Frunkismilten, el caldero y el vino

Por Antrobgue
Enviado el 25/11/2013, clasificado en Fantasía
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Frunkismilten es un pequeño ser verde, con el pelo largo pero de punta, de donde le crece un trébol de cuatro hojas,  y una barba espesa. Es pelirrojo y tiene los ojos amarillos. Sus orejas son grandes, alargadas y puntiagudas. Es muy pequeño, pero robusto. Siempre lleva un caldero y una gran botella de vino.

Frunkismilten, Frunkis para los más allegados, estaba descansando en uno de sus viajes. Mientras dormía lo capturaron y cuando despertó estaba en un acantilado, colgado por los pies hacia abajo.

- ¿Dónde está mi caldero? y mi vino!!! - dijo con ira.

Se concentró y con todas sus fuerzas rompió sus ataduras y se agarro al palo donde estaba atado. Trepó y llego al borde del acantilado. Al subir inspeccionó la zona, pero ya no había nadie. Maldijo a voz en grito.
Cuando se calmó, comenzó a rastrear. Estaba decidido a recuperar su caldero, y su vino.

Siguió el rastro durante 2 días y medio hasta que se topó con una gran casa. Parecía la casa de gente rica. Pero eso no le echó para atrás, Frunkis entró con decisión formando todo el escándalo que podía.

- Sucias y asquerosas sabandijas, ¿dónde está mi caldero? Os sacudiré la cara a puñetazos. SALID DE AHÍ - gritó Frunkismilten con ganas de pelea.

Se encontraba en el gran salón de la casa. Era enorme y cuadrado. En cada esquina había una entrada que daba cada una a un pasillo, como si la casa estuviese dividida en 4 partes.
De cada entrada, salió un hombre. Estos hombres eran enormes, tanto de altura como de anchura. Tres de ellos eran anchos de fuerte, pero el otro era de gordo.

- Así que el enano verde ha venido a recuperar su caldero, eh. - dijo uno de esos hombres.
- Y mi vino!! - rugió Frunkismilten.
- TE VOY A COMER!! - dijo el hombre obeso.
- Eh!, trofollo, que yo no soy un pollo de corral - le dijo Frunkismilten al hombre obeso.

Sin más espera, Frunkis comenzó a correr hacia uno de esos hombres, y de pronto desapareció y apareció de nuevo pero detrás del hombre gordo. Le propinó una patada en el culo, lo hizo rodar de un lado del salón al otro.

- Es como una peonza!!! - se burló Frunkismilten.

Los hombres restantes se acercaban corriendo a Frunkis, pero esté no movió ni un pelo. Metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón y comenzó a sacar algo. Era un garrote. Los 3 hombres pusieron cara de sorpresa, pero no por ello pararon.
Frunkis los esperó hasta que llegaron a estar lo suficiente cerca como para arrearle un porrazo con el garrote. Le dio a uno en sus partes nobles. Esquivó el puñetazo de uno de ellos, pero no pudo evitar la patada en las costillas que le arreó el tercero. Salió despedido a unos metros. Se recuperó rápido y se puso en guardia. Corrió hacia los dos hombres que quedaban en pie y desapareció de nuevo. Apareció justo encima de uno de ellos y le estampó el garrote en la cabeza.
Con cara de pánico, el último de los ladrones se quedó mirando a Frunkismilten.

- Era cierto, era cierto, decían en el gremio de ladrones que no se le podía robar a los duendes.... Ahí está tu caldero, ahí en ese pasillo, la última puerta a la izquierda. -dijo el ladrón acojonado.

Frunkismilten anduvo hasta llegar a la habitación, le dio una patada a la puerta y la derribó. Allí estaba su caldero, además de un montón de oro. Llenó el caldero con todo el oro que cabía y salió de la habitación.
Inspeccionó la casa hasta que se topó con un gran botellero. Cogió todas las botellas de vino, una a una y las fue metiendo en su bolsillo. No hace falta que se diga, lo mágico que eran esos pantalones.

Contento pero con su seria expresión, Frunkismilten se dirigió al salón, donde se encontraba el ladrón intentando reanimar a sus compañeros desmayados. Frunkis cogió un jarrón que había en una mesita del salón y se lo tiró a la cabeza al ladrón, y se fue.


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