Cuento de Navidad: El Regalo que hay en Ti

Por lemonoide
Enviado el 06/12/2013, clasificado en Varios / otros
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Era 24 de diciembre, el reloj de la puerta de Babilonia marcaba las 8 en punto de la tarde. Había sido un día bueno, y con un poco de suerte conseguiría tener postre. Los babilónicos sonreían y disfrutaban de las luces que en la plaza se mostraban. De repente un niño acompañado de su padre se paró delante de mí.

–Papi, papi –dijo el niño–, ¿Crees que Papá Noel también pasará por aquí a dejarle regalos a este señor?

El padre sorprendido por la pregunta, permaneció callado unos segundos.

–Solo si ha sido bueno, hijo. –Respondió por fin el padre.

El pequeño se acercó a mí y dejo sobre el vaso unas monedas, que le había dado su padre. Ambos se marcharon de la mano.

Pasó rápidamente el tiempo y sin darme cuenta, habían dado las doce y las luces navideñas comenzaban a apagarse. Me levanté, cogí mi manta y empecé a caminar. Se podía leer un cartel: “Calle Preciados”. Al rato giré a la derecha y pude observar la única tienda que todavía permanecía abierta. Me acerqué y entré. El dueño, un chino de unos 35 años de edad, me recibió sin ningún tipo de sorpresa, ya que cada día a esa hora solía pasar a comprar allí mi cena. Compré unos sándwiches de jamón york y queso, y una chocolatina. Salí de la tienda, me dirigí entonces hacia mi hogar. Se encontraba tan solo dos calles más allá, pero el frío del invierno hacía del camino una verdadera odisea. Llegué y encontré todo tal y como lo había dejado esta mañana: El colchón, las mantas… Sin embargo, para mi sorpresa, encontré a una persona sentada sobre una de mis mantas. ¡Era aquel hombre, que acompañado de su hijo, había pasado durante esta tarde por mi chiringuito! Se encontraba cabizbajo y, a pesar de estar a diez metros de él, podía escuchar sin problemas sus llantos. Aceleré mi paso, hasta que estuve de pie frente a él. El hombre no se percató de mí, hasta que empecé a hablar.

–¿Qué le trae a usted por mi morada? –Pregunte en voz no muy alta.

El hombre levantó la cabeza, pero no contestó. Me miraba con recelo, a la vez que con tristeza. Repetí mi pregunta, y antes de que pudiera terminar, el hombre se levantó e hizo ademan de marcharse. Entonces lo paré, cogiéndole del brazo. Intento tirar para que yo le soltará, pero no lo consiguió y se derribó al suelo. Solté su brazo entonces y me agaché. Entre sus lágrimas pude escuchar un: “¡Que mierda de vida!”. Saqué de mi bolsillo una servilleta que el chino me había dado, y se la ofrecí para limpiar sus lágrimas. El pobre hombre por fin entendió que mis intenciones no eran dañarle ni echarle de mi hogar. Entre mocos y lágrimas comenzó a hablar, pero no entendí ni una sola palabra de lo que dijo. Me acerque a él, estaba temblando, no sé si de frío o de miedo.  Intente calmarle y lo arropé. Ahora más tranquilo y caliente volvió a empezar:

–¡Mi vida es una jodida mierda! –Hablaba el hombre mientras lloraba–. No sirvo para nada. Me han despedido, mi mujer me ha echado de casa porque no le doy lo suficiente para sus gastos, mi hijo ya no me quiere…

–Tranquilo viejo babilónico –Interrumpí­–. Tu hijo si te quiere.

–No –el hombre se calló un momento y continuó hablando–… No tengo dinero suficiente para comprarle ningún regalo por navidad.

Tras semejante contestación, me levanté y le di mi mano para ayudar a levantarse. Le llevé a mi colchón, le senté y después le puse una manta por encima. Saqué de mi bolsillo la chocolatina que había comprado, abrí el envoltorio, la partí por la mitad, y ofrecí un trozo a aquel hombre. Primero lo rechazó, luego, cuando se escuchó el sonido de su tripa hasta en la plaza de al lado, la cogió de mi mano y la engulló como el que no ha comido en tres días. Me senté a su lado y le abracé. El respondió y me abrazó también. Estuvimos unos minutos así, intercambiando cariño. Al rato, le solté, él permaneció acurrucado un minuto más.

–Sabes –comencé nuevamente a hablar–, hace ya unos cuantos años, también fui un babilónico como tú.

Entonces el hombre se incorporó y me miró dudoso.

–¿Babilónico? –Preguntó el hombre­– yo no soy de Babilonia.

Solté una leve carcajada y continué hablando.

­–No babilónico como tú entiendes, me refiero a que eres un hombre entregado a tu vida, a pensar en el futuro, a conseguir dinero, como vosotros decís “honradamente”. Yo también fui así un día. Era un buen hombre, tenía mis sueños. Mucho me desvié de estos, empecé a ser cruel y avaro, hasta mi familia dejo de hablarme. Mis falsos amigos me animaron a invertir en la bolsa. Lo invertí casi todo. Al principio fue bien, pero no tardaría en ocurrir, lo que yo llamo el gran desastre de mi vida. De un día para otro mis acciones perdieron todo su valor, y sin darme cuenta me vi en la calle sin casa, con mis sueños por los suelos y sin tener nada que llevarme a la boca –Solté unas pequeñas lágrimas y proseguí–. Sin embargo tú y yo no somos iguales, yo no tenía a mi alrededor personas que me quisieran, como tienes tú a tu hijo y a tu familia. Tus sueños siguen ahí, y tú no has sufrido esa metamorfosis del mal que pasé yo. Por una parte, pensé que me lo merecía, el haber pasado a ser como fui tuvo sus costes. Pero si te digo la verdad, ahora soy mucho más feliz. Valoro mucho más lo que tengo. No es que te lo esté recomendando, porque mi vida antes del gran desastre sí que era infeliz y la tuya no es así. Eres un gran soñador y te mereces que tus sueños se hagan realidad, pero para ello debes levantarte, y luchar por ellos.

Tras haberme escuchado y haber soltado alguna que otra lágrima, el tipo sonrió por fin.

-Gracias por contarme tu historia -dijo el hombre-, y por tu consejo, lo seguiré. Pero, no puedo presentarme en mi casa sin un regalo para mi hijo. Y no tengo ni un duro…

-No lo necesitas –Interrumpí-. Ya tienes el mayor de los regalos, y tú me lo has dado hoy, y no me refiero precisamente a las monedas que le diste a tu hijo para poner en mi vaso. Así que debo de haber sido bueno, porque Papá Noel se ha portado muy bien conmigo.

El hombre rio a la vez que lloraba, luego se abalanzó sobre mí y me abrazó con todas sus fuerzas. Me dio un beso, y me dijo: “Tú también me has dado ese regalo”. Tras esto él se levantó. Ya había amanecido, y salió corriendo. No volví a saber de el en meses. Hasta que un día, cuando volví de mi habitual rutina, encontré un papel sobre mi cama, en el que ponía: “Gracias por mostrarme el regalo que hay en mí.”


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