Jerichs, aquella ciudad. Primera parte

Por Garitaonandia
Enviado el 03/11/2013, clasificado en Ciencia ficción
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La noche caía sobre los arrabales de Jerichs como una amante amarga. El whisky barato ayudaba a combatir el frío en aquella zona de la ciudad. El olor a quemado presagiaba la cercanía de las hogueras en los callejones. Androides y humanos condenados a la vida en los bajos barrios pasaban las horas arremolinados alrededor del fuego, sin intercambiar palabras, con el ruido de la lluvia como banda sonora. Manos en los bolsillos, piel y plastico entumecidos, petacas vacías. En los bares, tipos con cara de rata yacían apoyados en la barra, como almas en pena, con esa maldita necesidad de una copa. Barman gordo removiendo la suciedad de los vasos con su trapo de hace años. Eones parpadeando en la ennegrecida fachada, al ritmo de un reloj invisible pero letal. Los fuertes contrastes entre el centro de Jerichs y los barrios del extrarradio aumentaban cada día. La mierda del centro iba a parar a las afueras, y la paciencia empezaba a agotarse. Dos veces por semana, vehículos autopropulsados y blindados de la policía, de un desgastado color azul, se acercaban a la zona para barrerla de porquería. Con sus duras extensibles o pistolas eléctricas imponían su ley tirana, atizando a los pobres gusanos que se arrastraban entre las calles de los arrabales. También realizaban sangrientas redadas en los locales. Cualquier escusa era buena para actuar. Con los que menos contemplaciones tenían era con los androides. Más de una vez sus porras habían golpeado a alguno hasta inhabilitarlo.

Esa noche, como una más, Gerardo, Gavino y Charlie se encontraban en las sombras del Bar Toto´s. Tres copas de whisky y cigarros con "trepla" en las manos. Era mierda fácil de conseguir en la zona. Colocón en buena compañía. Un blues sonaba por los altavoces, llenando de melancolía el local. Ritmos del pasado, atmósfera cálida necesaria en el invierno de un arrabal. Una ramera, seguramente androide por el gris artificial de sus ojos, los observaba desde la barra. De pronto el agudo sonido de las sirenas retumbó afuera. Ya estaban otra vez los degenerados agentes de policía, deseando sentir los huesos del yonki crujir, los circuitos fallar bajo la goma sintética del robot. Aprovecharon la puerta trasera del lugar para huir, mientras el camarero corría a echar la persiana y la puta tropezaba con sus tacones. Irían a la casa de Gavino, la más cercana. Sería mejor pasar la noche allá hasta que se calmaran los humos ahí fuera. Hablarían al día siguiente, había que poner las cartas sobre la mesa. ¿Hasta cuándo alargar aquella situación de injusticia primitiva?


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