Fundens Late Odorem Suum

Por Laura Mir
Enviado el 13/10/2013, clasificado en Varios / otros
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Despuntaba Mayo en el jardín de las Hespérides.

Se hizo de pronto primavera en el jardín, lo recuerda muy bien; apareció Maia, un poco tímida  por una esquina, con la magia de sus manos fue tocando todo lo marchito y lo caduco, le dio forma, color y textura, puso orden y originó un principio sin fin, un infinito que parecía no acabar nunca. Llenó de calor y aromas el paraíso inventado, dejando en libertad a la imaginación para que con el simbolismo creara caprichosas formas. Y ella sin más aliento y con poca ayuda fue desplegando fuera de sí todo su olor, fundens late odorem suum. Las flores exuberantes engalanaban con sus vivos colores, plantando cara a la lisonja facilona de las saetas amorosas disparadas del arquero, hizo su tiempo, transformó la realidad oscura como si fuera un sueño.  Y se dejo arrastrar por él.

Transcurrieron semanas sin despuntes de realidad, todas las palabras eran magnificadas y amó, como se ama pocas veces, amando, desde lo más profundo de su corazón. Vivió lo que jamás experimentó, un afecto insospechado, un prodigio al que se entregó.

La flecha negra fue tensada en el arco, el brazo firme, no titubeó ni un instante, apuntó, se tomó su tiempo y el arquero impasible y cruel, eligiendo el lugar del impacto, disparó, el silbido fue casi inaudible, dio en el blanco. Punta e inserto de acero, laceró su carne; sintió mucho frío, dolor y miedo. Y una noche cerrada y negra, la cubrió por completo, la oscuridad la iluminó, pudo ver las mentiras y las quimeras, los engaños y los ardides, las necesidades emocionales del arquero con toda amplitud. Entonces lloró y lloró.

Con paso inseguro, y aturdida, caminó por la senda empedrada en dirección a la puerta de madera, la abrió lentamente, chirrió lastimera, como si sintiera su mismo dolor; salió, corrió el cerrojo. Y al levantar la vista observó entre lágrimas, que el jardín antes frondoso y próspero se había convertido de pronto en un invierno gélido, y Tánatos, con esa inmutabilidad escalofriante instaló su trono para esperar con paciencia al hijo de Sísifo y a su eterno mentiroso y cruel: “te querré siempre”, que ahora eran palabras inútiles  suspendidas en bocas de amantes patrañeros que viven en mundos afectivos muy limitados y estrechos. 


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