalmente alejándose de aquel espantoso lugar.

De miles de almas humanas, solo pude salvar una: mi viaje había valido la pena. 


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