El Campo de Girasoles

Por Marcianito
Enviado el 30/09/2012, clasificado en Drama
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Éramos muchos miles de personas las que nos habíamos congregado, de forma pacífica, ante el congreso para participar en la manifestación del 25-S. Sólo portábamos una pequeña pancarta que decía NO. Y dentro de la O, unas tijeras. NO a los recortes. NO a la política regresiva. NO a los corruptos. NO a la subida de impuestos. NO a los recortes sociales. NO a la política sanitaria. NO al tijeretazo en educación. NO a los beneficios de la banca. NO a la reforma laboral. NO, NO y NO.

Los policías cargaron contra nosotros de forma inesperada. Recibí un porrazo en la cabeza que me hizo dar tumbos. El mundo giró al revés ante mis ojos. Me convertí en un balón de fútbol y boté de un lado para otro. Alguien me dio una patada y me vi volando por encima de la multitud. El millón de pancartas que decían NO, se convirtió en un inmenso campo de girasoles en blanco y negro. Cientos de intermitentes luces azules de los furgones policiales alineados en todas las esquinas, emitían rayos láser que me cegaban. Pero yo seguí volando por encima de ellos.

Detrás de las triples vallas metálicas entrelazadas, los anti disturbios permanecían en formación. Las manos enguantadas a la espalda y las piernas separadas, tiesos como robots. Parecían gigantes de más de tres metros de alto, pertrechados con escudos, porras y cascos. Recuerdo que pensé si no estarían rodando una escena de La Guerra de las Galaxias.

El palacio del congreso dormitaba como un animal, transparentado por los miles de focos. Los señores diputados, arrellanados en sillones, escupían palabras rebuscadas, en frases enrevesadas que no decían nada. Todos gorditos, lustrosos y sonrientes. Son la clase superior, los cabezas pensantes, los padres de la patria. Cuando se dirigen la palabra unos a otros se llaman "Su Señoría" ¡Qué risa!

Adoran a la diosa vaca de las mil tetas, que les permite legalmente, mamar durante cuatro años. Algunos llevan ocho. Otros toda la vida. Vi cómo se daban palmaditas en la espalda felicitándose entre ellos por lo bien que les iban los negocios.

En la calle continuaban los porrazos, las carreras, los insultos, las heridas, los pisotones, hasta que no quedó un solo girasol en pie.

Desperté magullado en casa de unos amigos. Les dije, furioso:

-Mañana plantaremos otro campo de girasoles.

-¿De qué hablas, tío? 


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