Cuando no existe la luz.

Por Jesus Cano
Enviado el 14/07/2011, clasificado en Drama
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Cuando no existe la luz.

 

Caulí corrió por el bosque. Un oportuno accidente en la caravana-jaula le permitió escapar. No era un reo; era negra carne de comercio. Por aquellos contornos no pasaría desapercibido, toda la zona practicaba el esclavismo, y su color de piel era demasiado delator.

 

Tras largas horas de carrera tropezó con un poblado oculto en la espesa arboleda. A pesar de estar entrada la noche ninguna luz destacaba en las ventanas. Penetro en sus oscuras calles con temor. Escuchó lejanos tintineos por todas partes. Pero nada comprendió.

 

Alguien tropezó con su espalda, y el se giró aterrado. Pudo ver a una blanca dama que le reprochó:

 

-¡Estas loco! ¿Por qué no llevas los cascabeles en los zapatos?

 

- ¿Cascabeles? –Preguntó asombrado mientras la dama palpaba su cara.

 

- ¡Tu no eres de este pueblo! ¡No puedes quedarte sin el permiso! – Y aferrándolo del brazo lo empujó hasta una gran casa.

 

Al penetrar, gracias a la tenue luz del fuego a tierra, pudo divisar un grupo de aldeanos. Pronto le dieron la bienvenida para explicarle el porque de aquel pueblo. Muchos años a tras una extraña epidemia arrebató el sentido de la vista a sus antepasados. Temerosos del contagio, fueron desterrados a aquella oculta zona. Pero la extraña enfermedad resultó hereditaria, durante generaciones murieron y crecieron en el poblado sin conocer la luz.

 

Caulí enloqueció de alegría. ¡Sin la vista no importaba el color de la piel, pues no existía! ¡El cielo le había escuchado! Rió al recordar las veces que deseó ser blanco. Aunque faltos de un sentido, eran más perfectos que el resto de la humanidad.

 

- Y dime, hijo. –Hablo un anciano con voz tranquilizadora- ¿Cómo has llegado hasta nuestro poblado?

 

- Escape de una carreta de esclavos y la divina suerte me trajo hasta vosotros.

 

El anciano grito indignado.

 

- ¡Habéis dejado entrar en esta casa a un sucio negro!

 

Calulí tornó a huir, estremeciéndose al recordar el odio asomando por aquellos ojos muertos... Odio, que comprendió, no nacido de un color; lo alumbraba un podrido sentimiento.

 

El mal anda de puntillas.

 

Jesus Cano

 

 

 


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