Perro muerto (III)

Por Herbert Johnson
Enviado el 23/10/2013, clasificado en Varios / otros
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La dulce Anita se encerró de un portazo en su habitación, suspirando de alivio. En soledad, sólo acompañada de las fotos de sus ídolos adolescentes de turno, se dio cuenta de la absoluta perfección de la noche y sintió la necesidad de documentarlo en su diario.

En un momento, se había quitado toda la ropa y puesto su pijama. Tras borrar de su cara los restos de maquillaje ante el espejo, sacó un viejo cuaderno rosa de un cajón custodiado por varias cerraduras.

Lo abrió por la mitad.

-Querido diario...- escribió en voz alta.

Una piedra golpeó su ventana, sobresaltándola. Cerró el diario y lo ocultó bajo su colchón.

Se levantó a ver que ocurría ahí afuera, y justo al llegar al cristal, apareció él de la nada.

-¿Pero estás loco?- murmuró ella abriendo el cristal.

-Necesitaba verte una vez más, mi amor...

-¡Shhh!- ordenó- ¡¡Nos van a oír, memo...!!

-No me importa... Necesito un último beso de buenas noches.

-¡Maldito loco!- dijo ella intentando ocultar una radiante sonrisa- ¿Y si nos pillan...?

-No me voy a ir hasta que me des un beso.

Verlo tras su ventana, tan guapo, con su largo pelo movido por la brisa de la mañana fue todo lo que necesitó para calmar sus deseos.

-¡Ven aqui...!- le exigió agarrando con fuerza las solapas de su camisa.

Un largo, humedo beso los unió una vez más.

-Te quiero- se dijeron el uno al otro.

-¡Y ahora lárgate!- dijo ella al oír ruidos en el pasillo- Mañana te veo otra vez.

-Mañana ya es hoy- dijo él- Daría lo que fuera por dormir contigo.

A Anita le estalló el corazón, y le dió otro rápido beso.

-¡Vete ya, cretino! Mañana es mañana. Déjame dormir un poco...

-Ya sabes donde encontrarme...

-Ya sé, Diego... ¡Vete!

Un último beso lanzado con la punta de sus dedos sirvió de elocuente despedida y tras mirar como bajaba un piso por el canalón, cerró su ventana y se desparramó en la cama, con la satisfacción de haber vivido una noche perfecta.

Unos golpes en la puerta la despertaron de sus pensamientos.

-¿Se puede, cariño...?

Anita se tapó con las sábanas con la rapidez de un relámpago.

-Pasa, Papá...

Arturo apareció por la puerta.

-Hola, cariño... ¿Va todo bien?

-Si, papi... Cansada de tanto estudiar...- dijo entrecerrando sus ojos.

Arturo entró y se sentó en la cama.

-¿Como está Marina?

-¿Eh?- preguntó abriendo un ojo- ¿Marina?

-Si... Tu amiga. Con la que estabas estudiando hace un poco...

-¡Ah, Marina...!- Anita volvió a cerrar sus ojos- Si. Está muy bien. Te manda saludos.

-¿En serio?

Unos ronquidos, evidentemente fingidos, sirvieron de respuesta.

Arturo noto algo bajo la cama y metió su mano, palpando un cuaderno rosa y sacándolo.

-Anita...- le dijo ojeando el diario- ¿Cuando tienes el examen?

-El lunes... mañana.- murmuró haciéndose ya la dormida.

-¿Lo tienes bien preparado?

-Mmm... si. Esta noche trabajamos mucho.

-Muy bien, mi amor... Ya sabes lo importante que es este curso. Tu futuro depende de...

-Mmmm... Papi... Porqué no lo hablamos mañana, eh...? Estoy supercansada. Necesito dormir. Mañana te cuento...

Al levantarse para darle un beso de despedida a ese pesado, vió que tenía su sagrado diario en la manos.

-¡Papa!- gritó Anita abalanzándose sobre el cuaderno- ¿Que haces? ¿Es que no ves que es privado?

Anita le quitó el diario, empezando a llorar como una mocosa.

-Perdona, cariño. Yo...

-¡Es secreto!- dijo entre balbuceos cobijándose bajo las sábanas- ¡Fuera! ¡¡Fuera de aquí!! 

-Lo siento, mi amor- dijo Arturo levantándose de la cama.

-¡¡Vete!!

Arturo salió de la habitación rosada de su niña. Ya leería ese cuaderno cuando surgiera la oportunidad. Por supuesto, lo leería por el bien de la niña, no por curiosidad.

-¡¡Vete de una vez!! ¡Cierra la puerta!

-Hasta mañana, cariño- se despidió cerrando la puerta, y en pocos segundo oyó como varias mecanismos, aseguraban el templo de la niña.

Anita volvió a la cama. Ya no lloraba. Sus ojos se cerraron como un grifo. Ahora sonreía mientras empezaba a escribir uno de los mejores capítulos de su diario. El reportaje con pelos y señales sobre la noche que había perdido esa molesta virginidad, que sólo ella parecía conservar en el instituto.


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