La dimensión

Por AnonimAgus
Enviado el 16/11/2013, clasificado en Terror
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... El golpe en el suelo me despertó. Miré alrededor. La oscuridad reinaba, y llenaba mis ojos con su profundidad. No pude recordar lo que había pasado antes, solo supe que estaba allí...

No podría explicar cómo llegue, ni por qué me encontraba en ese lugar. Solo recordaba esas voces, los gritos... Y la oscuridad. La oscuridad alrededor.

A tientas intenté encontrar mi cuerpo, registrarme a mí mismo. Allí estaba yo. Quizá eso fue lo que me calmó y me permitió mirar alrededor. La penumbra parecía eterna , irrompible, solo perturbada por la leve neblina que recorría el aire, y que comenzó a golpearme el cuello erizándome hasta el último vello de la piel. El frío reinaba, crudo, y fue eso lo que me permitió reconocer que estaba en el exterior. En ese lugar, puedo asegurar, no había ruido, ni siquiera el más mínimo. Solo mi entrecortada respiración rompía el profundo y terrible silencio. No había tiempo de pensar. Supe que ellos me habían abandonado, por alguna extraña razón. No había tiempo de pensar, de razonar. Solo debía irme. Alejarme. Necesitaba luz. El miedo se fue apoderando de mi alma segundo a segundo.

Lo primero que razoné con cierta lógica, es que debía incorporarme. No fue fácil. Mis músculos estaban agarrotados, rígidos, como si tardaran en responder las ordenes de mi cerebro. Comprendí entonces que cualquier simple acción, en ese lugar, se tornaba más lenta, más difícil y dolorosa.

No tenía noción del tiempo exacto, pero puedo asegurar que logré ponerme de pie en un lapso relativamente corto. Ahora, adolorido y aterrado, solo quería escapar, dejar atrás la oscuridad. Intenté caminar.

 Y solo sentí dolor. No uno cualquiera, sino un terrible dolor ,proveniente desde el fondo más recóndito de mi cuerpo. Un dolor punzante, desgarrador, indescriptible. Como si no hubiera podido mover las piernas durante años. Y quizá fuera así, porque ,simplemente, yo no sabía cómo había llegado a ese lugar infernal, ni que había sido de mi en ese tiempo.

Sudando del dolor, intenté dar mis primeros pasos. Solo se distinguían la niebla lejana, mis brazos extendidos como formas apenas divisibles del entorno y el crujiente y desagradable rechinar del suelo tras mi caminar. El dolor al mover mi cuerpo crecía, haciendo de mi caminata una agonía, y yo, de a momentos, al dar un paso fuerte, profería un grito ahogado de dolor, me detenía y, tomando valor, avanzaba. Siempre sin rumbo. Perdido. Aterrado.

El frío comenzó a hacerse más fuerte, más imponente, a calarme los huesos a medida que avanzaba hacia la negrura del horizonte. No hallaba luz, ni referencia. Fue, quizá, en ese momento, cuando comencé a preguntarme si estaba realmente solo.

Deseaba, sin dudas, que no fuera así. 

(Continuará)


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