Llegó su hora (fin de la saga El Padrino)

Por François Lapierre
Enviado el 03/11/2013, clasificado en Drama
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Salió del local ignorando los lamentos de algunas mujeres que se habían acercado hasta el cadáver y se dirigió, sin volver la vista atrás, hacia un taxi estacionado a la espera de clientes, precisamente el que había llevado a Ludo unos minutos antes. Montó en el asiento de atrás. Se sentía poderoso porque lo habían subestimado. Proporcionó la dirección de destino al paciente conductor, que permanecía ajeno a lo ocurrido, y el vehículo arrancó suavemente mientras las sirenas de los coches de policía se aproximaban al local donde yacía Martinelli.

Unos minutos recorriendo diversas calles de la ciudad y se encontró, casi sin advertirlo, enfrente del domicilio de Donatello. ¿Estaría en su casa? Deseaba que así fuese, porque tenían mucho de que hablar. Pagó al malhumorado taxista, del que intuyó su estado anímico a no haber cruzado una palabra tras proporcionarle la dirección, y se introdujo en el destartalado edificio. Unos muchachos fumaban canutos, semiocultos bajo una escalera, desarrapados y sucios, 'escoria' pensó sin detenerse. Subió la escalera hasta el primer piso, mirando las pintadas que habían dejado manos desheredadas, proyectos inacabados de hombres de provecho, manifestando su hostilidad al mundo en el que viven. Llamó al timbre y esperó unos segundos antes de dar unos toques con su puño.

Donatello lo recibió desaseado, medio adormilado. En realidad no esperaba a nadie, para qué debía estar presentable. Al verlo supuso que algo importante había ocurrido, algo que imaginaba cierto. Desalojó la ropa abandonada en el sillón y le invitó a sentarse, a la vez que le preguntaba si le apetecía un café. Ante la negativa del muchacho inició la conversación con la pregunta de rigor.

- ¿Acabaste con él?

- Así es. ¿Quién te dijo que iba a matarme? En la carta solo mencionabas que tuviese cuidado con Ludo.

- Lo escuché pensando en voz alta, a solas.No creo que nadie más lo supiera. Seguramente Ludo confiaba en que no abriría la boca, y se equivocó. Vales mucho, chico, y estoy convencido de que tú no acabaste con el jefe. ¿Por qué debías pagar por ello?

- Te debo un gran favor, Donatello. De no haberme avisado sería yo el que estaría tirado en el suelo de la cafetería...- hizo una pausa para rememorar el hecho y la importancia de seguir vivo - Ahora debemos pensar en Martinelli, en su reacción, su furia por haber acabado con su lugarteniente.

- Martinelli es un inepto. Sé que hay alguno más que lo admite y estaría dispuesto a destronarlo. Con su ayuda podríamos...

- Espera, amigo. Vas demasiado rápido. Debemos tener a todos de nuestro lado, no solo alguno. Para empezar es preciso informar a los que están contigo de que no supongo ningún peligro... Ahora bien, quien me busque me encontrará -apuntilló.

Donatello no lo dudaba. Había preparado el camino para quitarse de en medio a Martinelli. Ahora era cuestión de tiempo. Su camino a la cima estaba marcado y en el ascenso tendría sus puntos de apoyo. El último, quizá, el de la carta enviada avisando de la seria amenaza de Ludo.


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