Intervenciones

Por Reas
Enviado el 10/01/2014, clasificado en Amor / Románticos
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                                                               Llegamos

 

En dos metros cuadrados éramos creo que siete personas, todos en silencio. No se quién se encargó de apretar el número tres, íbamos al tercer piso. En breve el ascensor nos llevó a destino. Luego alguien a quién tampoco recuerdo se encargó de abrir las consecutivas puertas y salimos del mismo a una ancha y bien acondicionada galería. En todo momento estuvimos tomados de la mano, la de ella suave como siempre pero con una temperatura no habitual, estaba casi helada pero aún así no dejaba de transmitirme la misma ternura cándida que conocí cuando la tomé por primera vez hace ya más de veinte años.

Una vez en la galería nos dedicamos a mirar varios cuadros que adornaban las frías paredes del sector, son réplicas me dijo de inmediato. Pasaron unos pocos minutos en lo cuales casi no hablamos, siempre tomados de la mano deambulamos angustiados. Repentinamente una puerta corrediza de vidrio esmerilado que se encontraba al fondo de la galería se abrió y un joven robusto vestido totalmente de color verde agua con un gorro de polipropileno del mismo color que cubría toda su cabellera pronunció su apellido como si estaría en un colegio tomando asistencia. Yo, dijo ella, nos soltamos, nos besamos casi imperceptiblemente y se dirigió hacia él con un pequeño bolso en su mano. Se cerró la puerta de vidrio esmerilado. Algo se abrió en mí, algo se abriría en ella.

La espera es agobiante, me viene a la mente Dalí con sus relojes blandos y la angustia que provoca en el ser humano el control del tiempo. Mi tiempo no pasaba nunca. Ahora deambulaba pero solo, creo que alguien en algún momento me habló pero no recuerdo nada al respecto.

La puerta esmerilada se abrió muchas veces y el joven robusto vestido de verde con un gorro de polipropileno seguía tomando asistencia. Mientras estuve ahí la asistencia fue perfecta, algunos respondían con un: “acá”, otros “yo”, otros “si” y desfilaban lentos y cabizbajos hacia el sitio indicado.

Pasada una hora el joven robusto vestido de verde con un gorro de polipropileno abrió la puerta corrediza de vidrio esmerilado y volvió a pronunciar su nombre, pero en este caso la llamada era para mí. Ingresé. Sus instrucciones me llevaron a una pequeña sala que estaba a no más de dos metros de la puerta esmerilada y en la cual me esperaba una joven también vestida de verde agua y con el correspondiente gorro pero a diferencia del joven era menuda y de baja estatura. Está todo bien me dijo, luego me dio una serie de explicaciones académicas a las que poca atención le presté. La puedo ver, cuando nos podemos ir, le pregunté casi de inmediato a que concluyó con su relato. A lo primero me respondió: desde acá, y me corrió una blanca cortina plástica que se encontraba a mi izquierda para que pueda verla a unos metros de distancia separada por un vidrio en una pequeña habitación contigua. Estaba acostada con cara somnolienta y pálida. Ni bien la joven deslizó la cortina, casi como si estuvieran imantadas nuestras miradas se cruzaron y al unísono nuestras manos se elevaron y movimos los dedos saludándonos. A la segunda pregunta me respondió que en un par de horas nos podíamos ir.

                           

                                       Un par de horas después

 

El joven robusto vestido de verde agua con un gorro de polipropileno que cubría su cabellera abrió la puerta corrediza de vidrio esmerilado y volvió a pronunciar su nombre, obviamente la llamada nuevamente era para mí. Acudí raudamente a su llamada y una vez que estuve a su lado me indicó que ingresara y me dirigiera hacia la sala que se encontraba a la derecha. La sala estaba vacía pero en un costado de la misma había una especie de vestidor donde ella me esperaba. Nos besamos otra vez casi imperceptiblemente, la ayudé a vestirse y a incorporarse para luego tomarla de su mano aún helada y caminar despacio juntos hacia la sala donde horas antes había dialogado con la chica menuda y de baja estatura vestida de verde agua con un gorro de polipropileno. Ahora sentado en la sala se encontraba el cirujano a quién se lo notaba muy contento por la labor realizada. Respondió todas las preguntas que le formulamos y le dijo a ella que vuelva en veinte días.

Ahora estamos los dos solos en el ascensor, me encargo de cerrar ambas puertas y de apretar el botón con la leyenda PB. Una vez que el mismo detiene su lento desplazamiento vertical y descendente vuelvo a abrir las puertas y salimos.

 

                                        Un par de días después

 

Mis dedos se desplazan por el negro teclado ilustrado con blancas letras, ella descansa y cada día que pasa su evolución es notable, la ternura que irradia ininterrumpidamente contrasta con la entereza manifiesta a la hora de sortear los obstáculos que la vida le va poniendo, hay comprensibles momentos en que su ánimo decae.

Los niños hablan, pelean, se amigan, juegan, lloran y somatizan la indeseable situación que se vive en el hogar, pero lentamente todo va volviendo a la normalidad y vamos recuperando el equilibrio que nos brinda su presencia.

Seguramente alguien en este instante estará posando el dedo sobre el botón con el número tres, el joven robusto vestido de verde agua con un gorro de polipropileno estará tomando asistencia y el cirujano estará trabajando con sus manos. Mientras tanto algún enamorado estará deambulando tratando de entender porque el tiempo se pone tan moroso en estas circunstancias.

 

                                     Intervención (unos meses antes)

 

Muchos niños llegaban tomados de las manos de sus padres, deambulaban por la zona nerviosos, ansiosos, algunos seguramente con sus manitos frías. Había llegado el día esperado. La intervención estaba en marcha y había que poner manos a la obra.

Ella fue la ideóloga de intervenir un espacio público de la ciudad. Junto al grupo de alumnos de su taller de expresión plástica embellecieron la plaza del barrio pintando un mural, hecho que tuvo repercusión mediática e institucional.

Ese día era el de la inauguración, ella sentada sobre el escenario en el cual se confeccionó el mural, vestida de verde agua y con un gorro para cubrirse un poco del sol se dedicó a tomar asistencia a los pequeños artistas que concurrieron en su totalidad. Estos cirujanos mágicos con sus manos manchadas de múltiples colores daban explicaciones de la intervención realizada a los asistentes.

A medida que ella los iba llamando algunos levantaban su mano, otros decían acá seño, otros decían yo y se acercaban luego de soltar las manos de sus padres para sentarse a su lado.

No fue una intervención más, esos niños seguramente con el correr del tiempo irán interiorizando que el espacio público les pertenece y por lo tanto deberán intervenirlo sin tapujos, con total libertad sin vidrios esmerilados ante sus ojos que le impidan ver su propia realidad.

Intervenciones…….

 

 


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