LA NÁUSEA

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 23/01/2014, clasificado en Humor
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Así como la vida ofrece instantes de armonía y belleza, enseña también la calidad contraria para no olvidad el incesante juego de los opuestos cuya urdimbre lo entrelaza todo. Fue el marido quien acudió el busca de ayuda para un sufrir que no admitía demora. El hombre, ya cincuentón, traslucía una suerte de pesar existencial, un tono monocorde de voz, rasgos abatidos, una especie de derrota ante la vida, la entrega a la deriva de los vientos, claudicación en toda regla, concluyó el galeno que lo acompañaría al domicilio.

Se entraba en la vivienda por la puerta de acceso al bar. De modesta condición, tenía la estancia en pleno centro una vetusta estufa de leña de largas tuberías y a cuya hospitalidad se entregaba en sueños un caniche negro. En una esquina, desmadejado sobre unas sillas, se adivinaba un orondo y generoso cuerpo bajo una densa capa de mantas maragatas. Era ella.

El sudor y la seborrea cubrían aquella cara de luna llena. No podía caminar tras la fractura de una pierna y la vecina se mostraba poco solidaria para transportar semejante despropósito de arrobas de grasa. Con cara afligida fue relatando su pesar: "Mire, estoy reteniente desde hace unos días y los aflujos que me acometen son muy fuertes". Un caso agudo de estreñimiento pertinaz, meditaba pesaroso el joven y pulcro doctor. Hacía falta un decúbito lateral, aunque eran tales sus medidas que horizontal y vertical se trocaban similares. Para desplazarla se la depositó con ayuda de una ONG en una silla con ruedas para facilitar un trevalling al Fellini de turno. Parecía una reina de carnaval en semejante trono, acompañada por el cortejo adecuado.

La industria del besugo al horno vivía sus horas bajas por lo que habían habilitado el viejo comedor en improvisada habitación donde una cama excéntrica compartía vecindad con un futbolín, unas cajas vacías de cerveza se adosaban a una añeja cabina de la época de las Matildes; unas sillas apiladas esperaban la cremación en el próximo solsticio de verano junto a un lote de cajas de medicinas con estampaciones de huellas digitales de Betadine sobre los envases. Esa particular relación espacial de los objetos denotaban el gobierno del desorden y la desidia, abandonados al albur de las leyes de la física. Pero todo este abigarrado conjunto poseía un grado de belleza si de comparar se trataba con el drama humano que allí se estaba viviendo. Con cuatro tablas le habían construído un asiento provisto de agujero central que enfocaba a un cubo azul cobalto. Era la letrina, adaptada a ese cuerpo para que de forma inalámbrica administrase sus excretas. Desinhibida, con todo el desparpajo del mundo, levantó la sábana que por camisón llevaba y allí, delante de un público fiel, ni corta ni perezosa, aposentándose sobre el cubículo excretorio, se largó una cálida y sonora meada. Luego, con voz de mando, exhortó a su sufridor a que la librara de unas bragas que parecieran la bandera del país de Nunca Jamás. Con más ligereza pudo así depositarse en la improvisada cama. Aquella escena que pareciera de impudicia y procacidad henchida, se desarrollaba como un acto más de la vida familiar, como esas obras de teatro que tras muchos años representándose, llevadas por su propia inercia, acaban por olvidar las reacciones que despiertan en un público entregado.

El eccema de las nalgas, aquellas hemorroides nacaradas por capas sucesivas de pomada, semejaban cumbres nevadas, delimitando valles surcados por río de un sospechoso tono. Demandaba ese territorio heterogéneo la pronta intervención del Servicio Cartográfico del Ejército. Con el ánimo de un Indiana Jones y provisto de un profanador dedo, el tembloroso doctor iba avanzando por territorios inhóspitos, preparando el terreno para un enema salvador. Era como tocar el núcleo de un submundo de cíclopes, como meter el dedo en el engranaje de Atapuerca. Después de la arriesgada avanzadilla, la interfecta tomó de nuevo posesión del trono evacuatorio con la parsimonia de una reencarnación búdica. Los bucles carnosos del abdomen repelían la mirada como el destello de mil soles. Ufana y con los brazos en jarras, se disponía a eliminar el tapón que tanto la mortificaba, ahí, en pleno escenario y contemplada por su público fiel. Pero a esas alturas del desafío escatológico, el sanitario ya no pudo resistir más, era demasiado lo que Hipócrates le exigía. Dejando a la interfecta con un gesto de frustración y reproche contenido, salío por bambalinas de aquel teatro de la vida, tan lejano del bello palpitar que siempre había acunado en su corazón. Confundido, sólo podía asegurar que en aquella noche invernal la cena sería perdonada.

                                                                                    Emilio Rivelli Rivelli


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