COMPAÑERA

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 20/01/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Nos vislumbramos en unas Navidades de frío y nieve. Allí estaba, rutilante en sus justas proporciones, sugerente y misteriosa desde la estrella nacarada que la coronaba. Fue un amor a primera vista, al menos así lo viví aunque debo reconocer que quizás ella sólo me contempló como el cómplice necesario para las aventuras que me iba a proponer. No es que critique su utilitarismo pero en un afán de dilucidar lo que fue aquella larga relación, debo decir que pronto descubriría que sólo era un medio para desplegar un afán de hacerse notar, pura vanidad enmascarada en elipses y circunloquios en sus acercamientos a mi persona y a las fantasías que prohijaba.

Sería excesivo el relatar todo lo compartido en aquellos años de ilusión, las emociones acariciadas, los lugares visitados, las incertidumbres vividas y, como en todas las parejas, las frustraciones y desencuentros sufridos. Debo aclarar que pese a mis intentos de controlar las singladuras iniciadas, ella siempre conservó una capacidad innata para evadirse y seguir sin detenerse su propio instinto. En horas insomnes paladeamos la soridez y agonía del arrabal, la magnificencia del petirrojo y la desesperanza del retrato humano. Confieso sin asomo de vanidad, que le he sido fiel pese a los requiebros y guiños que los cruces del camino han deparado. En esos lances, ella siempre puso como condición la presencia de un tercero; debo decir que pronto me percaté, sin que se me acuse de disoluto, de la necesidad de ese embrollo pues sin su concurrencia nuestra historia común no nos hubiera trascendido, como un estornudo de primavera hubiesen sido nuestros pasos.

En este tiempo de remembranza, agradezco la textura y el tacto conseguidos, la complicidad de mis compañeros de viaje, los horizontes oteados. Para terminar y persiguiendo un pálpito de ecuanimidad, debo reconocer que mi aportación ha sido más bien escasa, aunque tengo la esperanza de que ella sepa entender el delicado empuje de mi mano y la necesaria recarga periódica de tinta azul. De vez en cuando abro el cajón y simulo una caricia, intento despertar una vieja pasión, desconozoco si ella sabrá reconocer la hondura del gesto emprendido.

 

                                                                          Emilio Rivelli Rivelli


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