JARDIN DE SABIDURÍA

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 19/01/2014, clasificado en Terror
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La pesadumbre se entremezcla con las primeras luces del alba. Tamizado por la cortina, el amanecer desparrama sus madrugadores rayos sobre la cama donde duerme la hija. Unos gorriones alborozados por la clara mañana de junio, no distraen de la firme determinación de Aurora. Una noche en vela, la profecía inacabada en que convirtió su vida, se refleja en un rostro sin lágrimas, abotargado, máscara de dureza y frustración en que los días han desembocado, a pesar de la planificación sin límites que llevó a cabo en la más completa soledad. Nada sabe del destino concitado ni del azar con que se vierte la arena en la clepsidra de oro que es el tiempo.

Con repugnancia, rememora las tardes en que el viento golpeaba las contraventanas de la casita de Ferrol, en aquellos encuentros que tanto repudiaba con el donante elegido de células germinales, los hombres para nada más servían. Ella, elevada a los altares de Fourier y Saint Simon, no concibe otra existencia que la pergueñada, la fatalidad del que se cree Supremo Arquitecto de vidas y haciendas, sin poder percatarse de que los dados con los que juega están trucados de antemano. La vida conspira contra sus planes.

Unas manos crispadas impulsan la mecedora, el mismo frenesí que aplicó a su pedagogía extrema y con el que acunó una obra que el espejo no acierta a contemplar, más ocupado en las imperfecciones de su superficie. En su ajedrez particular, una partida perdida desde el inicio, tras decidir su juego y el de su hija, no pudo evitar que sucumbiera a las influencias externas, la maldad del mundo se le interpondría en sus mesiánicos designios. Nunca por nadie doblegada, no podía permitir que la figura de arcilla tuviera vida propia, tan arduamente modelada, La noche es larga y la misericordia se apiade, aborreces el polvo que es la vida humana.

Irrumpe la primavera en Madrid. Cavila febrilmente, nada redime el sueño de prodigio que la sombra cobijó. Ruidos en la calle. Se despierta el propósito, nada la detiene pues los actos de los hombres ni el fuego ni los cielos merecen. Con cálculo certero, aproxima el arma a la sien izquierda del jardín de sabiduría y descerraja dos disparos a su obra inconclusa, otro en el puro corazón, hay que cerrar las puertas a un devenir inesperado. Lo demás es historia. Ella que de joven quiso crear un falansterio, arduo camino por el que has transitado, Aurora Rodriguez.

 

                                                                          Emilio Rivelli Rivelli


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