Historias de la Ouija: El antiguo inquilino I

Por jz
Enviado el 17/10/2013, clasificado en Terror
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Desde que se fue, la casa se quedó en una penumbra triste, ese día, María se peleó con Dios y maldijo su destino. Ya no quería nada bueno que le otorgase la vida, ni siquiera el fresco aire de la calle. Junto con el sonido de la puerta cerrándose, una inmensa sensación de vacío y soledad le invadió. Decidió que nunca más vería la luz del sol, echó todas las cortinas de la casa, dejó de limpiar y rompió todas las fotos de lo que era su familia un día no muy lejano, siempre que se las encontraba, lloraba amargamente.

A él no le importaron nada las lágrimas de dolor y súplica que María desprendió en la puerta mientras se marchaba maleta en mano.

No podía comprender que había hecho mal, su frágil mente empezaba a desmoronarse como un castillo de naipes, su moral se hundía cada vez que pensaba en el futuro de su hija y el suyo. Tendría que explicarle que su padre prefirió a una joven rubia antes que seguir al lado de su hija, aunque tenía siete años e imaginaba que no sería la primera ni la última vez que tendría esta conversación con ella. A medida que fuese creciendo se haría más preguntas, las mismas que se hacía ella en ese momento y que no podía responder.

Hacía una semana que su marido había abandonado el hogar familiar para seguir sus instintos más básicos, dejando atrás a ella y a su hija Pilar, junto con una vida llena de cariño y amor.

María era consciente de que debía reanudar su vida, nunca podría perdonar a Pedro y no podía seguir en casa, donde todo le recordaba a él. No tenía padres, habían muerto hace unos años en un accidente de tráfico, la única familia que le quedaba era una hermana de su padre. Esta vivía sola en una gran casa ubicada en un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad.

El edificio era muy antiguo, databa del 1800, la decoración era más antigua aún y su tía, parecía otro mueble más de la casa. La edad la había maltratado físicamente, dejándola en una silla de ruedas, no así con su mente, que estaba completamente lúcida. La señora encajaba a la perfección con el ambiente rancio de mansión, la mezcla de todo señalaba al visitante que un día muy tardío en el pasado, esa casa bullía vida y glamour, pero con el paso de los años, al igual que su dueña, esa energía se había ido agotando junto con el dinero de esta. Ya sólo quedaba la mujer mayor que la cuidaba y una joven extranjera que se encargaba de la limpieza con cierta picaresca, ya que María pudo descubrir que sólo limpiaba aquellas estancias en las que vivía su tía, el resto de la casa estaba llena de polvo y telarañas.

 

A medida que pasaban las semanas los días dentro de aquél lúgubre lugar pesaban. Su tía estaba feliz de que le hiciese compañía y su hija andaba todo el día perdida correteando por las múltiples estancias de la morada. Sin embargo, ella no podía más que pensar en Pedro y en su amante, la idea le corroía por dentro, él se encontraba organizando su nueva vida mientras ella tenía que esconderse para poder desahogar sus lágrimas sin que las miradas indiscretas de las dos chicas de la casa le juzgasen con sus ojos prejuiciosos.

La rutina cada vez era más tediosa y depresiva, todo cambió una mañana de domingo, cuando alguien llamó a la puerta.

Ese día las dos sirvientas estaban en su jornada libre, ella era la encargada de cuidar a su tía, tarea que hacía encantada por estar lejos de las otras dos envidiosas.

María se dirigió hacia la puerta con desgana, su cara no podía disimular sus pocas ganas de visita, con pereza abrió. Su semblante cambió por completo al ver a un señor muy atractivo parado frente a la puerta, apenas alcanzó a decir la primera palabra:

-Ho…Hola?

La mirada de María le desnudaba, el con un gesto simpático le contestó:

-Hola señora… de Gúzman?

-No, esa es mi tía, la dueña de la casa. ¿Qué desea?

Había conseguido controlar sus nervios

-Pues he venido a pedir un favor, pero no a la señora. ¿Cómo se llama usted?

- María

- Ah, usted debe ser la madre de Pilar

María se quedó blanca ante esta afirmación

-Sino es a la señora… ¿A quién quiere ver usted? ¿Cómo se llama usted?

-Disculpa por no haberme presentado. Me llamo Gerardo.

-¿Pilar te ha invitado?... Me extraña mucho, es mi hija y solo tiene 7 años. ¿En qué momento ha contactado con ella?

El señor soltó una sonora carcajada

-Simplemente hemos coincido un día que no estabas, conozco mucho también a Fernanda, la señora que cuida a la patrona y también soy muy cercano a la señora de Guzman. Aunque sé que su salud es delicada y hace mucho tiempo que no nos vemos, por eso no creo que sea bueno que me cruce con ella.

María no entendía nada…

-Pero… Entonces, ¿Para qué ha venido?

-Esta fue mi casa durante mucho tiempo y deseaba comprobar en qué estado estaba.

María dudaba de las palabras del señor, pero su aspecto era elegante aunque su ropa era un poco antigua. Gerardo al ver las dudas de esta para dejarle pasar intentó suavizar su inesperada visita.

-Si quiere vuelvo otro día que esté menos ocupada. Pero estoy deseando ver el Ombú que hay plantado en el patio, le tengo especial cariño, de pequeño era mi lugar favorito de la casa.

Al oír esto María se puso roja. El señor había descrito perfectamente una de las estancias, incluido el nombre del árbol raro que había plantado en ella, del que nunca conseguía acordarse.

-No, pase. Si conoce bien a mi tía imagino que ella no tendrá ningún problema en que yo le haga una visita guiada por la casa.

A pesar de la buena planta del señor, María no sentía ninguna confianza en él, prefería acompañarle.

Le dio una larga vuelta por todas las recámaras, mantuvieron una conversación agradable e interesante, el señor conocía mil y una historias de la familia Guzmán y del edificio y parecía conocer cada rincón a la perfección. El apuesto hombre desprendía sensualidad, al despedirle a María se le escapó un suspiro mientras le escrutaba con la mirada.

En cuanto cerró la puerta fue corriendo a preguntarle a su tía por él.


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