Rohir (Septima Parte)

Por norgessle
Enviado el 12/12/2013, clasificado en Infantiles / Juveniles
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   En lo más profundo del agujero solo había oscuridad. Los gusanos se arrastraban por las paredes húmedas y de vez en cuando se oía revolotear a algún invisible murciélago.

   En lo más profundo del agujero Mesalina lloraba en silencio. Hacía mucho rato que Reor se había ido con su candil y ella tenía cada vez más miedo. Había intentado escalar hasta arriba pero la pared era resbaladiza. Después de varios intentos desesperados decidió finalmente acurrucarse en un rincón y sollozar. En aquella impenetrable oscuridad se sentía sola y abandonada. ¿Y si nadie nunca volvía a rescatarla? ¿y si nunca conseguía salir de allí?

***

Rohir recuperó la consciencia. Le dolía todo el cuerpo. La cabeza le daba vueltas. Recordó el terrible ataque de Metzacal y como su cuerpo salió rodando tras la terrible envestida. Después solo hubo negrura. Seguía atado pegado al pie de una de las paredes de la Madriguera. Intento localizar a la zorra pero no se la veía por ningún lado. Tampoco Lizzy se encontraba allí.

-¡psss…psss! – oyó a su espalda.

El ratón giró la cabeza y volvió a ver a la pequeña criatura sin nombre. Bueno, en realidad solo le veía los ojos, ya que su pelaje se camuflaba miméticamente con la pared de la cueva.

-¿Ya estas despierto?

-¿Qué haces otra vez aquí? Vete, la zorra debe estar a punto de aparecer.

-¿Quieres jugar?

Rohir cerró los ojos y aspiro profundamente intentando reunir la paciencia suficiente antes de contestar.

-¿Tú crees que estoy en condiciones de jugar a nada?

-¡Es que me aburro! ¡Son muchas horas las que paso aquí solo!

-No, déjame.

La voz hizo mohines y fingió sollozar en susurros. De repente callo y dijo:

-¡Ya lo tengo!. Si juegas conmigo podrás pedirme lo que quieras.

-¿lo que quiera? – pregunto Rohir suspicaz.

-Sí, ¡lo que quieras!. ji,ji,ji.

-Muy bien. ¡Entonces juguemos!.

 

***

 

El pequeño ratoncito Reor caminaba con pasos temblorosos por lo más profundo de la galería del Viejo Topo. Oía toda clase de pequeñas criaturas arrastrarse y crujir a su alrededor escondidas en aquellos rincones oscuros que escapaban de la luz de su candil. Hacia frio y se sentía muy deprimido. Había registrado todo el recorrido pero no había encontrado nada: ni una ramita, ni una liana, nada que pudiese ayudarle a sacar a Mesalina del agujero en el que estaba atrapada. Cada vez se internaba más y más en la galería. ¿Hacia dónde llevaría? Se detuvo e ilumino el mapa con su candil. En teoría debería conducirle, según el mapa, al centro de la madriguera, pero aquella galería parecía no tener fin.

De pronto le pareció oír unos pasos. Aterrorizado y sin pensarlo apago la lámpara y se escondió en un recodo. Sus sensibles oídos no le habían engañado: alguien se acercaba.

Su corazón se detuvo cuando vio aparecer a Lizzy con paso vacilante con una vela en la mano. Salió como un resorte y la abrazo.

-¡Lizzy! ¡Soy yo Reor! ¡Estas viva!

La muchacha grito asustada y se deshizo del abrazo.

-¿Qué te ocurre Lizzy? ¿por qué me miras así? Soy yo. ¡Tienes que venir conmigo!

-No..no..no puedo..me comerá..me comerá – repetía la ratoncita con los ojos abiertos como platos mientras retrocedía paso a paso.

-Lizzy no tengas miedo.! Voy a sacarte de aquí!

-¡No!

Y la ratoncita arrojo la vela y salió corriendo hacia la oscuridad. Reor la siguió de inmediato. El joven ratón no podía ver nada mientras corría todo lo rápido que podía. Pareciera que el corazón fuera a salírsele por la boca. Delante de él la negrura le devolvía  los pasos precipitados de Lizzy que como un eco rebotaban por toda la cueva.

-¡Lizzy detente! ¡Espérame!

   De pronto el camino que seguía se trasformó en una pendiente inclinada. El ratón trastabillo y empezó a rodar hacia abajo a toda velocidad chocando con pequeñas raíces y piedras. Mientras giraba incontrolable, le pareció ver que al fondo del túnel una luz aparecía: un circulo perfecto que se iba haciendo más grande según se aproximaba. Salió por el agujero despedido y se encontró cayendo a gran altura hasta que su cuerpecito choco con un suelo lleno de brezo y agujas de pino que amortiguo la caída. Se incorporó dolorido y miro a su alrededor mientras su vista se acomodaba a la luz de las antorchas. Había llegado a la madriguera de Metzacal.

-¿Pero que tenemos aquí? –dijo una voz potente y ronca a su espalda.

****

 

 

 

 

 

 


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