Una entrevista, una verdad

Por Libertad
Enviado el 15/10/2013, clasificado en Varios / otros
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Eran las diez y media en punto de la mañana cuando la señorita Castaño entraba en el despacho del señor de la Vega para la entrevista de trabajo que habían concretado por teléfono el día anterior. Llevaba la camisa blanca que su hermana le había regalado por su último cumpleaños y unos vaqueros recién comprados. Aunque no demasiado elegantes, eran guapos y cómodos al mismo tiempo. Las prendas se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel y dejaban entrever un vientre plano y firme y unas caderas deliciosamente redondeadas. En los pies, botas negras de media caña con un moderado tacón. Llevaba como de costumbre el pelo suelto y un maquillaje muy discreto que hacía resaltar el color de sus ojos.

Victoria Castaño era una joven de treinta años y brillante traductora, inteligente sin ser soberbia, sincera sin ser cruel y valiente sin ser estúpida. Le habían hecho diferentes ofertas laborales a lo largo de su vida pero hasta ahora nunca se había sentido preparada para aceptar ninguna.

A sus sesenta años, Julio de la Vega conservaba aún un físico imponente. Además de educado, honesto y siempre fiel a sus principios, era el dueño del bufete de abogados más importante de la ciudad. A Julio le gustaba sopesar minuciosamente todos los pros y contras antes de tomar una decisión pero una vez que la tomaba, la llevaba a cabo con todas las consecuencias. Era un buen hombre que se había ganado a pulso el cariño y el respeto de sus familiares, amigos y subordinados.

Tras veinte minutos en los que el señor de la Vega puso a prueba la valía profesional de Victoria, la entrevista concluyó de la siguiente manera:

-Está usted contratada señorita Castaño, dijo el anciano mirando fijamente a la chica tras hacerle firmar el papel que tenía en sus manos. -No haga que me arrepienta, ¿entendido? Añadió en tono sereno aunque tajante.

-Sí, fue la única palabra con sentido que consiguió salir de su boca.

-¿Tiene alguna pregunta?

-No, dijo con franqueza, dedicando al hombre una sonrisa sincera y vacilante.

De pronto, unos golpecillos en la puerta interrumpieron la conversación. Una señora poco más joven que Julio, alta y de hermosos ojos entró en el despacho.

-Siento interrumpirle señor pero faltan diez minutos para su reunión de las once y sus socios están llegando, explicó la mujer con cierta expresión de inquietud en su rostro.

-Gracias Emma. ¿Puede disculparme señorita Castaño? El deber me llama... La espero el lunes a primera hora. Buen fin de semana.

-Muchas gracias e igualmente. Hasta el lunes, añadió Victoria a modo de despedida. Cogió la copia del contrato, sonrió con timidez al que a partir de ahora sería su jefe y a su secretaria y salió de allí lo más rápido que sus piernas se lo permitieron.

Tan pronto como la joven se hubo marchado, Emma miró con dulzura al señor de la Vega y le dijo en voz baja: -Amor mío, ¿no crees que ya va siendo hora de que le digas que es tu nieta?

Entonces, el hombre se levantó y caminó veloz hacia la que era su mujer desde hacía más de cuarenta años. La estrechó entre sus viejos pero aún fuertes brazos y le susurró al oído mientras le acariciaba con infinita suavidad su preciosa y blanca melena: -Aún no. Pronto querida, muy pronto.


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