ASILO

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 25/01/2014, clasificado en Drama
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La humedad de la tarde la sorprende sentada frente a la ventana. Unas córneas opacas filtran los mezquinos rayos de una vida que ya es crepúsculo; deslizando entre las grietas sin fondo de un rostro macilento, unas lágrimas espejean el verde pálido de las paredes del vetusto asilo. La brisa desliza su premura desde el cerro de Monserrate moviendo la veleta de la torre, como el trigo es mecido por el aire inoportuno de junio.

Unos dedos temblorosos sostienen la postal que le entregaron esa misma mañana; en colores brillantes unas ruinas de piedra le señalan un destino eventual. La enfermera aún no ha descifrado esas palabras vanas, vacías como el capullo de una crisálida. Su hijo Wilson, reaparece una vez más. El mismo que le envía desde el país soñado las cápsulas que frenan ese temblor que la acompaña sin piedad, la culpa encapsulada para mitigar un Parkinson galopante. El mismo hijo de aquel padre que sólo trajo ruina para su vida.

Desde la casa de enfrente, superando la jaula que limita, el canto de unos jilgueros reverbera en los balcones de madera calada. Mientras él dormitaba tras las noches de parranda, surcaba a paso precipitado las calles de Ciudad Bolívar, la necesaria plata para la crianza del pequeño, poder llegar a la humilde vivienda, la noche levantada, y sancochar una huérfana yuca y un trozo de cerdo a punto de claudicar. De las noches licenciosas de aquel calamidad, además de los improperios prodigados, le contagió el tracoma que la cegó.

Pero una mañana los dioses del infortunio concedieron una tregua, una pizca de misericordia ante tanta desmesura. Atropado el botarate en una cuadrilla de limpieza, nunca más se supo de su halitosis y malos modos. Al parecer la guerrilla los había pasado a cuchillo, alguna deuda no cobrada de una vida en el filo de la navaja. Sí, una existencia adversa para sus viejas manos agitadas, el transcurrir del que nace estrellado o ha sido puesta a prueba por un destino caprichoso, quizás el juego de dados o los designios insondables del Supremo Hacedor que todo lo ve. Amamanta el consuelo de la buena vida luchada para ese hijo y la postal que, como cada año, le escribe desde sus vacaciones. La tarde es húmeda y la niebla desciende sin pausa desde los cerros.

                                                            Emilio Rivelli Rivelli


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