ALTERNATIVO

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 21/01/2014, clasificado en Humor
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Tengo un amigo en el que confío plenamente. Un tipo seguro, asertivo que dirían los versados. El otro día le comentaba de algunos achaques. De vastos conocimientos, es un entendido en eso que se llaman terapias blandas. Le decía de mis pesadas digestiones, de lo mucho que me cuesta conciliar el sueño, algunas protestas de la piel, en fin, un rosario de penalidades que por la cara que puso adiviné que ya tenía la causa de esos padeceres:

"Tu problema es un cúmulo de toxinas, tienes el hígado al límite..."

Me llevé la mano, compungido hasta el tuétano, a mi costado derecho y escuché estupefacto que el mal dormir era un conflicto larvado desde la infancia. Ignorante uno de esos temas y semejantes inmersiones, nada podía imaginar que esas señales tuviesen tal recorrido. Impresionado por la hondura diagnóstica, la mirada profunda del ave rapaz, pero con la suspicacia de todo buen hipocondriaco, decidí investigar motu proprio, el batiburrillo con que se me representaba el mundo de las medicinas alternativas, buscar algún alivio en la invasión de toxinas físicas y mentales que me estaba aconteciendo.

Al cabo de unos meses ya manejaba un léxico envidiable, el campo multiforme de las energías etéreas ya no me reservaba ningún secreto, captaba en profundidad el concepto del crecimiento interior y el de la sanación, aunque debo reconocer que fue un arduo recorrido, las dudas asaltaban por doquier. No lograba esclarecer si el odio albergado hacia mi progenitor lo podía solventar la Gestalt, aunque la Logoterapia sonaba bien con eso del sentido de la vida, al final siempre cabe la posibilidad de enviar un e-mail a Louise Hay para que ilumine la sombra alcanzada. ¿Y si probase con las bolitas de la homeopatía ésa? ¿debería acudir a un unicista o a un pluricista?, uno siempre tan dubitativo. Pero les confieso que si algo consiguió desde el principio mi más firme adhesión fue el ayuno con sirope de savia, seguro que los maltrechos hepatocitos lo agradecerían hasta en las entretelas de sus mitocondrias. No descartaba echar mano del masaje Tuina para disolver el insomnio pertinaz que me envolvía con sendas ojeras como disfraz de trasnochador inveterado. La posibilidad de acudir a la hipnosis me asustaba, vaya usted a saber si a uno le descubren un pasado de limpiador de letrinas, arrasaría con la reputación tan arduamente labrada.

Poco a poco fui avanzando en la ruta trazada y debo confesar a día de hoy que, sentado en un zafu de miraguano, a la luz de una lámpara de cristal de sal, me siento satisfecho de los resultados. Toda la familia usamos dentrífico del Himalaya y somos unos fanáticos de las bayas tibetanas. Con su permiso me vuelvo a la lectura de Shambala mientras un aromatizador inunda la estancia con aromas de caléndula. Y todo gracias a ese amigo que, aunque es crítico con la tendencia a observarme el ombligo que dice poseo, le tengo mucha confianza. Todo sea por el crecimiento. Salud

                                                                                         Emilio Rivelli Rivelli


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