Viaje en el tiempo

Por Mª José Mata
Enviado el 19/10/2012, clasificado en Intriga / suspense
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Aquel dia, no sabíamos hacia dónde dirigirnos. Ibamos sin rumbo fijo, perdidos en la carretera. Hacía un buen dia, estupendo para tomar el sol, creo recordar que a eso ibamos en un principio...

Bajo ese sol deslumbrante y cegador, divisamos a lo lejos una silueta de cilindros y almenas, sobre un monte se alzaba majestuoso y evocador un castillo de grandes proporciones.

A media que avanzábamos, la luz seguía siendo fuerte, pero quedaba poco para la caida de la tarde, era Diciembre. Salimos de la carretera y nos dirigimos hacia un mar de casas y caminos estrechos. Algunas miradas extrañas nos escrutaban. Entramos en el pueblo, y por las indicaciones llegamos hasta el castillo.

Impresionaba estar tan cerca, algo de el te atraia, te magnetizaba, algo tiraba de nosotros hacia arriba, como guiados por una fuerza superior e inexplicable. Estar a su lado, inspiraba muchas sensaciones y pensamientos de otra época.

Teniamos que llegar hasta arriba, teniamos que salir de nuestro mundo real por unos minutos. Comenzamos a ascender la penosa cuesta. Era muy estrecha y curvada, no habia protección a los lados, y resultaba sumamente peligroso y arriesgado subir, pero no había otro modo ni camino alternativo.

La luz comenzaba a tornarse más oscura, de manera que los arboles que se hallaban a nuestro paso empezaban a tener un aspecto tenebroso, como sacados de un cuento de terror, las rocas eran como grandes cuevas al borde de un acantilado. El ambiente era frio y húmedo, un tanto sepulcral.

Al mirar hacia abajo, al vacío, observamos un panorama precioso y amplio, visto pocas veces, pero a la misma vez podiamos sentir un vértigo espantoso. Conseguimos llegar hasta la cima, nos dirijimos hacia la puerta de entrada, esta era enorme y de color oscuro, construida en una época medieval, hierro macizo. Un hombre de aspecto corpulento y de edad avanzada,se encontraba ante la puerta y portaba un manojo de llaves. Tras un breve saludo, le preguntamos si podiamos pasar al interior del castillo. Nos respondió afirmativamente, aunque no podíamos entrar a las dependencias habitadas, ¿habitadas? ¿pero es que alguien vivia alli?

Entramos pues. Tras de nosotros, el hombre del manojo de llaves, cerró la puerta con una de ellas, causándo un gran estruendo y un buen susto para nosotros. La llave era enorme y oxidada. Parecía una de esas llaves de cuento, tipo "Barba Azúl".

El lugar era frío. Tenia la sensación de estar en un mausoleo al aire libre. El guía nos condujo hacia el interior. Le seguimos. La aventura iba a comenzar. Subimos por una escalera con grandes peldaños de piedra desgastada. Una vez arriba comenzó a explicarnos la historia del castillo. Interesante y estremecedora. Acabamos de colocarnos definitivamente en la era del medievo, imaginadonos con el arco y la flecha en la mano, mazmorras, torturas, fosas, aceite hirviendo.....

Una altura escalofriante se divisaba desde las almenas, y un precioso sol rojo a punto de perderse en el horizonte, dejaba paso a una oscuridad creciente. Mientras, seguíamos proyectándonos en la imaginación, como uno de esos guerreros de pelicula, sintiendo el peligro de la muerte cerca, y un fuerte dolor en el pecho, cuando sin poder evitarlo te alcanzaba una flecha en el corazón. Cuando despertamos, el guia que seguía a nuestro lado, nos contó una historia que helaba las venas. Un chico joven había caído desde lo alto de una almena recientemente, cuyo resultado fué la muerte. Desde entonces, habia colocadas unas protecciones metálicas que aunque no impedian el paso al mirador de la almena, no dejaban de ser inquietantes.

