Aprender a vivir

Por Juan TOMÁS FRUTOS
Enviado el 13/09/2012, clasificado en Varios / otros
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            En un instante, justo en un instante, la vida se marcha. Te dice que hasta ahí puedes llegar, y ni un milímetro más. Así es la existencia humana, así de frágil, así de efímera, así de maldita desde el mismo momento en el que nacemos. Todo es fungible, pasajero, todo está pendiente de la derrota en forma de conclusión de esa vitalidad que, por enérgica, nos parece que nunca se acabará, pero sí que finaliza, y siempre, sea como fuere, de la forma más inesperada.

            Sucede lo que sucede. Nos vemos fuertes en este mundo de prisas y de competencias para ser los bólidos en un universo cargado de conquistas, pero no olvidemos que la fama es transitoria. Todo parece indicar que, pasado el tiempo, ésta importa lo que importa: muy poco. Jugamos con las cifras, con el conocimiento, con los triunfos, con las aquiescencias, con una riada de audiencias, de seguidores, de gentes que nos ríen las gracias incluso cuando éstas no son tales.

            Somos ríos en la mar, que dijo el poeta, somos sendas, pasos, en el desierto, que, con el nuevo día, desaparecen por obra del viento caprichoso. No hay gloria, creo. Lo que sí hay, lo que sí quedan son las acciones buenas, que son las que hemos de propiciar.

            El ser humano vive, vivimos, en una perpetua contradicción. Nos comportamos como si fuéramos a estar en este planeta eternamente: no sabemos vivir. No concebimos la idea de la muerte como una referencia señera, para luego no tener que afrontarla con las manos vacías. A menudo interpretamos logros como tener cosas materiales, pero éstas no entran en unas manos inertes. Lo que sí nos podemos llevar son las vibraciones y los afectos de aquellos a los que quisimos, de aquellos que nos amaron. El esfuerzo ha de ser el educarnos en este análisis.

            No es fácil el discurrir diario, porque las circunstancias nos hacen ser lo que somos, y no siempre vienen con fuerzas favorables, y, cuando lo son, seguramente no las observamos de esa guisa. Por un segundo, cuando la vela de alguien conocido se apaga lo vemos claramente, nos damos cuenta del sentido existencial, pero únicamente por un tiempo corto. Luego olvidamos.

            Es la contradicción que escuchamos en una extraordinaria película, en “Legión”. Dice Gabriel que cuando vino a la Tierra se dio cuenta de lo vulnerables que eran los seres humanos. Advirtió pronto sus defectos, pero no pudo evitar, pese a todo, enamorarse de ellos, de la raza humana. Somos así: puro encontronazo de pareceres y de ideas. Nos hacemos de querer aún poniendo dificultades.

            La existencia es fungible, nos huye. Lo hace en este momento en el que escribimos/leemos este texto. La distancia de esta realidad que señalamos nos otorga dicha y cordura, pero a veces también la insensatez de perder lo más valioso: el tiempo y la salud. No es bueno que eso ocurra. No es lógico que lo permitamos.

            Aprendamos del día a día, sobre todo cuando la existencia nos oferta segundas oportunidades. Dejemos, pues, las navegaciones complicadas y vayamos rumbo a lo positivo, que puede estar en ayudar y en ser ayudados, en esperar con quienes no aguardan ya nada y siguen siendo felices, en otorgar un respiro a quien no puede aguantar ni un punto más, pero lo hace. Seamos más pacientes, más tolerantes, más comprensivos, más didácticos en todos los sentidos con los demás, y hasta con nosotros mismos. Aprendamos esa lección que siempre tenemos ahí pendiente, justo enfrente, en el espejo del alma. Tan pronto lo hagamos viviremos, no más tiempo, pero sí mejor. Bastante mejor.

Juan TOMÁS FRUTOS.


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