RAUL Y DIANA (tercera parte)

Por robustico
Enviado el 16/10/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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Por la mañana Raúl se despertó sobresaltado pensando en si había hecho tarde para ir a su trabajo. Se relajó al ver la hora. Tenía todavía casi una hora  para ducharse y llegar a la fábrica donde debía estar a las 8h. Depositó un cálido beso en el cuello de Diana, se duchó y aseó con tranquilidad y con un luego te llamo y un besito en los labios se despidió de su amante.

Por su parte,  Diana permanecía en la cama retozando con la mente ocupada por el recuerdo del cunnilingus que le habían hecho bajo el agua de la ducha…Como dije, en esto había sido su primera vez. Claro que se lo habían comido pero nunca bajo la cálida lluvia de la ducha. La excitó sobremanera y le “vino” enseguida. Y aún el recuerdo la estaba poniendo a cien, tanto que comenzó a acariciar su sexo, sus pechos, a chuperretear los dedos mojados de flujo, de nuevo al sexo hasta sentir el placer venéreo de un orgasmo matutino. Se volvió a quedar dormida.

De camino al trabajo a Raúl le costaba concentrarse, la intensa vivencia de la noche anterior llenaba su mente por completo. Como tenía aún diez minutos hizo un alto para tomar un café y hacer un esfuerzo para “visualizar” el prototipo que iban a programar y poner en producción. Al final  se centró en el trabajo.

A media mañana, mecánicos y programadores, hicieron un alto de quince minutos para tomar un pequeño bocadillo, unos y un café los otros. Raúl aprovechó para cumplir el protocolo de llamar a su esposa, decirle que todo va bien…y, llamar también a Diana que se estaba vistiendo la ropa de deporte para salir a correr un rato. Le informó de lo maratoniana que sería la jornada y que volvería comido sobre las cinco de la tarde. Compra, por favor,  un par de cervezas para esta noche y come algo donde te apetezca…Se despidieron y volvió al trabajo.

Por su parte Diana, se terminó de colocar las zapatillas y salió a correr por el parque cercano al hotel. Se sentía bien. Satisfecha del goce de la noche anterior, de las caricias de Raúl, de los espasmos de placer, del clímax en la ducha con los labios de Raúl. Aquello la hizo enloquecer. Era feliz.

Rompió a sudar con el ejercicio, en su cabeza comenzó a maquinar otra fiesta para esa noche: Cuando volviera Raúl saldrían a tomar unas cañas y regresarían pronto a dar buena cuenta en el hotel de los entremeses y la pizza que pensaba preparar tras la ducha obligada de después de la carrera. Y así lo hizo, Volvió a la habitación, se remojó cinco minutos con agua templada se vistió unos vaqueros ajustados, un suéter rojo que se ceñía a su cuerpo y unos mocasines  de piel. No necesitaba más para aquella soleada y cálida mañana de primavera. Salió, buscó un supermercado adquirió unas vinagretas, algo de embutido, queso y vino. Sería suficiente. Ah! Y las cervezas que se le querían olvidar (Tuvo que retroceder justo cuando la cajera se disponía a cobrarle). Eran las 13.30 de aquella soleada mañana de finales de Mayo.

A esa hora Raúl y el equipo de trabajo hacían otro alto para comer. Las cosas “pintaban” bastante bien aunque iban  retrasados con el programa. Comieron comentando los problemas y las posibles soluciones con el ánimo de hacer funcionar el condenado autómata.. A las 14.30h volvieron al tajo y reanudaron la labor. Las cosas se complicaron. El programa no funcionó como esperaban. De nuevo a rehacer lo hecho, a buscar una solución haciendo lo imposible por dejar la máquina en marcha.

Diana que había tomado un plato combinado en un bar que le causó buena impresión, regresó al hotel, se desnudó y tras enfundarse en una amplia camisa de Raúl se tumbó en el sofá a ver la televisión. Enseguida comenzaron las noticias a las que no prestaba atención y se quedó dormida en una placida y reconfortante siesta que no duró más de treinta minutos. -- Mierda!-- Exclamó en un gesto de contradicción.-- Se me ha olvidado el pan!--. Mientras colocaba los ágapes, las cervezas y el vino (un crianza de Rioja que tenía buena pinta)  en la nevera para por  la noche. Le envió un mensaje deseando que lo leyera antes de volver: --Compra pan porfa. Besos.--

Se acercaban las manillas de reloj a las seis de la tarde cuando Raúl llegaba a “casa” con un par de chapatas en la mano. Había leído el mensaje. Sin soltar el pan regaló un tierno abrazo y un cálido beso a la chica que lo recibió con tan poquita ropa: Su camisa  y un diminuto tanga blanco que resaltaba sobre su morena piel.  Joder que buena estás!  Exclamó expresando, sin darse cuenta, sus pensamientos en voz alta. Necesito una ducha añadió mientras de despojaba de la americana y los zapatos agradeciendo, con un leve pero visible gesto,  la sonrisa con que Diana premió el piropo.

Mientras se desnudaba, con el gesto del contrariado, contaba a su compañera el fracaso con la puesta en marcha de la máquina. Mañana tengo que volver y sabe Dios si podremos estar el viernes en casa. Parecía preocupado sabedor de que Diana trabajaba el fin de semana.

Se metió bajo el grifo colgado de la ducha, apoyó las manos en la pared como para empujarla y dejó que el agua calentita masajeara su nuca y su espalda.

Diana se asomó al cuarto de baño y contempló la fornida musculatura de un hombre que al contrario de la mañana no podía deshacerse de los problemas del trabajo. Sus músculos se dibujaban en esa posición perfectamente: dorsales, deltoides, unos provocadores glúteos, muslos… La tentación era grande y no se lo pensó. Con camisa y todo se metió en la ducha abrazándolo por detrás: cuando salgas te daré un masaje y nos iremos a tomar unas cervezas. La cena la haremos aquí.   Le susurró al oído depositando un par de besos en su espalda. Lo dejo  como estaba, no tenía prisa, se  quitó la mojada camisa conservando puesto el tanga y se puso a buscar alguna de las cremas hidratantes que solía llevar en su neceser de viaje para para obsequiarle después con el prometido masaje.

Cuando salió de la ducha, seco y desnudo como vino al mundo,  la encontró en el sofá haciendo tiempo frente a la tele. Si con la amplia camisa le había parecido sexi, ahora ataviada únicamente con el minúsculo tanga parecía turbarle.

Diana se incorporó, lo invitó a tumbarse en la cama bocabajo y arrodillándose a su lado comenzó a verter la fresca crema que suavizaría el desplazamiento de las manos sobre su piel. El cuello, la espalda se colocó después a horcajadas sobre sus piernas para en un simétrico recorrido  sus manos, esas manos ahora mágicas, viajaban desde el cuello a los riñones en un ir y venir que a veces pasaba por los costados y que irremediablemente tenían que terminar en ese par de glúteos que la cautivaban. 


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