El sol acabó de irse. Comenzó a caer la oscuridad, y el cielo a cubrirse de tinieblas. Sabíamos que estábamos sólos en todo el castillo, el guia nos lo hizo saber, y tambien que podíamos tomarnos todo el tiempo que quisiéramos, pero el cielo comenzaba a tornarse de azul-gris oscuro. Hacía frio allí. El guía nos dejó una linterna, sin la débil luz era imposible adentrarse escalera abajo, hacia las oscuras salas y estancias. Sentiamos ya la noche a nuestras espaldas, cuando nos acercamos despacio hacia en interior. Había varias salas a lo largo de las torres, debían haber sido cuartos de estar en otros tiempos. En una de aquellas torres se encontraba las mazmorras. Notaba que empezaban a dolerme las piernas de las subidas y bajadas de aquellos peldaños frios y escurridizos, tanto, que a cada peldaño sentía que no podia llegar, que iba a tropezar y rodar hasta abajo. Seguramente, no conseguiría salir de allí con vida. Una de esas empinadas escaleras conducía a una oscuridad total. La mazmorra.

Enfocamos la linterna para poder bajar. El frio cada vez eran más penetrante e intenso. Comenzamos a bajar rodeando una curva tras la cual perdias todo contacto con el exterior. La propia oscuridad era aún más oscura. Me quedé helada. No sabía  en que dirección moverme, no podía seguir hacia adelante, pero algo que se apoderama de mi ansia de curiosidad me hizo reaccionar para continuar el descenso. Se podía cortar la tensión con un cuchillo, algo muy especial surgia de aquel pozo oscuro. Un silencio sepulcral se apoderaba de nuestro cuerpo y nuestras mentes. Oscuridad y silencio.

Rechinaban debilmente nuestros pies en contacto con la piedra resbaladiza. La sensación de humedad era tremenda allí abajo, tan abajo, aunque a cientos de metros de la realidad.... El olor a moho y a madera podrida se hacía notar. No sabía si debía seguir bajando, un miedo ascendente subía por mis piernas, a cada paso, a cada peldaño. La fina luz de la linterna quedó quieta. A unos metros de nosotros, una larga cadena de gruesos eslabones de hierro pendía del techo. Ondulaba de un lado a otro, pero ¿como? si allí no había corriente alguna de aire! Estuve a punto de salir de allí como alma que lleva al diablo. Tuve que esforzarme para mantener el tipo, aquello no era ninguna historia de terror, me dije a mi misma !bah! que demonios!, no creo que aqui haya espiritus, pero la verdad es que me estremecía con tan solo pensarlo. Un último impulso me hizo seguir bajando. No quise acercarme demasiado. La cadena no paraba de moverse. En el suelo, justo debajo de ella, había un enorme foso, tapado por una trampilla de madera roida. Parecía una tumba profanada. El hueco era tan hondo, que ni siquiera la luz de la linterna alcanzaba a ver el final de la profundidad. Allí iban a parar los prisioneros y mediante la cadena, se les introducían los alimentos. Crero que la sangre empezó a herlarseme. Cuantas personas  habrían muerto alli mismo, bajo mis pies. Sentí angustia. Quería salir de allí. Comenzamos a subir lo más rápido que pudimos los altos peldaños. Una vez fuera, sentí alivio, pero aún había que salir del castillo.

Disfruté de la pequeña aventura. El hombre guía nos esperaba fuera. Le devolvimos la linterna, le pagamos, le dimos las gracias y nos largamos. Quería volver a mi mundo.

Nos encaminamos hacia la realidad, quizá mas tortuosa que la propia mazmorra. Ahora ya, en la seguridad de mi hogar, y mientras escribo estas lineas, en la fria oscuridad de la noche, pienso en aquel lugar, en aquella mazmorra, en aquella cadena ondulante. Un escalofrío recorre mi cuerpo. ¿Que se sentirá alli, en plena noche sin luna?


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