INMORTALIDAD

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 25/01/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Recostado en la cama, mira Juan a través de la ventana. Intuye que la tarde que transcurre es la última, tan cierto como que se desliza hacia el postrero poniente donde oirá el último canto del pájaro.

Tras una vida de singladuras y de búsqueda incesante, tan sólo se le agolpan las imágenes de niño, cuando atravesaba feliz los llanos de eternidad de su Tierra de Campos. Le envuelven rumores de selvas y de noches y supo de la ingenuidad de los humanos y de un Agüeybaná que veía deidades en los jinetes andrajosos ávidos de oro, el mismo que le entregó su querido Borinquén.

Pero el camino es fatal como la flecha. Luchó contra el sarraceno que lloró la pérdida del jazmín y del murmullo del agua. Descifró los mares procelosos, tan lejanos de los mansos ríos que le vieron crecer. En esos años donde se fragua un carácter, bajo la sombra de los chopos familiares leyó en el Evangelio de San Juan los milagros de la piscina de Bethesda, y en esa tarde forjó una obsesió y una porfía: cabalgar en los lomos de una quimera, la inmortalidad tan lejana y cercana, como la luna era percibida por los ojos de aquellos amerindios. Nada sabía de la grave sentencia de Heráclito: Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río y ni el profético Proteo frecuentaba los páramos castellanos. En esas horas postreras sólo se le otorga el consuelo de la evocación.

Buscando la isla de Bimini se topó con una tierra surcada por ríos, fuentes, lagos y arroyos, él, que perseguía la fuente de la eterna juventud, olvidando que el tiempo es la materia de que estamos hechos. La fuerza le sale del pecho con cada respiración entrecortada, intenta abrazar los rayos de sol que inundan la habitación, el veneno taimado obra su poder. Mientras, muy lejos, a Lutero se le condena por hereje y en sus tierras de niñez el ejército comunero es derrotado. Poco a poco el sueño eterno se va disgregando en la memoria y el camino es fatal como la flecha envenedada, el fugaz instante en que se le ensartó en el hombro, los indios calusa le negaron el elixir de la vida y la ponzoña de una rana le enfrenta al destino entrelazado.

El camino es fatal como la flecha y para Ponce de León aquel atardecer en La Habana, no será eterno.

 

                                                                    Emilio Rivelli Rivelli


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